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Ver la foto de mi madre era un recordatorio de cómo la vida cambia en un segundo.
Ser un capitán, un Caporegime, de la mafia no era lo que pensaba ser desde niño, según la tradición y lo que se me inculcó, mi futuro sería dirigir la Cosa Nostra en todo el territorio americano, pero un atentado destruyó todo lo que alguna vez imaginé para mí.
En un soplido que me dejó sin más.
Alguien ordenó atacar la caravana de autos en los que mi familia se trasladaba fuera de la ciudad para ir a una boda de uno de los capitanes de mi padre. Era apenas un niño de diez años, uno que había comido demasiados dulces en Halloween como para que le diese dolor de barriga, se sintiese terriblemente mal y se quedase en la cama al cuidado de su sorellina, su niñera, mientras sus padres se veían obligados a cumplir con los compromisos por el rol de Don, de capo, que tenía establecido el jefe de mi familia. Él tenía que avalar la unión sí o sí.
Esa noche me dejó huérfano y despertó el deseo de venganza.
Al diablo se fueron las implicaciones de mi futuro, lo único que quería era sangre, así que cuando mi tío, el sottocapo de mi padre, su mano derecha militar y el subjefe de la familia, tomó el poder y me metió en sus filas, decidí convertirme en una máquina de matar, en un artilugio capaz de hacer caer a cualquiera, en un asesino desalmado que todos debían temer.
Dejé la foto de la única mujer que me dio cariño sincero sobre la repisa de mi espacio sagrado y le di un trago hondo a la botella de bourbon que tenía en la otra mano. Suspiré cansado, harto de que se me limitase la información relacionada con lo que ocurrió ese día de la boda. Así que cerré la puerta del sótano de mi edificio, y fui directo a la parte superior en donde se encontraba mi espacio, uno que no pisaban los hombres a mi mando.
Lo que era lo más inteligente que podían hacer si no querían una bala entre ceja y ceja.
Fui directo a mi habitación y puse la botella sobre la mesita de noche, listo para intentar dormir en la comodidad de mi cama cuando mi teléfono seguro, ese que usaba para la comunicación esencial y confidencial, sonó.
Era mi capo desde Nueva York, y a esa hora, no era nada bueno.
—¿Qué sucede? —pregunté directo al punto.
—Tenemos un serio y grave problema, uno que necesito que resuelvas cuanto antes, Dante, el beso de la muerte llegará para uno de los nuestros —indicó con su voz más desesperada, una que muy poco le escuchaba, solo cuando estaba al borde de perdón su temperamento, lo que decía mucho de un hombre ecuánime como él—. Necesito tus habilidades de ejecutor, así como una búsqueda limpia de unos documentos incriminatorios. Tenemos un traidor…
La palabra retumbó con fuerza en mi cerebro, a tal punto que apreté los puños, listo para la acción. Me encantaba deshacerme de los que nos traicionaban.
—¿Quién es?
—Es uno de los contadores que mi Consigliere usaba, un cassetto que tiene todos los datos sobre movimientos que, de salir a la luz, terminarían siendo una bomba de tiempo para la organización. En estos se habla de todos nuestros negocios, y cuando digo todo Dante, son todos los que tenemos en la costa Este, el territorio que dominamos —explicó y entendí de dónde venía el desquicio velado en su tono de voz: nada podía caer en malas malos ni por error.
Un hombre moriría esa noche, no cabía duda.
—Dame toda la información, me haré cargo de inmediato.
—Tienes que recuperar los documentos, Dante, son vitales, son muy importantes para todos nosotros… Y mantén la discreción, no seas tan gráfico —ordenó.
—Lo haré.
Colgué y fui directo a ponerme algo práctico y cómodo; para cuando me puse mis zapatos deportivos negros, mi capo había enviado toda la información sobre el hombre: fotografías, automóvil, edad, sitios que frecuentaba, así como la dirección, familiares con los que viví y distribución del sitio. Un resumen que me tomé unos minutos de analizar, grabar y desentrañar. Lo más notoria era que el traidor vivía en mi zona, en Nueva Jersey, lo que hacía que todo fuese un asunto mucho más ligado para que impartiese justicia con creces.
Cuando salí de mi área privada para caminar hacia el pasaje que me llevaba directo al centro de operaciones y casino en el que congregaba a mis hombres, fui directo para hablar con Dominico, mi soldato de confianza.
—Tengo que hacer algo —le dije y giró de verme inmediatamente, el hombre era un poco más alto que yo, con una gran cicatriz en la ceja y de aspecto intimidante, no obstante, era un perfecto soldato y capodecina que cualquiera en el submundo desearía tener—. Activa el protocolo de misiones, y encárgate por unas horas de todo.
—¿No necesita ayuda señor? —preguntó sin miedo.
—Es algo que tengo que resolver yo mismo, así que haz lo que te ordeno y si tienes que tirar las correas de alguien para que se comporten, hazlo. Eres mi ojos y oídos, así que tienes que estar pendiente de tu teléfono en caso de que algo pase —le indiqué y asintió con seriedad—. Tomaré tu moto.
No me gustaba perder el tiempo con nadie.
Por eso fui directo a la motocicleta que resultaba ser rápida, silenciosa y un método de escape rápido. La encendí, revisé que todo estuviese en marcha y miré la dirección que mi tío envió por mensaje. Quedaba en una zona residencial privada al norte de la ciudad. Me puse un pasamontaña debajo del casco, abrí las compuertas, luego salí con calma, enfocado en la misión que tenía por delante, así que no duré más de la media hora recorriendo las calles.
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