ez en meses, la oscuridad que habitaba no parecía una prisión de pinchos, sino un refugio tibio. Recordó v
voz ronca, extendiendo
cómo una mano pequeña y firme se posaba sobre la suya, guiándola hacia un
mería que encontró en el cuarto de suministros y se había recogido el cabello en un moño
dedos rozaron los de ella y
io -masculló él, antes de beber-. ¿Por qué no hablas? ¿Acaso mi ab
ntemente, obedeció. El caldo estaba delicioso, con ese mismo toque casero que había sentido en la tortil
iéndose a Elena sin saber que la tenía delante. Elena cerró los ojos, tragándose el dolor de sus palabra
. Adrián se negaba a que los sirvientes varones lo ayudaran,
a, su mandíbula se tensó por l
ián se despojó de su camisa con dificultad, revelando un pecho firme pero marcado por las cicatrices del accidente automovilístico
su espalda con una delicadeza extrema. El contacto era eléctrico. Podía sentir cómo los
xponiendo su cuello. Elena pasó la esponja por su garganta, evitando mirar sus labios-. Tienes un nombr
, acarició la mejilla de ella. Elena contuvo la respiración, paralizada. Sus dedos
genuina que nunca le había mostrado a su esposa
l pudiera notar la humedad de las lágrimas en sus ojos. Tomó una
da. Estaba creando un vínculo peligroso. Adrián empezaba a confiar
de la "enfermera" aún flotaba en el aire. Por primera vez en mucho tiempo, el magnate ciego no deseaba estar sol
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