e vista
as, descubrí que toda la planta estaba re
detalles como si conocieran al hombre de toda la vida, cu
y bajó la voz, como si estuvier
a su lado antes de que cualquiera de
é una lev
ece un privilegio estar al lado del alfa, d
as manos y neg
resencia... Las lobas como nosotras no podemos acercarnos as
epartamento, entró con paso decidido y dio una palmada para llamar nuestra atención-
después, son
o frente a mí, rodeado p
linación de cabeza. Escuchó el breve resumen que Lucy le dio sobre
ucy, que por lo general mantenía una compostura impecable,
ían era la misma: ¿un alfa tan in
hé sin d
ieran qué nombre figuraba en la licencia matrimonial del alfa. Ju
e me despell
nervios y el temor. No recogí mis cosas hast
Pero ¿cómo iba a enfrentar
ente, no
era regresar a ese apartamento. Al lu
a. Apenas pasab
Necesitaba espacio para pensar en nosotros y en lo q
esquina para comprar verduras y carne. Por grande que fuer
rio y llevé las
nte lejos de los asc
extraño y, al mismo tiempo, a
smo. Desde el otro extremo del vestíbulo, parecía menos un hombre
cercarme, esforzándome por s
M
ión no cambió al verme. Seguía igual
queña sonrisa y m
había dicho más de un puñado de frases seguidas. El resto del
Encontrar alguna forma de acercarme a él.
rdad sobre su identidad. Eso hacía que a
una mano hacia mí. Por puro instinto, retroce
var eso -di
ción. Sencillamente, tomó las bolsas de m
me subió
as compras y yo ya había dejado vola
como si no pesara absolutamente nada. Antes de que pudi
r y no intercambiamos una sol
bolso, me quité el abrigo y me
ngas que hacer. Yo me
aci
gereza, casi c
que darme l
el gesto me salió más to
el uno alrededor del otro como dos desconocidos
ido era lo más natural. Pero Cassian me hablaba con tanta cautela
r de por medio no debería sen
entré en la cocina y comencé a lavar las verduras
lo del ojo una figura alta apostada en l
esita
una loba solitaria, sin la protección legal de ningu
de siempre. Sin embargo, si se prestaba atención, podía percibi
arecía
rante unos la
na loba vinculada a la manada de otro alfa no era alg
er un escudo de verdad. Mantenerme lejo
da más que aquella seguridad silenciosa, y él
pondí-.
u rostro. Satisfacción,
peleo. Nuestra manada se llama m
a Silv
antes de eso me habían tratado como a una extraña: una loba sin
me resultó familiar, no le
ón que necesitaba. Con eso bastaba. No necesitaba sa
a la cocina mientras e
jores cortes de carne, hierbas frescas y prepararía al
cer. Lo mínimo que podía hacer era alimentarlo bi
matrimonio funci
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