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. La lluvia fina caía con la cadencia de un metrónomo sobre los tejados labrados y las agujas de piedra que desafiaban el cielo gris. En el corazón
olvía la imagen de una mujer joven, de tez pálida como el mármol y una melena ondulada del color del fuego ardiente que caía en c
rma temblorosa en el fondo. Su familia había huido en la oscuridad de la madrugada, dejando atrás la mansión embargada y una deuda de juego que superaba cualquier fortuna ordinaria. Lo peor de todo no era la
blindados se detuvieron frente a la escalinata principal. Chiara no se movió. Sabía que huir era una ilusión in
ncia. Entraron tres hombres vestidos con trajes oscuros impecables, pero
de hombros anchos y rasgos esculpidos con una severidad casi aristocrática. Su cabello oscuro peinado hacia atrás y sus ojos de un azul helado contrastaba
habló Alessandro. Su voz era un susurro grave, profundo y a
da. No estaba dispuesta a mostrar el menor atisbo de
el silencio de este lugar, se ha marchado -respondió ella c
seductor peligroso. Avanzó lentamente hacia ella hasta quedar a apenas un metro de distancia. El perfume de él -una me
co-. Sé que abordó un barco hacia el sur a las tres de la mañana. Lo que su padre parece haber olvidado es que las deuda
vendió hasta las joyas de mi madre antes de escapar. Si busca oro o propiedad
s, sino la de un coleccionista de arte evaluando una pieza invaluable. Recorrió el contorno de su rostro, el destel
tó él, dando un paso más hacia ella y reduciendo el espacio entre ambos a un suspiro-. Lo que yo valoro es el talento, la
desconcertada por el r
a. Sé cómo funcionan las finanzas, pero dudo que
matemática para gestionar la logística que no aparece en los libros oficiales -explicó Alessandro, extendiendo una mano envuelta en un guante de piel negra hacia la carta de deud
da? -preguntó el
ba de su cuerpo-. Vivirá en mi residencia. Gestionará mi agenda, revisará las cuentas secretas de mis ope
dida al mejor postor por los acreedores secundarios de su padre. Sin embargo, ent
-desafió ella en
Su aliento cálido rozó la piel de su cuello, pr
fiere el peligro de mi mundo antes que la mediocridad de la pobreza. Además... no s
ra violentamente. No era solo miedo lo que sentía; era una atracción oscura, una fascinación
ssandro, haciendo un gesto a sus hombres para que esperaran fuera-. El car
pero mientras contemplaba la lluvia golpear los cristales góticos de la mansión, una chispa de determinación se encendió en su pecho. Si iba a entrar en el submundo de la mafia y la alta sociedad corru
ierta del automóvil, ofreciéndole la mano con una galantería impecable que parecía pertenecer a otra época. Ella aceptó su toque; sus dedos enguant
o y adentrándose en el corazón latente de Veridia, donde los cas
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