ras toda una vida recorriendo sus senderos. Pero conocer el bosque, le repetía sin cesar Kaerón, no era lo mismo
del valle emprendían solo una vez al año, en el linde de las tierras que se decían sagradas, aquellas donde no se aventuraba nadie sin pedir perdón a cada paso. Era un honor
do Kaerón antes de partir. Estás aquí para m
go en su mirada decía ya que
e su hijo jamás le había visto - largas horas inmóviles, casi una oración silenciosa dirigida al bosque mismo, antes siquiera de pensar en tensar su arco. Arán, agazapado tras
bajo el pie de Arán - un gesto involuntario, casi nada, el peso de un cuerpo que se había movido un cent
iguió fue peor qu
como si todavía pudiera verlo allí. Luego se volvió hacia su hijo, y lo que Arán leyó en su
a, dijo Kaerón. No es p
ndió Arán, la voz apretada. Podría h
ce. Entramos porque Él nos lo permite. El día en que caces para demostrar algo en lugar de para alimentar a
la humillación aún desconocida hasta entonces, y siguió
ado en él - una resolución silenciosa, casi una herida que llevaba sin most
io aliento, a acallar hasta el latido de su corazón, a volverse, se decía ya de él en el pueblo, más silencioso que el bos
eva: ya no la alegría de un niño dotado, sino la determinación fría de algui
z del fuego, mucho después de que todos los demás niños del p
o está molesto
sin levantar la vista. N
a en el fondo del pecho - pues, por más que buscara, no encontraba en la mirada de su hijo
se detendría jamás mientras no hubiera demostrado que ningún bosque
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