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—¿Por qué demonios estás aquí? —preguntó Fernando, viendo a Josefina llegar hasta él, con su hija de la mano, luego de haberle despertado al marcarle minutos atrás—. Dijiste que te harías cargo de ella por esta noche. .
—Es una emergencia —repitió la joven mujer lo que le hubiera dicho por teléfono minutos atrás que habló con él—, no puedo tener a Marifer conmigo en el hospital. Saúl se quedó con Said, pero necesito regresar ya. No quiero estar lejos de mi hijo cuando está enfermo.
Fernando se talló la cara con frustración. No se podía creer que estuviera compartiendo techo justo en ese momento con su hija y una desconocida mujer que se había topado en la boda de la hermana de uno de sus empleados, que también era su amigo.
—Estoy con alguien —informó Fernando y Josefina le miró con los ojos demasiado abiertos—. No puedo tenerla aquí. ¿Por qué no la llevaste con mamá?
—Porque no pensé que traerías a alguien a tu casa, maldito irresponsable. A esas se les lleva a un hotel —dijo la joven de cabello castaño claro con luces platinadas por toda la cabeza—. Cuando dijiste que estabas en tu casa pensé que estabas libre.
—Pues no lo estaba —respondió el hombre apartando la mirada de su furiosa hermana mayor.
Josefina había quedado con él en que, por esa noche, para que pudiera salir por un rato, cuidaría a su sobrina, pensando en que podría hacerlo, pero su pequeño hijo de también tres años se había afiebrado demasiado, así que no tuvo más opción que correr con él al hospital, y no podía cuidar a María Fernanda en semejante condición.
—Como sea, ya no puedo hacer más —dijo Josefina, con ganas de poder teletransportarse para llegar más pronto con su pequeño—. Deshazte de la mujer y cuida a Mari, ¿de acuerdo?
**
Una extraña sensación recorrió su cuerpo, fue como si un aire frío le hubiera acariciado por sobre la sábana que cubría su cuerpo; pensó en abrir los ojos, pero estaba demasiado cansada como para despertar, así que solo intentó hundirse de nuevo en ese sueño profundo en que había estado hasta que ese escalofrío, provocado porque el hombre a su lado se dejó la cama y la habitación, le recorrió.
Airam respiró profundo, creyendo que eso le ayudaría a volver a donde quería estar, pero un aroma peculiar y el sonido de unos sutiles sollozos le invitaron a abrir los ojos demasiado confundida.
Era de noche, aún, porque la oscuridad era evidente, y aun así pudo distinguir dos cosas: la luz que entraba por la rendija de la puerta entreabierta y una silueta pequeña que se sacudía sutilmente, razón de los sollozos que había escuchado.
La joven se incorporó en la cama, siendo en extremo cuidadosa de que esa sábana no dejara de cubrir su cuerpo desnudo, entonces, al paso de los segundos, luego de que sus ojos se acostumbraran a la falta de luz y de que su cerebro terminara de despertar, entendió la situación en que se encontraba.
La mujer, de apenas ciento sesenta centímetros de altura, de cabello castaño oscuro, largo y ondulado, de piel morena clara, ojos café claros, casi miel y de pestañas tan largas y tupidas que causaban la envidia de muchos, se puso en pie, envolviéndose en esa sábana que pudo tomar sin problemas, pues no la estaba compartiendo con nadie a pesar de recordar haberse quedado dormida sobre el pecho de un hombre cuyo rostro estaba borroso y del nombre no sabía nada.
—¿Estás bien? —preguntó Airam a la pequeña niña, de tal vez tres años, que lloraba bajito, de pie en mitad de la habitación mientras abrazaba un muñeco de felpa—. ¿Te duele algo?
—Pipi —musitó la pequeña hipeando, respondiendo a la pregunta que la joven se había hecho mientras aún medio dormía sobre el origen de ese peculiar olor.
Pero es que no había forma de estar segura de nada, luego del sexo los olores del ambiente suelen ser justo así, peculiares, y ella aún estaba medio dormida cuando lo percibió, así que no le dio importancia hasta que se enteró que la pequeña a quien intentaba atender se había orinado encima mientras la veía dormir.
—Está bien —dijo Airam, aún confundida tal vez por el sueño—, te ayudaré a limpiarte, ¿de acuerdo?
Y, tras verla asentir, habló de nuevo para esa niña que tampoco conocía, pero a la cuál no podía dejar sola.
» Traeré algo para limpiar, no te muevas —pidió y, luego de encaminarse a encender la luz de la habitación la recorrió levantando su propia ropa.
Entonces entró al baño, se vistió y tomó una toalla de las tres que estaban en una repisa, la desenvolvió y la humedeció con agua tibia para regresar a donde estaba la niña.
» ¿Puedes desvestirte sola? —preguntó, la pequeña asintió y Airam solicitó que le prestara su muñeco para que se pudiera mover con mayor libertad—. Te lo cuidaré para que te desvistas, lo pondré en ese sofá, ¿de acuerdo?
La pequeña asintió de nuevo, extendió el muñeco y la mujer que la atendía hizo lo que había prometido: poner a su muñeco en el sofá antes de regresar a ella y pedirle que se sacara los pantalones del pijama y el calzoncito mojado de orines.
Luego de que la pequeña estuviera sin ropa, Airam la comenzó a limpiar con la toalla húmeda y tibia, comenzando por la parte baja del abdomen y hasta llegar a sus pies, dejándola seca y algo limpia.
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