e vista
los ojos de golpe. El penetrante aroma terroso de las hie
on fuerza, observando la habitación desconocida.
nica crujió suavemente. "Estás despierta", dijo con voz tranqui
la habitación frenéticamente. "¿Dónde... dónde está Mabel? ¿Mi padre?". Las palabr
, sujetándome. "Hija mía", murmuró en voz baja, paciente. "
as corrían por mis mejillas. Mis sollozos me sacudían los hombros mientras caía de rodillas a su lado. "Ayúdame... por favor
s. "Aurora... Algunos lobos no llegan al día del despertar. Algunos llegan más fuert
retumbaban en el pecho, calientes e imparables. La habitación se arremolinaba a mi alrededor: su perfume, las hierbas, el
--
z más. La madera estaba fría bajo mis pies descalz
á del eco de mi respiración, más allá de
ndieron. La fuerza que me había mantenido en pie desapareció, y
orteza áspera como si fuera lo único que me mantenía en pie. El aire nocturno se sentía más frío, más pesado. Mi cuerpo finalmente cedió, tembla
los
s pidiera, revolviéndose el estómago. Mis dedos apretaro
no
aphina en el b
hacia el de ella. Sujetándola en su lugar c
d en su voz
Seraphina reía y sonreía
ugar, como siempre. La manada se abrió para ellos. Mi trasero se quedó clavado en el suelo. El mundo
latido de mi corazón golpeaba mis costillas como algo enjaulado. Un sonido roto escapó de mi garganta antes de que pudiera detenerlo, y
n rabia, pero s
s a abrir, escudriñe
es se ha
las borrosas eran la única prueba de que habían estado allí. Nadie me buscaba. Na
ajo mis uñas. Acojo con agrado el dolor en mis manos. Era sólido. Real. La arenil
s temblaron, la palabra apenas se escapaba como
como si fueran a romperse si
a la ga
mordí el labio inferior, dando un paso tembloroso tras otro. La palabra me daba vueltas, pero no
aba res
e nuevo, en mi cara, para asegurarme de q
que actuó así conmigo. Lo ace
vuelta
e extendía ante mí, iluminado por faroles ceremoniales que se difuminaban entre mis lágrimas. Mi vestido se
s ceremoniales, pero estaba en silencio. Delante, los ecos d
--
rtada. Las pesadas puertas se abrieron de par en par, golpeándose cont
me d
. Yo era Aurora Vale. La elegida del Alfa, al menos lo había sido. Sus manos permanecieron a los costad
ue si me hubieran
aire me oprimía la piel, cargado de autoridad y expectación. Se me hizo un nudo en el es
ó el paso
on antiguos símbolos de dominio y autoridad. La luz se derramaba bajo
a mano al alc
uertas de
n. Mis ojos recorrieron el lugar rápidamente, escudr
una persona
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