a vez, señor -murmuró ell
obre los informes técnicos del rey Filippo. Yo
se en el sofá de cuero y observándola con una fij
ue piensas cuando no est
ponente del alfa. Tenerlo tan cerca, escuchando
ar. «¿Qué mujer no caería ante él?», pensó ella. «Es bello, poderoso y ti
pondió finalmente, recob
iocho. Nunca me he casado; mi vida ha sido, por elección o destino, el serv
us ojos brillaron con una mezcla
sonrió con una picardía que
bres de este continente deben estar ciego
Me avergüenza admitir que nunca me
ompió la pesada tensión acumulada del día. El vino había
za -bromeó ella con una valentía repentina, logrando que Dianco rier
ada. Safari habló de sus anécdotas de infancia y
ino y Dianco, con un gesto
de Dianco de silenciar el ruido de su alma atormenta
tando el espacio hasta que pudo sentir el calor que eman
nida, un tanteo suave de labios, pero que
ndo la suavidad de su piel como un
ndose de las vestiduras con manos ávidas, sin decir una sola palabra, dej
cho, el encuentro se tor
desesperadamente un ancla en medio de la tormenta, p
de su cuello hasta la suavidad de sus caderas, como si estuvie
aricia con una entrega que nacía de años de admiración sile
inas dorsales. Dianco se perdió en ella, buscando en su calor el o
herido; cada caricia de ella le recordaba que s
estigo de tantas decisiones de estado, transformando un lugar
mirándolo a los ojos mientras él segu
ostraba en la intimidad la dejaron sin aliento. Vio en él al r
mental volvió a golpear la mente de Dianc
a conexión con un muro de acero infranqueable, negándose a permitir que esa s
to de gratitud silenciosa, y se levantó pa
ianco salió envuelto en
revuelto y la mirada brillante por la satisfacción, le tendió la mano y
zura que le vibró en el pecho, guiándola
jo el agua, Dianco se s
, el recuerdo de Aurora volvió a cruzar su
, luciendo una bata de repuesto y con la piel radiante y sonrosada por el vapor, el
, y se acercó a ella. La rodeó con sus brazos po
d deliberada que buscaba prolongar la noche
er la bata de ella una vez más. El fuego volvió a encenderse en
había la urgencia del hambre inicia
u piel oscura contra sus sábanas y la
e de piel y deseo, buscando en ella no solo placer, sino el olv
ontacto, cada suspiro y cada roce, hasta que sus cuerp
ilencio volvió a reinar, Dianco le dio un beso final en la
un día largo y el Consejo no p
u habitación, caminando con u
cho, sintiendo todavía el calor del Alfa en su cuerpo y el aroma de su piel
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