ando su copa de cristal contra la mía justo en el preciso instante en que un estallido ensordecedor destroza los vitrales del gran salón de
con violencia en mi pecho mientras veo cómo el caos se apodera del lugar, puesto que tres hombres encapuchados y
rama él con el rostro desfigurado por un terror cobarde, soltando mi mano con brusquedad para correr desespe
ake, quien aparece de la nada derribando la mesa de madera maciza con un solo movimiento de su brazo para usarla c
ondo con la respiración entrecortada, aferrándome al chaleco táctico de mi guardaespalda mientras observo la asombrosa frialdad con
ue sea lo último que haga –determina él, disparando tres veces consecutivas con una puntería quirúrgica que neutral
inada por la destreza y la letalidad de sus movimientos, ya que esquiva los proyectiles con una calma sobrenatural que bo
rvicio –me ordena con tono firme, cubriendo mi cuerpo con el suyo mientras avanzamos por el pasillo oscuro, disparando
udad en cuestión de segundos, dejando atrás las sirenas de la policía y el desastre de la gala benéfica. El silencio que se instala en la cabina es denso, electrizante,
mbos –le indico, limpiando un rastro de polvo de mi traje sastre mientras mi mente trabaja a mil revoluciones por minuto. – Jean Paul está completa
ta –responde él con su habitual tono monocorde, manteniendo los ojos fijos en el asfalto mientras maniobra con destreza entre el tráfico nocturn
cómo sus manos se tensan levemente sobre el volante de cuero. – El puesto de esposo por contrato que le ofrecí a ese imbécil está vacan
se puede cortar con un cuchillo. Cuando entramos al gran vestíbulo de mi mansión, cierro las puertas dobles con l
go, caminando hacia la barra del bar para servirme dos tragos de whisky puro antes de ofrecerle uno. – Te ofrezco un matrimonio de conveniencia por dos
ccesorio de lujo para sus juegos de poder familiares –contesta él, dejando el vaso intacto sobre la mesa auxiliar con un gesto de rechazo que
e no se doblega ante Albert Vance –le replico, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a pocos centímetros de su mirada
mantener mi integridad intacta –insiste él, cruzando los brazos sobre su amplio pecho en una postura de absoluta
leto –le digo, cambiando de estrategia con una sonrisa astuta mientras saco una carpeta médica confidencial que guardaba en mi caja fuerte. – Sé todo sobre la condició
uardaespalda se agriete por primera vez en dos años, revelando una mi
es que ni siquiera mi jefa tiene derecho a cruzar –advierte él con una voz que desciende a un
e Ginebra –le propongo con firmeza, sosteniéndole la mirada con una determinación implacable. – Pagaré los mejores especialistas del mundo, compraré los medicamentos que no se consigu
se tornan blancos por la presión de la indecisión. Puedo ver el conflicto interno que lo desgarra, la lucha entre su orgullo profesional y e
/0/24117/coverbig.jpg?v=1a438ddc9ab93a91e416c317dbeae1c6&imageMogr2/format/webp)