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-¿Está segura de que quiere aceptar mi caso? -preguntó Paul Bellini a la joven y hermosa abogada que estaba sentada frente a él.
-Sinceramente, no es el tipo de casos que aceptaría, pero algo me dice que debo hacerlo -cruzó sus piernas, se inclinó hacia adelante, se quitó las gafas y miró directamente a los ojos, a su cliente.- Creo que lo principal es que usted sea absolutamente sincero conmigo, no quiero mentiras, ni mucho menos sorpresas.
-Es usted muy arriesgada, Claudia; mi conseglieri no se equivocó al recomendarla. -dijo él y ella sonrió de forma jactanciosa.
-Vaya, se aprendió mi nombre muy rápido, considerando que es la primera vez que nos vemos frente a frente.
-Soy muy cuidadoso de los detalles, de eso dará cuenta más adelante. -afirmó-. Por ahora solo puedo decirle que cuando algo me interesa, lo grabo en mi inconsciente.
Ella enarcó la ceja y lo miró sin pestañear.
El guardia de seguridad, se acercó, lo tomó del brazo y lo levantó de la silla.
-Fue un placer conversar con usted -dijo y como pudo, aún con las esposas puestas, estrechó la mano de su hermosa abogada.
-Igualmente Sr Bellini. -contestó ella, sosteniendo su mano con firmeza.
-Gracias por aceptar mi caso, abogada.
Paul fue retirado de la sala de visitas por el custodio, mientras Claudia se levantaba de la silla, sintiendo que el corazón se le quería salir por la boca. Respiró profundamente, el guardia le abrió la puerta de metal y ella salió apresuradamente de aquel lugar.
Subió a su coche, encendió el motor y se aferró al volante, como quien necesita mantenerse segura. La decisión que acababa de tomar, era la más difícil que había tenido que elegir en su vida.
Pero... ¿cómo no hacerlo, si de ello dependía la propia vida de su hijo?
Media hora después, detuvo su coche en la entrada principal del colegio. Santiago la esperaba afuera, sentado en un pequeño banco de concreto. Al verla corrió hacia ella, Claudia bajó apresuradamente y tuvo que correr cuando vio que el niño se desvanecía ante sus ojos.
Lo levantó entre sus brazos y se dirigió a su coche. Abrió la puerta de atrás y lo acostó en el asiento. Luego –tal y como se lo había indicado el médico–, le sostuvo las piernitas en alto, mientras aguardaba a que el oxígeno, a través del bombeo sanguíneo, llegara hasta su cerebro.
Así permaneció hasta que, veinte segundos después, el niño reaccionó. Se incorporó lentamente y sonrió, aún aturdido por aquel síncope que, con el paso de los años, se había vuelto cada vez más frecuente.
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