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do de un gris opresivo, un reflejo perfecto del alivio helado que sentía en su propio pecho. No había alegría, ni música nupcial, ni el aroma de las flores frescas que suele acompa
moción, sino de un frío que parecía haberse filtrado hasta sus huesos. Se encontraba al final de un pasillo improvisado, flanqueada por las miradas juzgadora
asillo, esperándo
de negocios con una sonrisa despiadada y magnética. Ahora, esa sonrisa había sido reemplazada por una máscara de mármol, una expresión de vacío que te helaba la sangre. Sus ojos grises, antes tan penetrantes que podían desnudertido en la moneda de cambio para pagar sus deudas, en la "sirvienta" que cuidaría al "monstruo" ciego. "Hazlo por tu padre, Elena", le había susurrado su madrastra con una
omo una estatua de hielo, su única conexión con el mundo que lo rodeaba era la información que le proporcionaba el tacto y el oído. Elena sabía que él la odia
ón que si estuviera leyendo un contrato de arrendamiento. No hubo votos personalizados, ni miradas cómplices, ni la promesa de un futuro junt
el rugido constante de la lluvia. Era el momento del beso, el símbolo que sella una unión. Elena sintió
ente hacia ella. A pesar de las gafas oscuras, Elena sintió la intensidad de su desprec
crueldad que le atravesó el alma-. No te hagas ilusiones, Elena. No eres mi esposa. No eres nada más
eunir se desmoronó por completo. Las lágrimas que había estado conteniendo amenazaron con desbord
ia. El sonido de la lluvia se volvió ensordecedor, un recordatorio constante de la tormenta que acababa de comenzar en su vida.
zo de su nombre era un clavo más en el ataúd de su propia libertad. La bo
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