/0/21395/coverorgin.jpg?v=1aa436198e94e0b55ae2c0505414b571&imageMogr2/format/webp)
La ciudad se extendía ante ella como un mar de luces y promesas. Clara había llegado hacía solo unos días, aún con la sensación de estar flotando entre la ansiedad por lo desconocido y el entusiasmo por las nuevas oportunidades. Había dejado atrás su hogar, su familia y su vida tranquila en el pueblo, buscando algo más, algo que nunca había experimentado: independencia, aventura, quizás hasta el amor. Pero todo eso estaba empañado por la incertidumbre de no saber exactamente qué esperar en esta nueva vida urbana.
Su apartamento, pequeño pero acogedor, estaba situado en el corazón de la ciudad, en un edificio que reflejaba el ritmo acelerado de la vida moderna. Con sus ventanas de cristal que daban al horizonte lleno de luces parpadeantes, el contraste con el cielo nocturno oscuro era fascinante. Clara pensaba en ello mientras se preparaba para lo que había sido su primera invitación social en la ciudad: una fiesta a la que su compañera de trabajo, Marta, le había insistido en asistir.
"Es solo una fiesta", le había dicho Marta en el trabajo ese mismo día. "No es como si fuera una oportunidad de hacer grandes contactos, pero es una excelente forma de relajarte. Además, ¿quién sabe? Tal vez conozcas a alguien interesante."
Clara no había tenido muchas expectativas, pero después de días de trabajo solitario y muchas horas frente a la computadora, pensó que un poco de distracción no le haría mal. Así que, con la mirada decidida, decidió ir, dejándose llevar por la idea de desconectar y conocer algo nuevo.
La fiesta era en un elegante apartamento en el centro, uno de esos lugares en los que las paredes blancas, el mobiliario minimalista y las luces suaves creaban una atmósfera sofisticada. Clara entró y fue recibida con sonrisas y un brillo casi automático en los ojos de los invitados, todos perfectamente vestidos y llenos de energía.
La música suave llenaba el espacio, acompañada de risas y conversaciones animadas. Clara se sintió algo fuera de lugar al principio, como si no encajara completamente, pero se obligó a relajar los hombros y a disfrutar del momento. Caminó por el apartamento, saludó a algunos desconocidos y se tomó una copa de vino, intentando absorber el ambiente sin preocuparse demasiado por su aparente torpeza social.
Fue entonces cuando lo vio. A través del reflejo en un espejo cercano, notó su presencia antes de verlo directamente. Un hombre alto, de figura imponente y una mirada que parecía penetrar todo a su alrededor, estaba de pie junto a la ventana, conversando animadamente con un grupo de personas. No era el tipo de hombre que podía pasar desapercibido. Su porte, seguro y elegante, contrastaba con la multitud que lo rodeaba.
Clara lo observó un momento sin darse cuenta de que ya estaba mirándolo. Sus ojos se cruzaron brevemente en ese reflejo. Y en ese instante, algo cambió. La intensidad de su mirada la atrapó, y ella, aunque intentó desviar la mirada, no pudo evitar sentir un cosquilleo en su pecho.
El hombre se apartó del grupo y comenzó a caminar hacia donde ella estaba, como si de alguna manera hubiera notado su presencia. Clara se sintió súbitamente nerviosa, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso. Decidió que no debía pensar demasiado en ello, pero sus pies no se movían. Él estaba demasiado cerca, demasiado cautivador. En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, una suave sonrisa apareció en su rostro.
-¿Te importa si te acompaño? -su voz era profunda, con un tono bajo que resonaba en sus oídos de una forma que parecía envolverla.
Clara levantó la vista para encontrarse con esos ojos oscuros, casi misteriosos. Aunque su interior le gritaba que no debía seguirle el juego, la verdad es que la curiosidad la impulsó a decir algo tan simple como:
-Claro.
El hombre no perdió tiempo y tomó la copa de vino de su mano, dándosela a un camarero cercano mientras su mano se posaba en la parte baja de su espalda, guiándola con suavidad hacia una esquina más tranquila de la fiesta. El gesto, tan sutil pero seguro, la hizo sentirse como si todo en el mundo se hubiera desvanecido, dejándolos a ambos en una burbuja de comodidad que se sintió única.
-Soy Sebastián -dijo con una sonrisa, tomando asiento junto a ella cuando llegaron a la mesa pequeña en la esquina del apartamento.
/0/17891/coverorgin.jpg?v=45143bd91cd571fd26fd91eab3038407&imageMogr2/format/webp)
/0/10093/coverorgin.jpg?v=24bbe534bd18453de7d429227213c208&imageMogr2/format/webp)
/0/11711/coverorgin.jpg?v=73944f7cc1f199e7fe02c09e9473151c&imageMogr2/format/webp)
/0/9097/coverorgin.jpg?v=9d346d8b38198859796883073e9e555e&imageMogr2/format/webp)
/0/14019/coverorgin.jpg?v=19510de42fb09319cdba2b325d765d56&imageMogr2/format/webp)
/0/10968/coverorgin.jpg?v=d6c2fa858311ba930091e58d710d1f29&imageMogr2/format/webp)
/0/22469/coverorgin.jpg?v=ef4782623aa6c70ce008c55aa4fe3cff&imageMogr2/format/webp)
/0/8477/coverorgin.jpg?v=744d7ae78eae3eb3397dc5201d3f98c7&imageMogr2/format/webp)
/0/16179/coverorgin.jpg?v=9dee49ffae7d089a91786fae33c25be1&imageMogr2/format/webp)
/0/16158/coverorgin.jpg?v=aa8690d05748d81faecb8058bfc99946&imageMogr2/format/webp)
/0/19688/coverorgin.jpg?v=71648093653db64ec319ae3afbcae019&imageMogr2/format/webp)
/0/9511/coverorgin.jpg?v=4796c4f5a2fe5182314ab5922e03bf71&imageMogr2/format/webp)
/0/4985/coverorgin.jpg?v=5e1e5645e5a826a48c9bd0825467362a&imageMogr2/format/webp)
/0/14722/coverorgin.jpg?v=d4914bf32bfbc13604209eff36b8bc3b&imageMogr2/format/webp)
/0/12783/coverorgin.jpg?v=48289b180d170c69e003afa572f5437d&imageMogr2/format/webp)
/0/16883/coverorgin.jpg?v=2f5211160dfbe90a4f3f67ec9cdfcce8&imageMogr2/format/webp)
/0/11406/coverorgin.jpg?v=752155b78bc0edc05be6d11a343524b6&imageMogr2/format/webp)
/0/11476/coverorgin.jpg?v=313f4746f2aae8fe1c76c5144e567b35&imageMogr2/format/webp)
/0/13152/coverorgin.jpg?v=bd0a753a15cc3216b93e95214e8f73cc&imageMogr2/format/webp)