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Ese año, Silas Hudson, el magnate de Sangrilas, me recogió cuando andaba perdida y sin memoria. Y durante siete años seguidos, no hizo más que consentirme y mantenerme a su lado.
Todos decían que yo era el punto débil del príncipe de Sangrilas, y que nadie debía meterse conmigo.
Y corría la voz de que estaba a punto de casarse conmigo.
Poco antes, lo pillaron en el extranjero encargando un vestido cuajado de diamantes.
Hasta que un día bebí medio vaso de vino con una droga y acabé atontada.
Oí su voz rozándome el oído: "Llegado el momento, mete a Sandy Ramos en la cama de Charlie Schultz. A ver si es capaz de resistirse a ella.
Ponle la dosis completa en el trago; la que yo mismo he entrenado, que se la sude de barata".
Alguien le susurró: "¿Y no te duele? Sandy te ha seguido tanto tiempo".
"Con tal de que Kaitlin Ellis vea con sus propios ojos que Charlie no es ningún santo, hasta con diez Sandys pagaría".
De golpe recordé por qué me había recogido en aquel entonces.
...
Apenas me pasé el trago, ya me sentía como atontada.
Silas me llamó suave y repetidas veces, pero ni para contestar tenía fuerzas.
Tenía los párpados como plomo. Y los brazos y las piernas, hechos un trapo. Por dentro, la sangre y la piel me ardían. Pero la mente la tenía despejada. Tan lúcida para oír cada una de sus palabras, que me calaron hasta los huesos.
Cuánto tiempo sin oír el nombre de Kaitlin.
Hace muchos años, solo nos cruzamos un par de veces, así nomás. Siempre puso cara de pocos amigos.
Por más que Silas pusiera su mejor sonrisa para congraciarse, ella ni lo miraba en serio.
La última vez que la vi, se empeñó en salir del país, aunque todos se lo llevaban contado.
Desde el auto, miraba a Silas bajarse los calzones para rogarle.
"Mi reina, aquí puedes hacer lo que se te antoje, yo te cubro las espaldas. ¿Para qué irte tan lejos con él?".
Kaitlin andaba por los veinte y pico. Traía un caballete al hombro mientras hablaba con Silas. Le bailaba la impaciencia en esa cara tan linda.
"Donde caiga Charlie, allí estaré yo. Y a ti qué te importa".
Alzó la ceja y me echó un vistazo, y con una sonrisa de medio lado le dio un codazo en el hombro. Le sopló algo al oído y Silas, no le quedó de otra, agachó la mollera.
Después me fui dando cuenta de lo que le habría encargado a Silas. "Pinta de lujo. Tú me entiendes, Silas...".
De ahí en adelante, el segundo piso de la mansión de los Hudson fue tierra prohibida para todos. Solo yo podía andar por ahí como si nada.
La gente de afuera se moría por especular que era el cuarto de oro que Silas me tenía preparado, puro lujo y tesoros por todos lados.
En lo único que atinaron fue en que arriba había una cama de aquellas.
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