“El club L'Éclipse no era un edificio de ladrillos y cemento; era un mausoleo de seda, mármol y pecados dorados. En el corazón de Costablanca, donde el mar susurraba secretos que nadie quería oír, el club se alzaba como el último refugio de aquellos que tenían demasiado dinero para sentir y demasiada oscuridad para dormir. Allí, el aire no se respiraba, se consumía, saturado con el aroma del tabaco de importación, perfumes que costaban el salario de un año y el rancio sudor de la ambición. Yo, Lyra, me encontraba en la periferia de esa opulencia, una sombra entre las luces estroboscópicas. Mi uniforme de camarera, una prenda de tela rígida y barata que me irritaba la piel, era mi armadura y mi condena. Mientras ajustaba el delantal, mis dedos -ásperos por el agua helada y el trabajo incesante- recordaron por un breve instante la suavidad de las sábanas de hilo que alguna vez me cobijaron. Pero esos eran recuerdos de otra vida, una vida que murió bajo una tormenta hace siete inviernos. -Lyra, deja de mirar al vacío. La sala SVIP-01 ha sido abierta. Es una reserva de sangre azul -la voz del Sr. Sterling, el gerente, me sacó de mi letargo. Sus ojos, generalmente fríos, mostraron una grieta de compasión-. Si el peso es demasiado, puedo enviar a otra. Sé que ese círculo... solía ser el tuyo. -El orgullo no alimenta a los enfermos, señor Sterling -respondí, y mi voz sonó como el roce de dos piedras secas-. Mi madre necesita su tratamiento y el casero no acepta nostalgias como pago. Iré yo. Cargué la bandeja de plata con el decantador de cristal. El peso del metal en mi brazo era un recordatorio físico de mi descenso. Caminé por el pasillo alfombrado, cada paso era un latido sordo”