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ENCUENTROS FURTIVOS

Adiós a la señora Cooley: El regreso de la arquitecta

Adiós a la señora Cooley: El regreso de la arquitecta

Autumn Breeze
Fui al Registro Civil para pedir una copia de mi acta de matrimonio. Llevaba tres años casada con el heredero de los Cooley, o al menos, eso creía. El funcionario me miró con pena a través del cristal y soltó la bomba: "No hay registro. El acta nunca se devolvió. Legalmente, usted es soltera". El mundo se me vino encima. Gray me había prometido encargarse del papeleo el día de nuestra boda. Justo en ese momento, mi teléfono vibró. Una notificación de un álbum compartido titulado *Nuestro pequeño secreto*. Al abrirla, vi una prueba de embarazo positiva y mensajes de texto fechados esa misma mañana: "Aguanta un poco más, nena. Hoy se libera el dinero del fideicomiso. Mañana echo a esa mula estéril a la calle y seremos libres". Era mi esposo hablando con Brylee, mi mejor amiga y dama de honor. Entendí todo de golpe con una náusea violenta. No era una esposa, era un accesorio necesario para cobrar una herencia. Me usaron para cumplir el requisito de tres años del fideicomiso. Se burlaban de mi infertilidad -la cual sufrí por salvarle la vida a Gray en un accidente- mientras ellos esperaban a su "verdadero heredero" a mis espaldas. Planeaban dejarme sin un centavo, sin reputación y humillada al día siguiente. Me limpié las lágrimas y saqué mi labial rojo sangre del bolso. En lugar de confrontarlos llorando, llamé al enemigo mortal de la familia, el despiadado magnate Hjalmer Barrett. "Sé que odia a los Cooley", le dije con voz firme al teléfono. "Yo tengo las llaves para destruirlos y quitarles todo. A cambio, quiero casarme con su hijo, la Bestia de Wall Street". Esa noche volví a casa con una sonrisa, lista para convertir sus vidas en un infierno.
Moderno VenganzaDivorcioEnfoque de mujer
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OLIVIA

—¿Puedo sentarme? —me preguntó aquel hombre.

Después de unos segundos que parecieron minutos, asentí con un movimiento apenas de cabeza. No quería que descubriera el estado de derrota en el que me encontraba. La verdad, no quería que nadie lo hiciera.

Debe ser dueño del restaurante. De seguro el mesonero chismoso le habrá comentado algo, pensé, mientras él arrastraba la silla y se deslizaba en ella.

El lugar iba quedándose solo y lo más acertado para cualquiera del personal, era encontrar una manera delicada de sacar a la triste mujer desvalida y con cara de loca. De verdad que sentía fastidio y más miseria si eso era posible.

Revisé mi cartera y comprobé la cantidad de dinero que tenía para el taxi. ¡Gracias a Dios era una buena suma! Las varias embarcadas han hecho de mí una mujer precavida.

—¿Quieres que te pida otra copa? —preguntó.

Subí la mirada hacia su rostro ya que su pregunta llamó mi atención. Se veía relajado, pero a la expectativa.

¿Por qué me mira así?

—No hay problema, ya me voy —respondí.

—¿Quieres que te llame un taxi?

Debí haberme visto ridícula queriendo ocultar mi desconcierto, sin lograrlo. Mi ceño fruncido apenas perceptible.

—¿Eres el dueño del restaurante?

—¿Disculpa?

Suspiré hondo, cansada, agotada de la noche, de estar allí sola y de… de todo.

—Necesitan que me vaya, ¿cierto? —le pregunté—. Está bien, tienen razón. —El mesonero no supo que lo hice cómplice de mi desconocida equivocación al mirarle—. Es tarde y debo irme a casa.

Debía levantarme después de decir aquello, era lo lógico. Pero nadie movió un músculo y a ciencia cierta no supe el porqué.

—¿«Necesitamos» que te vayas? —Negó levente con la cabeza y elevó la comisura de sus labios un poco—. Por lo menos yo, no necesito eso. En cambio, sé que tú sí precisas algo. —Se tomó una corta pausa—. ¿Qué es?

Ahora sí que lo miraba y con mucha atención, su manera de preguntar aquello me puso en alerta total. En ese momento no supe explicar ese tono de voz y Dios solo sabe lo mucho que quería responderle, decirle exactamente lo que quería y necesitaba.

Esa dichosa pregunta fue lanzada en mi mesa y rebotó contra mis sienes de una forma mortal, agonizante… ¿Qué necesitaba? ¡¿Qué necesitaba?! ¿Pagar la cuenta de la cena, irme a casa y dormir? ¿Eso era todo? Allí, pensando en la respuesta y viendo cómo él se dignaba a esperar que yo emitiera algún sonido, no despegué mis retinas de las suyas bajo todo ese proceso.

—Quiero volver a empezar —susurré, se me escapó sin aviso. Y sentí un repentino alivio, como sintiendo un peso liberarse de mis hombros pero sin certeramente percibirlo.

Válgame Jesús, que débil me había dejado mi fallida cita.

El caballero ante mí entrecerró sus ojos un poco, tan solo un pequeño movimiento. Tenía una sonrisa invariable, estaba desesperándome de una forma anormal.

—Ibas a tener sexo esta noche, ¿cierto?

¿Qué?

Sin darme tiempo a pensar en nada más, colocó un debo sobre su labio superior y lo comenzó a sobar, analizando y arrastrando la yema del índice derecho allí, en ese pedazo de carne, uno que me quitó el aliento y todo pensamiento coherente. Para efecto, mis palabras:

—Si te digo que sí, ¿qué pensarías?

—Que me decepciona el que te hayan dejado varada. Una mujer como tú debería estar sobre una cama.

El corazón que ya sentía enfermo se movió con una señal de sismo, no me gustó mucho lo que dijo pero la manera, la certeza y seguridad en cómo lo dijo… Pude haber sentido miedo, cualquier chica lo sentiría. Él era un extraño y dueño de aquel recinto, el Rey de esa esquina. Cualquier cosa que intentara hacer conmigo podría confundirse con algo peligroso.

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