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Gabriela Haynes salió tambaleándose de la habitación 1205 del hotel antes del amanecer, con el cabello enmarañado y el labial corrido, sosteniendo los zapatos con los dedos entumecidos.
Justo antes del retiro corporativo, su mundo se había derrumbado: había sorprendido a su novio in fraganti con otra. Un corazón roto y dos tragos de tequila esa noche la hicieron acabar en el pasillo equivocado y meterse en la habitación equivocada.
Apenas cruzó la puerta, se encontró con un hombre en el interior. La joven intentó retroceder, pero las piernas le fallaron y terminó cayendo directamente en sus brazos.
El hombre se tensó por la sorpresa. Durante un instante, solo se oyó su murmullo sorprendido; luego, le inclinó suavemente el rostro y presionó sus labios contra los de ella.
Ella quiso apartarlo de un empujón, pero mientras los labios de él trazaban la línea de su mandíbula y su corazón firme latía con fuerza bajo sus palmas, el alcohol y la tristeza le nublaron los sentidos. Se fundió en su calor, incapaz de evitar que la voluntad se le escapara entre los dedos.
Para cuando él la sujetó con fuerza por la cintura y la penetró, todo se había salido de control.
...
Una vez terminada la aventura, el arrepentimiento golpeó a Gabriela como una ola aguda y despiadada. Salió tan sigilosamente como pudo, con los nervios a flor de piel.
Miró la brillante placa con el número de la puerta y se dio cuenta, con una sacudida, de que había pasado la noche en la habitación de Brenden Saunders. Él era el gerente general de su departamento.
Un suspiro escapó de los labios de Gabriela mientras el alivio la invadía.
Brenden tenía fama de mujeriego; su lista de exnovias podría llenar una pequeña guía telefónica. Una aventura de una noche con él no significaría nada; probablemente ni siquiera la recordaría, sobre todo porque la habitación había permanecido a oscuras. Ni siquiera le había visto bien la cara.
Decidió dejar atrás este episodio y actuar como si nada hubiera ocurrido entre ellos.
Para borrar cualquier rastro de su intimidad, volvió a su habitación y se metió bajo el chorro humeante de la ducha. Después, se puso un suéter de cuello alto que ocultara los chupetones que salpicaban su piel.
Apenas terminó de vestirse, su dramática compañera de trabajo, Aubrey Holt, comenzó a golpear la puerta. "¡Gabriela! ¡Abre! ¡Acaba de pasar algo increíble, date prisa!". A Gabriela se le aceleró el pulso y sintió un nudo de pánico en el estómago.
¿Sería posible que su noche con Brenden ya hubiera salido a la luz? Ni siquiera había amanecido todavía.
Brenden ocupaba un alto cargo en el Grupo Apex, mientras que ella no era más que una simple becaria, metida en un lío en el que nunca quiso verse envuelta.
Si se llegaba a saber, Brenden no perdería el sueño, pues ya tenía fama de ir detrás de las mujeres y dejaba un rastro de rumores por dondequiera que iba. Pero para ella, las consecuencias serían brutales. ¿Una becaria atreviéndose a enredarse con un alto ejecutivo? Su carrera estaría acabada antes de empezar.
Con las manos temblorosas, abrió la puerta.
Aubrey irrumpió en la habitación, casi dando saltos de emoción, ajena al rostro ceniciento de Gabriela y a sus movimientos rígidos y cohibidos.
"¡Date prisa! Tienes que venir conmigo. ¿A que no adivinas quién está aquí? ¡El galán de la empresa! ¡Ha venido el señor Moss!".
Así que era eso. Su secreto seguía a salvo, por ahora.
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