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Cassandra Morales
Cassandra Morales no recordaba un momento exacto en el que hubiera dejado de ser solo una hija.
No hubo un día concreto, ni una conversación solemne, ni una despedida de la infancia, solo un cansancio que llegó temprano... y se quedó.
El sol aún no terminaba de levantarse cuando ella ya estaba en el campo, con las manos hundidas en la tierra húmeda. El frío de la madrugada se mezclaba con el olor a barro fresco, y la neblina baja le mojaba los tobillos como si el suelo respirara. Cassandra trabajaba en silencio, con el cabello oscuro recogido en una trenza gruesa que le caía por la espalda, firme como todo en ella.
Sus brazos, de piel morena clara, estaban marcados por años de trabajo que no le correspondían a una mujer de su edad, pero que había asumido sin quejarse. Cada movimiento era preciso. No había rabia en su forma de trabajar, tampoco resignación. Había responsabilidad.
-Cassandra -llamó su madre desde el porche-. Vas a romperte la espalda antes de que el día empiece.
-Todavía no -respondió ella sin mirarla-. A la tierra no le gusta que la dejen a medias.
Su madre suspiró. Siempre lo hacía cuando Cassandra hablaba así, como si ya supiera más de la vida de lo que le correspondía.
Dentro de la casa, la abuela estaba sentada cerca de la ventana, envuelta en un chal viejo. Tenía las manos torcidas por los años, pero los ojos seguían vivos, atentos.
-Esa niña nació con el alma cansada -murmuró la abuela cuando Cassandra entró a lavarse las manos-Igual que tu padre.
Cassandra levantó la mirada.
-No empieces, abuela.
-No empiezo -respondió ella con una media sonrisa-Solo digo verdades que nadie quiere escuchar.
La abuela había sido la primera en darse cuenta. Cuando el padre murió, cuando el dinero empezó a faltar, cuando la madre se quebró en silencios largos... Cassandra no preguntó qué hacer. Hizo.
Cocinó, trabajó, cuidó y cuando Clara enfermó, no dudó ni un segundo.
Fue al cuarto del fondo, como todas las mañanas. El aire allí era distinto: lavanda, alcohol, pastillas y algo frágil. Clara estaba despierta, sentada en la cama, envuelta en una sudadera demasiado grande que hacía que pareciera aún más pequeña.
-Buenos días, mi guerrera -dijo Cassandra, y su voz se suavizó sin pedir permiso.
-Buenos días, mandona -respondió Clara con una sonrisa cansada-. ¿Ya te vas otra vez?
-Siempre me estoy yendo -contestó Cassandra, sentándose a su lado-. Pero siempre vuelvo.
Le tomó las manos con cuidado. Eran frías.
-¿Te duele algo hoy?
-Un poco... pero no mucho.
Cassandra sabía mentir.
También sabía cuándo alguien le mentía.
-Hoy me toca turno largo -dijo-. Pero te traigo ese dulce que te gusta. El de coco.
Clara dudó.
-¿Hablaste con el doctor... sobre lo otro?
Cassandra bajó la mirada un segundo. Solo uno.
-No todavía -admitió-. Pero lo haré. Estoy juntando todo. Dinero, papeles... lo que haga falta.
-Es muy caro, Cass.
-Nada es más caro que perderte.
Clara apoyó la frente en su hombro.
-No te canses de mí.
Cassandra cerró los ojos.
-Yo me cansé de muchas cosas en esta vida -susurró-De ti no.
El Hospital San Blas ya estaba despierto cuando Cassandra llegó. Pasillos llenos, voces superpuestas, el olor permanente a desinfectante que se metía en la ropa y no salía nunca del todo. Se ajustó la bata con la misma determinación con la que se ajustaba la vida.
-Morales, ¿otra vez tú? -le gritó un enfermero- ¿No te pagan por dormir?
-Todavía no -respondió ella-Avísame cuando empiecen.
En la habitación 402, el señor Ruiz la recibió con un gruñido.
-Por fin -dijo-Esa otra casi me mata con la sopa.
-Usted exagera -contestó Cassandra mientras revisaba el suero-Pero si sigue así, lo voy a dejar con ella a propósito.
El anciano rió.
-Eres un peligro, niña.
-Lo sé.
Fuera, en el pasillo, Sandra la esperaba.
-Siempre igual -dijo con desdén-Todos te quieren.
-No me quieren -respondió Cassandra sin detenerse-Confían, es distinto.
Sandra apretó los labios.
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