/0/17825/coverorgin.jpg?v=6abd6ed2e94008192eec8f6db5e0e29c&imageMogr2/format/webp)
Actualidad
Moscú, Teatro Bolshói
Maksim
Rostros, voces, gestos, acciones... todo eso nos arrastra sin piedad a un recuerdo anclado en la niebla de nuestra memoria. Algunos lo llaman nostalgia, otros lo sienten como un grito silencioso que atraviesa el alma, como si perteneciera a una vida que ya no nos pertenece. Yo lo llamo eco. Un eco persistente que no se desvanece.
Hay quienes dicen que el tiempo todo lo cura, pero nadie habla de aquellos instantes que el tiempo repite como una burla. Una y otra vez. Como un sueño recurrente que se trunca justo cuando estás por entenderlo, por vivirlo completo. Y despiertas. Siempre despiertas justo antes del final.
¿Y entonces qué? ¿Cuál es la solución? ¿Olvidar? ¿Sumergirse en la rutina, pretendiendo que eso que te falta nunca existió? ¿O pelear contra uno mismo, desenterrando fragmentos de una verdad que tal vez no quieras conocer, pero que necesitas para respirar?
Yo he intentado todo. He callado, he observado, he seguido órdenes, he cumplido con mi deber... pero ese vacío sigue ahí. Como una nota suspendida en el aire, esperando la melodía que le dé sentido. Algo -alguien- me falta. Lo sé, aunque no pueda nombrarlo. Y esa ignorancia, ese no saber, duele más que cualquier herida.
Quizás la paz no está en olvidar, ni en entender. Tal vez la paz esté en recordar, incluso lo que nunca vivimos. En reconocer que no estamos rotos por lo que perdimos, sino por lo que nos fue arrebatado antes de tenerlo.
Aun así, sigo aquí. Cuidando. Observando. Esperando. Porque hay algo en ella... en su rostro, en sus gestos, en su voz... que me devuelve una parte de mí, una que ni siquiera sabía que había perdido. Cada noche me conformo con mirarla bailar sobre el escenario, ver cómo brilla mi bailarina en cada voltereta, en cada movimiento que me arrastra con su danza, con esa belleza innegable que parece nacer de otro mundo, pero lo más doloroso es saberme un espectador de su vida, un fantasma entre las sombras que ni siquiera puede estrecharle la mano, mucho menos cruzar una maldita palabra; solo me queda aspirar el perfume que deja tras de sí cuando pasa cerca, ese aroma a jazmín y vainilla que se clava en mí como una maldición dulce y silenciosa.
Y ya debería estar acostumbrado, pero Katya es como una adicción, una necesidad de la que dependo para mantenerme en pie. ¡No! No soy un acosador, ni un pervertido escondido entre el público o tras el telón, soy un ángel, y mi deber es protegerla, cuidarla de todo lo que pueda hacerle daño... aunque ser su sombra tenga consecuencias, como soportar a los idiotas que ha llamado "novios", o luchar contra pensamientos que no deberían tener cabida en mí, como el deseo de rozar su piel o perderme en su mirada, y eso, eso no es bueno para alguien como yo, no debería permitirme emociones humanas, por eso cuando el peso se vuelve insoportable, mi escape es deambular por las calles, perdiéndome entre rostros que me atraviesan sin verme, como si yo no existiera.
En fin, otra noche... y el teatro se envuelve en penumbra, cubierto por ese velo sagrado que anuncia el inicio del hechizo. Un murmullo tenue recorre la sala como un suspiro contenido, mientras las luces se apagan una a una, dejando solo un halo dorado que flota sobre el escenario. El telón se abre con lentitud, como si el mundo mismo se rindiera ante lo que está por aparecer... y entonces, ella emerge.
Katya Adabache.
Su figura se recorta contra la luz como un espejismo celestial. Es delgada, de proporciones delicadas, con una piel pálida que parece esculpida en mármol fino. El vestido blanco que lleva -de gasa liviana, casi líquida- se ondula con cada paso como si flotara sobre un mar invisible. Su espalda es recta, orgullosa, pero hay una suavidad etérea en la manera en que sus brazos se mueven, en la curvatura de su cuello largo y elegante. Cada giro suyo arrastra al público a un estado hipnótico, como si bailara entre el sueño y la vigilia. Su cabello, castaño claro, recogido en un moño alto sin pretensión, brilla bajo los reflectores como si el sol se hubiera escondido en cada hebra. Y sus ojos... maldita sea, esos ojos azul grisáceo, casi translúcidos, miran como si atravesaran el alma. Juro que por un instante me miran a mí, directo, como si me hubiera desnudado por dentro sin tocarme.
Desde un palco en lo alto, oculto entre las sombras, me aferro a ese momento como un náufrago al borde de su último respiro. Mis manos, crispadas, aprietan el borde del asiento; mis nudillos blancos son los únicos testigos de lo que se revuelve dentro de mí. Mis ojos la siguen con una devoción que me duele en el pecho, con un anhelo que se clava como una espina, y sin pensarlo, susurro con la voz rota, quebrada por algo que no entiendo, o que no quiero aceptar:
-Tú deberías llamarte ángel... porque lo eres -mi voz apenas se escapa entre los dientes, apenas audible-. En cada giro, parece que abres tus alas... y esa mirada... Dios... parece traspasarme el alma.
Es una ternura desgarradora la que se me escapa. No debería sentir esto. No debo. No puedo. Pero ahí está, latiendo con fuerza bajo mis costillas, desbordando lo que juré reprimir.
-Si pudieras verme... si pudieras escucharme... si pudiera tener un solo día como hombre... sería suficiente. Solo uno. Pero no debo. No puedo verte de otra manera. No puedo enamorarme... porque serás mi perdición.
Siento ese calor familiar que se enciende en el centro del pecho, esa quemadura que no me pertenece. No es mía. No debería doler. Pero duele. Aprieto los puños hasta sentir las uñas contra la palma, como si eso bastara para contenerlo, para impedir que el deseo se derrame por completo.
-¿Por qué esta prueba? -escupo entre dientes-. ¿Por qué no me apartan de ti? ¿Por qué me he vuelto adicto a ti? ¿Cuándo fue... cuándo fue que te vi con otros ojos?
Me río, sin humor, con una tristeza densa que no alcanza mis ojos. Es una risa hueca, inútil. La miro girar, perfecta, impune, como si no supiera lo que causa. Cada pirueta es una puñalada dulce. Una condena envuelta en belleza.
Pero entonces, algo cambia.
La atmósfera se vuelve tensa. Un destello dorado corta la oscuridad del palco, como un relámpago que no hace ruido, pero hiere igual. El aire se espesa. Y lo siento... antes de verlo. Su presencia. Implacable. Innegable.
Uriel.
Aparece como una sentencia divina. Su silueta se recorta entre la luz como un muro imposible de ignorar. La túnica resplandece como si el juicio mismo la habitara. Su voz... su voz no es un sonido, es una fuerza.
-Te estás dejando consumir, Maksim -retumba, como si hablara desde el centro del tiempo-. Lo que sientes... está prohibido.
No me giro. No puedo. No quiero. No ahora. Mis ojos siguen fijos en ella, en su cuerpo que desafía la gravedad, en su expresión serena, entregada, como si bailara para redimir pecados que ni siquiera conoce. No necesito un sermón, no esta noche.
-No soy un acosador -respondo con los dientes apretados, con la furia contenida bajo la piel-. No soy un pervertido escondido tras un telón. Soy un ángel. La protejo y lo sabes.
Uriel da un paso más. La luz que lo envuelve se sacude, como si la tormenta en su interior quisiera estallar.
-Cuidarla no es amarla. No con ese deseo oculto. Has cruzado una línea, Maksim. Tal vez no en actos... pero sí en intención.
/0/18728/coverorgin.jpg?v=9f1551121b437f3a8a180b8850d1b76b&imageMogr2/format/webp)
/0/7049/coverorgin.jpg?v=b83f2998e8b6198c7aff1a23e30352e6&imageMogr2/format/webp)
/0/2644/coverorgin.jpg?v=06c23aad90964e5de8c2b6533bfa0ed6&imageMogr2/format/webp)
/0/14280/coverorgin.jpg?v=82b047b7a9bd223ca20d9858b6802d76&imageMogr2/format/webp)
/0/8488/coverorgin.jpg?v=3d80ee599c203dc2e2efe2d22f9f6323&imageMogr2/format/webp)
/0/341/coverorgin.jpg?v=7c1398756fcb0b801b7d48dfa62ecd8f&imageMogr2/format/webp)
/0/387/coverorgin.jpg?v=b5606f7759ea205d4126b75075544d3f&imageMogr2/format/webp)
/0/15912/coverorgin.jpg?v=900b5e28dfcc06eba5bdc6b8c1bbbf54&imageMogr2/format/webp)
/0/18496/coverorgin.jpg?v=426ae3cd9e74e7a72fc063b0931f7c91&imageMogr2/format/webp)