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Adiós a la señora Cooley: El regreso de la arquitecta

Adiós a la señora Cooley: El regreso de la arquitecta

Autumn Breeze
Fui al Registro Civil para pedir una copia de mi acta de matrimonio. Llevaba tres años casada con el heredero de los Cooley, o al menos, eso creía. El funcionario me miró con pena a través del cristal y soltó la bomba: "No hay registro. El acta nunca se devolvió. Legalmente, usted es soltera". El mundo se me vino encima. Gray me había prometido encargarse del papeleo el día de nuestra boda. Justo en ese momento, mi teléfono vibró. Una notificación de un álbum compartido titulado *Nuestro pequeño secreto*. Al abrirla, vi una prueba de embarazo positiva y mensajes de texto fechados esa misma mañana: "Aguanta un poco más, nena. Hoy se libera el dinero del fideicomiso. Mañana echo a esa mula estéril a la calle y seremos libres". Era mi esposo hablando con Brylee, mi mejor amiga y dama de honor. Entendí todo de golpe con una náusea violenta. No era una esposa, era un accesorio necesario para cobrar una herencia. Me usaron para cumplir el requisito de tres años del fideicomiso. Se burlaban de mi infertilidad —la cual sufrí por salvarle la vida a Gray en un accidente— mientras ellos esperaban a su "verdadero heredero" a mis espaldas. Planeaban dejarme sin un centavo, sin reputación y humillada al día siguiente. Me limpié las lágrimas y saqué mi labial rojo sangre del bolso. En lugar de confrontarlos llorando, llamé al enemigo mortal de la familia, el despiadado magnate Hjalmer Barrett. "Sé que odia a los Cooley", le dije con voz firme al teléfono. "Yo tengo las llaves para destruirlos y quitarles todo. A cambio, quiero casarme con su hijo, la Bestia de Wall Street". Esa noche volví a casa con una sonrisa, lista para convertir sus vidas en un infierno.
Moderno VenganzaDivorcioEnfoque de mujer
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''Sé que tengo muchas cosas que explicarte. Como porque me desaparecí todo este tiempo. El porqué de que no quise seguir más en contacto contigo y ya no pude verte más. Y es que no quería que te lo tomes a mal. Pero simplemente no podía hacerlo. Estuve confundida todo este tiempo. ¿Sabes? Nadie piensa en ser madre. Yo personalmente nunca lo pensé, y es más, tampoco lo deseé. Sé que tu tampoco. Y es por eso que me había ido. Quería que tuvieras al menos la explicación y sepas la verdad de porque no pudimos seguir. O porque no pude seguir.

No estaba segura si esto era lo que quería para mi vida, y tu bien lo sabes, que nada de esto lo habría planificado en otro momento. Supongo que me aterró la idea. Pensé que no podríamos lograrlo, alguien con un pasado homosexual y una puta, inexperta en todos los sentidos como mujer, no funcionaría, o al menos eso pensé. Ahora mismo estoy segura de lo que quiero, y de lo que tengo. Emma me ha dado esa seguridad que tanto busqué. Y no es que esté segura al cien por cien de lo que será el resto de mi vida. Pero quiero que estés en ella. Y no pido una respuesta inmediata. Tómate tu tiempo si quieres. Sé que no te será fácil. Al final de la hoja te dejo anotado el número donde podrás marcarme. Solo quería que sepas que no te odié nunca, y nunca quise estar alejada de ti. Solo lo hice, porque me costaba aceptarlo. Han pasado once meses desde entonces. Lo siento. Enserio lo siento. Espero no parecerte una extraña. No nos olvides. Emma y yo te necesitamos.''

Hubiera querido tener esa carta. Fue una carta clave en mi vida. ¿Y sabes? Nunca llegó. Se perdió. Nunca la tuve. Nunca la leí. Hubieran pasado tantas cosas si tan solo la hubiera leído. En eso concluyó básicamente una gran parte de mi vida.

Esta no es la historia de un cuento, de esos que a menudo se ve en los libros, o novelas románticas que acostumbraba leer con mi mejor amiga cuando era chico. Esta es mi historia, tan triste como puede leerse.

Si bien, mi vida son un montón de recuerdos. Todas las vidas son solo recuerdos. Después de todo eso es lo que somos. De eso se compone el ser humano; de recuerdos. Malos, buenos. En fin. Solo sé que se me vienen en flash back.

La última vez que hablé con mi psicólogo, Ernesto me dijo; ''No dejes de recordar, eso te recuerda que estás vivo''. Él se equivoca. Por cada recuerdo me siento más muerto. Ni siquiera aquellos recuerdos felices o agradables, me hacen sentir bien. Por el contrario me hacen sentir peor. Me dejan ver como lo tuve todo y como ahora no tengo nada. Ese es el problema con la mente humana, siempre tendrá un enemigo, y ese enemigo es la memoria.

'' ¿Mami soy diferente? Mamá...¿Porqué papá dice que se avergüenza? ¿De qué? ¿De mi? ¿Es malo juntarme con las niñas? Mamá, en el colegio dicen que soy raro... ¡Mamá!''

Y esto se repetía una y otra vez de niño. 

1977.

-En el colegio dicen que me parezco a una nena. –decía entre sollozos mientras mi madre me miraba fijo.

Ella me mira con compasión, como si se apiadara de mí. Como si se apiadara de una pequeña criatura indefensa.

Desde siempre había sido así. Nunca fui con exactitud el chico popular. Tenía todo para serlo, y es que en Buenos Aires tendían a idolatrar a todo ser que tuviera el cabello y los ojos claros, como un tipo de fetichismo con los gringos o un rasgo superficial y racista. Pero evidentemente nunca lo fui. Parecía que desde pequeño la gente acostumbraba tomarme el pelo.

-No le hagas caso. Sos diferente. Eso es todo. ¿Queres ir a comprar ropa conmigo? –dijo haciendo un cambio repentino del tema.

''Sos diferente'' a eso se resumía todo. Cuando uno es chico, los adultos nos respaldan diciéndonos eso. ''Te molestan en el colegio porque sos diferente'' ''no gustan de vos porque sos diferente'' ''no sos bueno en deportes porque sos diferente'' todo, absolutamente todo, era escusado con el ''ser diferente''. Una escusa de mierda, pero cuando uno es chico se conforma como se conforma con cualquier estupidez. Pero eso al crecer ya no basta, y comienzas a odiar la palabra ''diferente''. Pero en ese entonces un ''eres diferente'' lo solucionaba todo. Mis problemas de autoestima, que fuera antisocial, que me molestaran y me marginaran, mis problemas con el mundo, todo se debía a que era diferente, y eso parecía ser consuelo para mí cuando tenía menos de seis años.

Asentí con la cabeza. No hizo falta más.

Ella era mi madre, siempre tan al tanto de mi. Ella solía pasar todo el tiempo conmigo. Aquello había sido un poco del comienzo. El comienzo de todo aquello. Desde que comencé a ser lo que para el resto era un ''diferente''.

—Honey, ¿Por qué lloras? —dijo entrando un día de lluvia a mi habitación.

A veces olvido que no me conocen, que no saben quién soy ni como me llamo. Soy Honey, por si se preguntaban. ''Honey'' es ''miel'' en inglés, o eso al menos me decían de chico, que yo era dulce para, probablemente, todas las señoras cincuentonas amigas de mamá, entonces inevitablemente debía llamarme así, además de que como era ''especial'' tenía que tener un nombre especial, y como mamá se consideraba americana, su hijo no podía llevar nada menos que un nombre americano. Mi madre vivió muchos años en Estados Unidos, cuando conoció a mi papá que también era residente de allá pero que trabajaba acá, se vino a vivir a Argentina, no les costó mucho llevar una buena vida, el peso argentino siempre fue menos que el dólar, supongo que mis abuelos le habrán ayudado un poco a reinstalarse. No conozco mucho de cómo hicieron para instalarse a vivir acá, porque siendo yanqui y sin conocer el idioma, siendo sincero, en Buenos Aires te boludean. Supongo que mamá me habrá contado más de una anécdota alguna vez cuando era chico, pero ya no las recuerdo. Y papá, bueno, papá nunca contó anécdotas.

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