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Basailk Gormu hace descender gradualmente su nave, hasta posarse justo al borde de los acantilados, cerca de donde rompen y espuman sus rizos las olas de un océano color rojo granate. No muy lejos de allí, una pandilla de chicos requemados por el sol alborota la mañana, entretenidos en sus juegos.
La pequeña Isthar, con su forma de octaedro, atrae la atención de los pequeños, que en un instante llegan y le rodean plenos de curiosidad. Gormu salta fuera de la escotilla y les hace un gesto cómplice, con el índice sobre los labios y estos, por suerte, establecen silencio y solo se limitan a observar.
Chasquea los dedos y la arena en torno a él se levanta, se arremolina y enseguida cae progresivamente, formando un montículo bajo el cual queda oculta la nave . Luego se sacude las manos, arregla su túnica y comienza a escalar el muro rocoso del acantilado. Un minuto después, se asoma al paisaje de un extenso y caliginoso desierto, que parece ondular sus alcores hasta el infinito.
Las tiendas del campamento beduino retrotraen gratos recuerdos, que giran como torbellinos en la mente de Gormu.
– Hay felicidad aquí–masculla para su coleto. .
Sacude sus manos, satisfecho y avanza por la arena, que, gratamente cálida, le cosquillea entre los dedos de los pies.
«Hay felicidad aquí», vuelve a murmurar para sus adentros. Se esfuerza en creer que ya cesaron los peligros; intenta tozudamente ignorar la sombra de duda que le persigue.
La majestuosa tienda de Samul y Nohemí aparece resguardada entre palmeras atiborradas de dátiles. Gormu va tirar de la campanilla de la entrada, pero detiene el gesto y voltea a ver de nuevo las distancias. La desolada extensión que se encrespa hacia el horizonte infinito y aquel mar como sangre le dan la ilusión de un paraje recóndito y desconocido de otra Galaxia. Como regresar a la profundidad de un tiempo, que solo existe tras los velos de su mente.
– ¡Almirante Basailk Gormu!
Inconfundible es la voz atronadora a sus espaldas. Al voltear, ve a un sujeto de luengas vestiduras y turbante blanco entre las cortinillas de la entrada. El hombre le sonríe con ojos entrecerrados y avanza hacia él.
– ¡Sin dudas querías sorprenderme! –rezonga– Es un milagro. Demasiados años…no habías vuelto a salvar estas distancias…
El abrazo impetuoso da la impresión que llevan largo tiempo sin verse. Pero se ha encontrado hace apenas dos días con Samul en casa de Xena, en el habitual banquete de amigos de cada semana. Donde, por cierto, y por desdicha, la propia anfitriona Xena ha estado ausente.
Lo real es que, por diversas causales, Gormu lleva veinte años sin poner los pies en la tienda de Samul, quien compone una parte insustituible de su historia personal. Porque se ha hecho costumbre que siempre sea Samul quien los visite.
– ¿Tan fácil te ha sido reconocerme? –se lamenta Gormu–Entonces todo mi es esfuerzo por cambiar fue en vano.
–Te sorprendí mirando las lejanías amigo. ¿Quién sino tú podría extasiarse con este aburrido paisaje? Pero tu apariencia es avasalladora, lo digo con franqueza, sin dudas ella no se te resistirá…–Samul se detiene, se le acerca para hablarle al oído y baja la voz hasta el susurro.
–Te cuento que Nohemí ya no está por acá–advierte y le guiña un ojo pícaramente–Nueva inquilina en la casa.
–Me gusta estar de regreso–proclama en voz alta el Almirante, disimulando lo que acaba de oír.
Samul suelta una sonora carcajada, mientras lo acompaña adentro.
Las cortinas dan paso a una amplia estancia pavimentada de alfombras y saturada con aromas orientales. Se escucha música de laúdes y tamboriles. En los regios tapices fluyen panoramas en movimiento. En ese minuto muestra un curo de muchachas bailando raks sharki. Sus vientres sudorosos convulsionan al ritmo de los tamboriles.
–Bienvenido a mi humilde choza–tercia Samul– Vaya que te ves radiante. Juro que la próxima vez que renueve, voy a copiar ese estilo en todos los detalles.
El Almirante sonríe de la ocurrencia. Samul nada tiene que envidiarle, de cierto. Es un vigoroso mozalbete de unos cien kilos de peso y estatura superior al promedio. Exhibe un fenotipo midráxtico, de incisivas líneas en el rostro, ojos redondos y cabello castaño entorchado como nidos de gorrión. Lo remata una barba mediana, entre platinada y castaño oscuro. Sus ojos, de pupilas rojizas y párpados siempre entrecerrados por el exceso de luz del país, suelen expandirse como platos al estar a la sombra.
Gormu no puede esperar para comentarle a Samul sus temores respecto a cierto personaje, el cual ni siquiera se atreve a nombrar.
–Es un genio del mal–comenta– ¿Qué se puede esperar de él? Podría haberle hecho daño a Xena, mantenerla retenida.
–Bien sabes que eso es imposible…–le calma Samul– además, no lo creo capaz, el hombre se ha reformado.
– Ya no digas nada. El malo sigue siendo malo, son cosas del égom.
–Eso es muy prejuicioso… ¿De qué siglo vienes amigo? ¿Qué si ella se enamoró de él? Es perfectamente posible. Deja que se amen en libertad.
–Nada de amores– refuta Gormu– La conozco hace tanto como el tiempo que he estado sin volver aquí. Él la hipnotizó. Tiene ese don. Ha vuelto a sus andadas. Pudiéramos estar en peligro, te advierto…–Gormu hace una pausa– Me ha parecido verlo.
– ¿Lo has visto? No bromees, ahora está fuera de la vista del mundo. Tiene cláusula de privacidad.
–Es hábil. Creo que rondaba por mi casa, ayer.
– ¿La casa a la que te que acabas de mudar? ¡No! Son imaginaciones tuyas – le previene Samul– No creas los comentarios de los ignorantes. El hombre no es mago ni brujo. No puede pasar desapercibido.
–Es hábil. –repite Gormu, como una letanía.
Samul se encoge de hombros, luego sonríe.
–Mira, la gente ya lo aclamó como un héroe, lo subieron al pedestal de la gloria y el hombre no se va a querer bajar de allí, a no ser que sea un verdadero imbécil.
Samul voltea el rostro y silba por lo bajo; en respuesta llegan hasta ellos unos divanes levitantes, que se inclinan invitándolos a subir. Ya acomodados en ellos, se trasladan en suave vuelo por los recovecos y anexos interiores de la tienda. Llega también al vuelo una bandeja con frutas y burbujas llenas de néctar de dátiles para agasajar al recién llegado.
Samul, a intervalos, lamenta que su amigo no pueda desterrar la tristeza de su semblante. La languidez en su mirada y la desazón de sus movimientos le resultan preocupantes.
–Serán los años de esta larga vida–se justifica Gormu– que ya pesan.
–No amigo, son tus temores. Te han enfermado.
Sentados frente a frente en medio del salón, prestan atención a Síbil, la asistente cibernética, que reproduce en vívidos hologramas los momentos de la última visita de Gormu. Después de esos instantes de remembranza se impone el silencio, mientras el Almirante sonríe y mueve un poco la cabeza, en muestra de beneplácito.
Periódicamente las paredes de la tienda se transparentan. Entonces se hace visible el jardín y un cerco de arbustos de naranjo, igualmente rebosados de frutas. Por el lado del fondo sale un senderillo forma en tortuosa hendidura que se prolonga hasta la costa, a unos cien pasos de distancia.
–Hay felicidad en este lugar. –repite Gormu, ahora en tono vibrante– Ellos al menos, –apunta a los muchachos que juegan en la cercana playa –no tienen un pasado tortuoso atenazándoles el recuerdo.
La pared se hace opaca de nuevo y vuelve la música de laúdes y tamboriles. Las muchachas continúan danzando por los tapices en derredor cual si pretendieran sumar gente a su coro. Los olores del salitre marino y del humo proveniente de las carnes asadas a la parrilla saturan gratamente el ambiente.
–Nada ha cambiado en estos años– reconoce Gormu, pero enseguida se palmea en la frente ¿No vas a llamar a la nueva anfitriona y decirle que he venido? ¿Acaso se esconde de mí? –luego añade con suspicacia –Seguro que descansa de una intensa noche. Déjala.Tenemos, mi camarada, una larga conversación pendiente, necesito de ti, me urgen tus consejos.
–No, no, no–le refuta Samul– Nada de conversaciones. No hasta que yo regrese. Sabes que hoy es martes y tengo negocios que hacer.
–Pero ¿entonces…?
Gormu deja caer los hombros, resignado, pero de pronto se acuerda de algo y ahora es él quien susurra:
–Me cuesta creer lo de Nohemí. Sabes cuánto la quería yo. Vaya, qué lástima. Espero que la linda historia de amor de ustedes tenga una segunda parte. Pero no voy a entrometerme…
Mientras dice esto, Samul le hace una rápida indicación de callar y Gormu, obediente, detiene sus palabras. Una esbelta joven acaba de aparecer montada en un pedalillo. Desciende con gracia pizpireta frente a ellos y extiende la mano para saludar. Su rostro es una rara fusión de sensualidad y candidez, mientras luce unos ojos enormes y negros. Estos lo miran con azoramiento y a Gormu se le antojan soles que luchan por dispersar las nubes que les rodean. La muchacha, de pies menudos y descalzos, viste una túnica que le cae ajustada a las sinuosidades del cuerpo,
–Buen día, príncipe Almirante –así le saluda, con una pompa que a Gormu le parece graciosa, acompañándose de una leve reverencia– supe que usted llegaba y vine a conocerle… y a felicitarle por el cambio…tan acertado.
Atónito, el Almirante hace señas a Samul para que se explique.
–No te preocupes. Ya sabe de ti casi tanto como yo. –Samul se la presenta–Su nombre es Dwila.
Entretanto Gormu alarga también su diestra para tomar la mano que la muchacha le tiende. Se la retiene en la suya y le devuelve una torpe reverencia.
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