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Clariké

La Luna Preciosa del Rey Licántropo

La Luna Preciosa del Rey Licántropo

Jhasmheen Oneal
Narine nunca esperó sobrevivir. No después de lo que le hicieron a su cuerpo, mente y alma. Pero el destino tenía otros planes. Rescatada por el Supremo Alfa Sargis, el líder más temido del reino, termina bajo la protección de un hombre que no conoce... y un vínculo que no comprende. Sargis no es ajeno al sacrificio. Implacable, ambicioso y leal al vínculo sagrado de almas gemelas, ha pasado años buscando el alma que el destino le prometió. Nunca imaginó que esta llegaría a él rota, al borde de la muerte y temerosa de su propia sombra. Nunca tuvo intención de enamorarse de ella... pero lo hizo. Fuerte y rápido. Y destruiría el mundo antes de permitir que alguien la hiera de nuevo. Lo que comienza en silencio entre dos almas fracturadas lentamente se convierte en algo íntimo y real. Pero la recuperación nunca sigue un camino recto. Con la corte murmurando, el pasado acechando sus pasos y el futuro pendiendo de un hilo, su vínculo se pone a prueba una y otra vez. Porque enamorarse es una cosa, pero sobrevivir al amor es otra. Narine debe decidir si puede sobrevivir siendo amada por un hombre que arde como el fuego, cuando todo lo que ha conocido es cómo no sentir. ¿Se encogerá por el bien de la paz, o se alzará como Reina por el bien de su alma? Para los lectores que creen que incluso las almas más fracturadas pueden sanar, y que el verdadero amor no te salva, sino que te acompaña mientras te salvas a ti mismo.
Hombre Lobo FantasíaTraiciónMaldiciónAristocraciaDramáticoProtagonista PoderosaHombre loboModernoRealezaRomance
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Ella se encuentra sentada junto a la ventana; en una de las mesas para dos del restaurante La Bohemia donde yo trabajo como empleada en el puesto de mesera.

Desde allí puede distinguirse con total claridad, los colores del semáforo situado en la transitada avenida. Aunque las gotas de lluvia salpican el cristal y el vapor proveniente de la cocina lo mantienen empañado, aún se visualiza el cambio de colores y la detención del tráfico en una rutina incesante.

Cuando digo “ella” me estoy refiriendo a Lucrecia Santos, cuyo estado civil me es desconocido. Una vecina bastante extraña si se la mira de cerca, aunque desde lejos no se nota tanto.

Le gusta vestir faldas y blusas amplias. Como el sobrepeso que la caracteriza le obliga a desplazarse con suma dificultad sobre zapatos de taquillos finos, acabó reemplazándolos por plataformas planas con las que tiene menos riesgo de accidentes.

En los estampados de sus atuendos predominan los lunares, parecen ser de su absoluta preferencia. Los hay grandes y pequeños, de fondos blancos o fucsia y prácticamente en todos los colores del arco iris. Los lunares están en sus blusas, en sus faldas y probablemente también en sus ropas íntimas.

Lucrecia tiene el aspecto de una niña algo mayor, suele colocarse diademas (obviamente de la misma tela de sus prendas), lo que hace suponer que cuenta con una por cada vestido y un moño también del mismo material.

Carteras acharoladas rellenas con quien sabe qué, porque se las ve a punto de estallar y que hacen a la vez, perfecta combinación con sus calzados. A veces me da la impresión de que están rellenas con un arsenal de cosméticos, pues no se me ocurre otra cosa.

Bueno el caso es que mi vecina Lucrecia es muy particular en su apariencia, algo que me divierte un poco y me recuerda a menudo al dicho que solía repetir mi abuela cuando decía: - ¡gustos, son gustos mija, y sobre él no hay nada escrito!

Ella, sin embargo, parece ser feliz con su manera de desplazarse por la vida y eso es lo único importante, cada vez que yo la veo me da la impresión de que está lista y preparada para su baile de graduación.

Pero valla, ¿habrá existido tal baile en su vida?, es una pregunta que a menudo se cruza en mi mente.

Alguien experimentado diría que su edad oscila entre los cuarenta o cuarenta y cinco años, aunque aparenta no estar enterada de ello, así como tampoco del hecho de vivir en una realidad alterna, es decir, en un mundo diferente.

A veces parece perderse en un punto fijo de este plano existencial pensando valla a saber uno en qué. Yo siempre la observo cada vez que viene, es que me gusta hacerlo.

Por el momento, el mundo tangible del que soy testigo que ambas habitamos es el departamento tres del cuarto piso. Y lo sé porque vivo en el número dos, por consiguiente, el suyo se halla contiguo al mío. Lo que literalmente la convierte en mi vecina.

Así que no solo solemos cruzarnos en el ascensor y demás lugares del edificio, sino que además hasta la oigo gritar por las noches debido a las pesadillas que la atormentan.

Desde hace mucho tiempo mi curiosidad me obligó, más de una vez a pegar mi oreja contra el muro que separa nuestros dormitorios y que es bastante delgado para oír cómo, al parecer algún monstruo atroz la persigue sin descanso cada noche, atormentándola hasta que su mismo grito la despierta. Y a mí, en muchas ocasiones, también. Luego, cuando me habitué a escucharla prácticamente dejó de asustarme. Simplemente aquello se convirtió en esperar el grito final y listo, fin de los alaridos.

En este momento yo me encuentro detrás de la barra de La Bohemia, con la bandeja en mi mano, esperando el pedido que debo llevar hasta su mesa.

Desde aquí la observo y los interrogantes no dejan de roer mi cabeza, como, por ejemplo: - en sus pesadillas ¿cómo irá vestida? ¿Será que irá con esos amplios vestidos a lunares? Y en el caso que lleve puestas esas plataformas, ¿no le resultará incómodo correr con ellas en sus pies? Luego me pregunto cómo hará para escapar de su perseguidor con el sobrepeso que lleva debajo de esas amplias ropas.

Esta es parte de la lista de interrogantes, que, aunque sé que quizá nunca obtendré las respuestas, no dejan de azotarme el cerebro cada vez que la veo.

Me acerco hasta su mesa. - Buenas noches señorita Lucrecia, aquí traigo su pedido- le digo muy animada y con la mejor de mis sonrisas. Porque debo confesar que hay algo en ella que me cae muy bien… no sé qué es, tal vez su gusto por aquellos coloridos lunares, o qué se yo.

Deposito sobre la pequeña mesa una gaseosa de tamaño chico la cual destapo con un abridor extraído del bolsillo de mi uniforme y lleno una cuarta parte de un alto vaso de vidrio. Luego acomodo frente a ella el plato con un bife de ternera bien cocido, acompañado de un montón de papas fritas y en un recipiente a parte dejo la ensalada de zanahorias, tomates y pepinos.

-Muchas gracias Clariké - me dice mostrando una sonrisa de dientes blancos y perfectos.

Siempre ignoré por completo el motivo por el que me llama Clariké. Este apodo ni siquiera tiene asonancia con mi verdadero nombre, y por más que en tres ocasiones le expliqué que me llamo Estefanía, ella pareció ignorar lo que le estaba diciendo, acentuando con más firmeza el apodo con el que me ha bautizado.

Bueno, en fin, a mí no me importa cómo quiera llamarme, después de todo Clariké me parece un nombre con estilo. Si le gusta llamarme así, para mí está bien.

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Clariké

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Cassandra
Estefanía es una chica como todas con una vida ocupada en su trabajo, pero con poca vida social. Vive sola en el departamento rentado en el cuarto piso de un gran edificio desde hace cuatro años. Todo comienza con las pesadillas de su vecina Lucrecia Santos a la que oye cada noche cómo es perseguida
Suspense MaldiciónAsesinoTrama llena de altibajos
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