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Punto de vista de Raina
El cuerpo me dolía de una manera indescriptible y en lugares que ni siquiera sabía que existían. Tenía la piel pegajosa de sudor y los músculos aún me temblaban tras horas de parto.
La maternidad, en el breve tiempo que llevaba experimentándola, se sentía tan irreal que apenas podía creerlo. Aunque tuve nueve largos meses para prepararme mentalmente, nada podría haberme preparado para ese sentimiento.
'Soy madre', pensé. El corazón todavía me dolía mientras yacía en la cama del hospital, contemplando la que era, quizás, la mayor de mis proezas: mis gemelos recién nacidos.
El corazón se me llenó de alegría y orgullo al mirarlos: mi hermoso niño y mi preciosa niña, envueltos en mantas a mi lado. Pero esa alegría fue eclipsada por una inquietud con la que ya me había familiarizado a lo largo de los años.
A pesar del aire acondicionado, la habitación se sentía sofocante y una presencia aún más fría se cernía sobre mí: mi esposo. Ahí estaba él, con sus hombros anchos y su rostro apuesto e inexpresivo.
Estaba de pie, observándome como si yo fuera algo desechable, y quizás lo era. Yo acababa de traer al mundo a nuestros hijos, a nuestro futuro, y él ni siquiera era capaz de regalarme una sonrisa, ni una palabra de consuelo, ni siquiera un "estoy orgulloso de ti". Eso era lo único que anhelaba escuchar.
Contuve el aliento, esperando algo, cualquier cosa que rompiera el silencio. Sin embargo, lo que vino a continuación jamás me lo imaginé. Cuando se movió, no fue para cargar a nuestros hijos ni para pasar una mano por mi cabello con ternura. No. Todo lo contrario. Sin decir nada, arrojó un montón de papeles sobre mi regazo y me ordenó con voz fría y distante: "Fírmalos".
Tardé un momento en procesar sus palabras. Parpadeé, con la vista nublada por el agotamiento de haber traído al mundo a dos seres humanos. ¿Firmar qué? Entonces bajé la vista hacia los papeles y luego lo miré, confundida. "Lo siento, ¿qué...?".
"Los papeles del divorcio", me interrumpió con dureza.
Al escuchar eso, se me encogió el corazón y se me revolvió el estómago. ¿Qué?
"Ten", dijo con voz cortante mientras me lanzaba un bolígrafo. Se veía tan impaciente que daba la impresión de que todo eso le molestaba, como si no estuviera feliz de que sus hijos hubieran nacido.
"¿Qué...?". Se me cortó la respiración mientras volvía a mirar los papeles con incredulidad. ¿Qué estaba pasando? Literalmente, acababa de dar a luz a sus hijos. No podía estar hablando en serio. ¿De verdad quería divorciarse?
"No... entiendo. Acabo de dar a luz...".
"¡Y tienes suerte de que estos niños sean míos! Ordené que les hicieran una prueba de ADN apenas nacieron". Me quedé boquiabierta. "Si los resultados hubieran sido otros..., habría hecho tu vida y la de tu amante un infierno".
La conmoción fue tal que sentí náuseas. ¿Que hizo qué? ¿Mi amante? La acusación me cayó como una patada en el estómago. No entendía a qué se refería. Apenas podía respirar y el pulso me retumbaba en los oídos.
"Alex, ¿cuál...? ¿Cuál amante?". ¿De verdad creía que le había sido infiel? ¿Después de haberle demostrado cada segundo lo mucho que significaba para mí? "¿De qué estás hablando?".
"A mí no me engañas, Raina", soltó él, acercándose. "Ahora, fírmalos".
Las lágrimas me ardían en los ojos.
"¿Esto es una broma o qué?". ¡Tenía que serlo! "No sé de qué...".
"¡Ay, ya deja de fingir, Raina! Todos sabemos la verdad", dijo Vanessa, su hermana, dando un paso al frente desde una esquina de la habitación. Ni siquiera me había percatado de su presencia. "Así que haznos un puto favor y deja de fingir".
Mi mente era un torbellino en ese momento. Eso no podía estar pasando. Tenía que ser un sueño. ¿Acaso estaba en coma, viviendo mi peor pesadilla?
"No...", empecé, pero ella me arrojó un montón de fotografías. Algunas se desparramaron sobre la cama y otras se cayeron al suelo.
Con una mueca de dolor, me incorporé hasta sentarme y agarré una de las fotos con manos temblorosas. Me costaba ver a través de las lágrimas que empañaban mi visión, y respiraba agitadamente. "A... Alexander, escucha...".
"¡Basta!", gritó él, furioso, antes de que yo tuviera la oportunidad de ver las fotos. "¡Deja de hacerme perder el tiempo y firma los putos papeles, maldita zorra!".
¿Zorra? ¿Yo? ¿Su esposa? ¿Por qué me llamaba así? ¿Qué estaba pasando?
Sus palabras fueron como una puñalada en el corazón. Dios mío, ¿entonces hablaba en serio sobre... terminar con nuestro matrimonio?
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