Soy Paulah, fotógrafo, y siempre he querido conquistar el mundo a través de mi profesión. Tal vez eso habría ocurrido de no ser por la confusión que se produjo en la última boda en la que trabajé hace unos años. Una serie de malentendidos me arrebataron la oportunidad de organizar eventos aún mayores.
El padre de la novia decidió acercarse a mí de una forma poco invitadora y acabé abofeteándole, lo que provocó que me echaran del lugar de celebración y que al día siguiente saliera en las noticias, lo que puso fin a mi perfil profesional. Esto me llevó a pasar mucho tiempo trabajando en trabajos menores y sin atreverme a trabajar en eventos más grandes.
Lo importante es que ahora estoy aquí, en una hermosa carretera por Italia, es la gran oportunidad que estaba esperando para callar las bocas de todos los que dudaban de mi potencial.
Mi ex novio nunca me habría permitido dar un paso tan grande, siempre me prefirió a su lado y sin mayores ambiciones. Ahora que ya no tengo ningún tipo de relación, es hora de pensar en mi vida aquí, lejos de todo.
Miro por la ventanilla del coche y veo paisajes preciosos, pueblos tan elegantes como los cuadros y las películas.
- ¿Quiere que cierre las ventanillas? ¡Qué frío hace! - preguntó pensativo el conductor.
- No hace falta, ¡quiero contemplar todos los paisajes!
Más adelante había una curva sinuosa, un destello de luz blanca se apoderó de mi visión y luego todo se oscureció.
Cuando desperté, me palpitaba la cabeza y me dolía todo el cuerpo. Intenté moverme, pero todo parecía girar a mi alrededor. Y cuando miré hacia abajo, una gota de sangre de mi frente goteaba sobre el asiento del coche.
- ¿Te encuentras bien? - pregunté, mirando hacia el asiento delantero y sin ver ninguna señal del conductor.
Sólo me di cuenta de la magnitud de la tragedia cuando conseguí abrir la puerta arrugada y salir del coche, y entonces vi el cuerpo del taxista, que había sido arrojado muy lejos.
Me estremecí por todo el cuerpo, pero intenté mantener la calma y me acerqué a él, tocándole para tantear cualquier señal de vida.
- Maldita sea, ¡está muerto!
Volví al coche, intentando respirar hondo para mantener la calma. Rebusqué entre los restos hasta que encontré mi bolso entre ellos, entonces saqué mi teléfono móvil e intenté encontrar algún tipo de señal, pero no había forma de hacerlo en aquellos bosques.
Siempre he sabido que los taxis tienen canales de radio para hablar entre ellos, así que intenté toquetear el equipo y el fuerte olor a gasolina me asustó. La radio estaba estropeada, no conseguía señal.
Las piernas me flaqueaban y me sentía desorientado. Arrodillado en el suelo, seguía intentando hacer funcionar el m*ld*t* teléfono móvil y estoy a muchos kilómetros de la ciudad más cercana.
- ¡Funciona, por favor!
- ¿Quién es usted? - una voz femenina me hizo girarme.
- Necesito ayuda, hemos tenido un accidente.
La mujer permaneció seria mientras me miraba, hasta que me di cuenta de que iba armada y apuntó su revólver en mi dirección.
- No le dispares, ¡maldita sea! - dijo un hombre que venía por detrás.
- ¡Esa zorra sabe demasiado!
- Benicio te arrancará los ojos si tomas una decisión sin su aprobación...
Los dos se miraron, chocando y pensando en mi vida y para ella no valía absolutamente nada.
- ¡Que se joda! Ni siquiera sabrá que ella existe. - replicó ella, simplemente alisándose el pelo rojo y mirando en mi dirección.
Aquella mujer estaba decidida a dispararme, pero el hombre la desarmó con un rápido movimiento.
- ¡En absoluto, Elisa! ¡Te llevaremos hasta él!
Con la pistola apuntando en mi dirección, los dos me hicieron caminar por el bosque. Estaba muy cansada y todavía dolorida por el accidente. Me sorprendí a mí misma mirando hacia atrás y estaba segura de que no sabría volver al coche por mi cuenta en una posible huida.
*p*n*s me atrevía a mirarles a los ojos, parecían vampiros salidos de una película. Gente fría, sin emoción ni empatía.
- Lo juro por Dios, no me importa quiénes sean, ¡sólo necesito un teléfono!
- Si aún quieres disfrutar de los últimos minutos de tu vida, ¡mantén la boca cerrada! - replicó la mujer.
Llegamos a un lugar lejano, cada paso que daba parecía alejarme más y más de la realidad.
Por fin salimos del bosque y llegamos a algo construido por el hombre, había algunas casas antiguas y puertas de hierro forjado, lo que demostraba aún más que aquel lugar escondido en medio del bosque parecía existir desde hacía muchos años. Oscuro, lejos de todo lo que hubiera podido imaginar y, de hecho, extrañamente escondido.
- Elisa, llevaré a la mujer con Benicio.
- No, ¡la he encontrado yo! - replicó ella.
- Aún está enfadado por lo de la mercancía incautada. Apártate de su vista un rato y deja de insinuarte a él. ¿No se cansa del rechazo?
Ella pareció acceder a su petición... Quizá me avergüence de lo que he oído, no sé quién es ese Benicio... lo único que sé es que mucha gente parece temerle.
Entramos en una de las casas adosadas, con su decoración provinciana y su lujoso mobiliario. En la pared, la imponente figura de un Chacal y dos guardias de seguridad me miraban con curiosidad.
El hombre que me conducía hablaba en otro idioma con los demás, no parecía ser italiano. Cuando uno de ellos entró en la habitación, asintieron con la cabeza y me llevaron al interior, donde le vi sentado en una hermosa silla.
- Habla portugués, señor.
- ¿Quién es usted y qué hace aquí? - preguntó el apuesto, enigmático e imponente hombre vestido de negro.
- ¡Me llamo Paulah, soy fotógrafo y estaba en el país para cubrir la boda de un concejal! Gobernador, en realidad... ¡Algo así! - Las palabras no me ayudaban, nerviosismo, miedo y cansancio se mezclaban en mi interior.
- Pareces muy confundido para ser alguien que está aquí por negocios. - preguntó el jefe, entrelazando los dedos sobre la mesa.
- Acabo de tener un accidente de coche, ¿querías que estuviera sonriendo?
- ¡Eres muy petulante! ¿Sabes con quién estás hablando?
- No lo sé, me trajeron contra mi voluntad a punta de pistola. Dígame, señor, ¿quién es?
Mi respuesta hizo que el tal Benicio se levantara de la silla como un rayo, vino a mi lado y pude sentir el calor de sus palabras.
- No me creo ni un fragmento de tu historia, ¡nos hemos pasado toda una vida ocultando este lugar para que alguien lo encuentre y lo revele al mundo! - se volvió entonces hacia el otro hombre. - ¿Ha encontrado la cámara de ese fotógrafo?
- No, señor, pero no miente cuando dice que tuvo un accidente. ¡El coche estaba hecho pedazos y había el cadáver de un hombre fuera!
- Realmente eres inocente, querida, tenemos innumerables enemigos y todos son lo suficientemente astutos como para fingir una situación. ¡Matadla!
Mientras intentaba procesar todo lo que estaba ocurriendo, Benicio me observaba con una mirada curiosa, como si estuviera estudiando cada una de mis reacciones y considerando su decisión final.
- Sí, señor. - respondió el otro hombre.
Me quedé de piedra; mi palabra no valía absolutamente nada para aquella gente.
- ¡Un momento! - tartamudeó Benicio, arreglándose la corbata-. - Llévenla a la mansión, pero antes quiero interrogarla.
Se llevaron mi teléfono móvil, era inútil sin señal, pero al menos lo tenía.
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