a luz inclemente de la luna llena, el altar de cuarzo blanco parecía brillar con una luz propia, ancestral y fría. Allí, en el centro de todas las miradas, el peso del
tuosidad del heredero de los Colmillos de Hierro era innegable; su postura era erguida, sus hombros anchos bloqueaban la luz de las hogueras, y su rostro, cincelad
la magia del plenilunio, reconociera el aroma de su pareja predestinada. Si no había vínculo mágico, el l
l guion de esta noche. La polí
etuvo fren
ó, extendiéndose por la explanada como una red seductora. Vanya no esperaba el milagro de un vínculo predestinado; esperaba el reclamo, la corona, el poder de ser la fut
sus labios marcados por cicatrices. Magnus, el padre de Elara, exh
uero oscuro, para tomar la de Vanya. Su exp
piel de Vanya, el movimiento d
fundo del pecho del futuro Alfa. No era un sonido humano. Era su lobo. La bestia interior de Caleb estaba ara
endo el ceño, su sonrisa vacila
mano de Vanya, comenzaron a temblar con violencia. La magia del plenilunio no obedece a las ambi
llamas de las hogueras danzaran enloquecidas. La densa capa de nubes que había oscurecido el cielo se rompió por
nó a
ue brusco, instintivo, carente de cualquier gracia aristocráti
ra brillaban con un dorado cegador, vibrante y feral. Cuando la mirada d
etáfora. Fue un estall
constante de la multitud, el frío cortante del viento, el escozor del vino rancio en su piel... todo desapareció. El jardín, las
ongeladas y reviviendo cada nervio de su cuerpo. El vínculo, que en el banquete había sido un leve tirón, ah
el aroma gol
del Alfa fue algo tan puro que lo hizo tambalearse: olía a polvo de estrellas, a lluvia de verano sobre piedras de río y a un sutil t
nta protectora. Su lobo interior, esa criatura que todos creían dormida, defectuosa o muert
llá de su propia voluntad, Caleb di
do su voz por primera vez. Trató de agarrarlo del
ferior. Miró a Vanya con una hostilidad tan cruda que la loba dominante tuvo que retroceder, levantando las manos en un gesto
o colectivo. El Alfa Thorne se puso en pie de un sa
o le importaban los tratados. Estaba comple
la mirada. A pesar de los harapos destrozados, a pesar de estar manchada y humillada, bajo la
in dudar, y rozó con sus gruesos n
cerró los ojos, inclinándose instintivamente hacia el calor de su palma. Era el primer toque de genuino afecto y pertenencia que había e
posa, la voz de un hombre cuya alma acaba de
dible, abriendo sus ojos grises, que ahora brill
que Elara había soñado. Sus ojos reflejaban asombro, posesividad y una devoción fiera. Su lobo estaba listo para arrodillars
rece para siempre, y la polí
ha de guerra estrellándose contra un escudo. No era una llamada; era una o
rompió
e contra el ámbar racional de su lado humano. Retiró la mano de la mejilla de Elar
a morderle los huesos, esta vez mil veces peor, po
albuceó Caleb, mir
futuro Alfa. Vio a los cientos de guerreros de los Colmillos de Hierro mirándolo con confusión y desdén. Vio al
bajó la vist
so. Vio el vestido de lino rasgado, la enagua gris sucia, el vino barato teñiendo de púrpura su piel pálida,
ición de su cargo, calculaba los daños. Si la elegía, sería el fin de la alianza. Su manada lo co
da, célula por célula, por el miedo y el orgullo. El lobo de Caleb aullaba
temblorosa hacia él, aferrándose al hilo invi
hielo impenetrable. Enderezó la espalda, giró sobre sus talones y le dio la espalda a Elara, dejándola sola bajo la implacable luz de la luna,
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