camente, un metrónomo de carne y hueso que contaba los segundos de mi humillación. Alistair. Su nombre seguía siendo una quemadura e
a. El Sr. Sterling me observó desde lejos, pero no dije nada. No había palabras para describir
-dijo un compañero, pasándome una bandeja c
es rotos, y la avaricia de Seline exigía una audiencia. Al abrir de nuevo la puerta de la sala, el ambiente se habí
o de las
n rubor febril, provocado más por el poder que por el champaña. La botella de cristal sobre la mesa de mármol giró
ra el sonido del cristal chocando contra la piedra-. No hay nada en este m
ara bloquear el hedor de la decadencia que lo rodeaba. Sin embargo, su mano -vendada toscamente con e
da turbia de lujuria y envidia-, ¿qué es lo más cruel que has hecho en tu vi
ral. Incluso el aire pareció detenerse, esperan
la precisión de un autómata. Una sonrisa afilada, una verdadera daga de odio, curvó sus labios. El alcoho
do un dedo y señalándome directamente-. Hace siete año
de la
ineando contra el borde de una copa. Alistair abrió los ojos. No eran ojos hum
a cada rincón de la estancia-, fui al apartamento de Alistair. Él estaba destrozado, esperan
ncia de sándalo y tormenta que e
locura-. Y dejó su teléfono sobre la mesa. Fue entonces cuando llegaron los mensajes. Decenas de ellos. "Alist
ños regresaron a mi garganta, ahogándome. Miré a Alistair. Su rostro estaba pálido, u
e Alistair fue un rugido bajo, un t
a respuesta definitiva. "Lárgate". ¡Oh, deberían haber visto su cara al día siguiente! Él pensó que ella lo había abandonado por un mejor postor, y
unca vuelve a
cualquier grito. Fue el sonido de dos almas
vió de Seline hacia mí. En sus ojos dorados no había odio, sino una agonía tan vasta que podría haber in
mera vez en siete años, la palabra sonó
altado, palideció. El alcohol se evaporó de su sistema, reem
lló-. ¡Ella no era digna de ti! ¡Y
i poseía. Yo simplemente dejé el decantador sobre la mesa. Mis manos, antes temblorosas, ahora
ue ardía a nuestro alrededor. Me detuve frente al Alpha, frente al hombre que me habí
soledad-, las manchas de sangre de su mano pueden limpiarse con un pañuelo. Pero l
za que dolió más que cualquier golpe
e a estar entero. Ni siquiera con todo s
la dignidad de la víctima que finalmente ha sido escuchada. Detrás de mí, escuché el estallido de una mesa de mármol siendo part
umbral del club, sentí que la lluvia de hace siete años finalmente e
/0/22490/coverbig.jpg?v=22532312abb581bb0af87ccc4a8b6038&imageMogr2/format/webp)