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En una noche lluviosa, las luces de los rascacielos de Shanghái brillaban como joyas sobre el oscuro firmamento. Liang An, una joven de 22 años, ajustaba nerviosa los pliegues de su sencillo qipao blanco mientras se miraba al espejo del pequeño apartamento que compartía con su familia. A pesar de su juventud, sus ojos cargaban una madurez que la vida le había impuesto demasiado pronto.
-An, es tu deber -le susurró su madre mientras le colocaba un collar de jade al cuello-. No solo estás ayudando a nuestra familia, sino que también estás entrando a una de las familias más poderosas del país.
An apretó los labios, tragándose las palabras que quería decir. Esto no era lo que había soñado para su vida, pero sabía que no tenía opción. Su hermana mayor, Liang Mei, había sido originalmente la prometida de Qin Zeyan, el frío y distante CEO del imperio Qin Enterprises. Sin embargo, un escándalo inesperado había descalificado a Mei, y An fue arrastrada como sustituta. Era un acuerdo de negocios disfrazado de matrimonio, y ella solo era una pieza más en el tablero.
El matrimonio se llevó a cabo sin fanfarrias ni romanticismo. Qin Zeyan, un hombre de 30 años con una reputación de ser implacable tanto en los negocios como en su vida personal, no asistió a la ceremonia. En los meses que siguieron, An vivió como una sombra en la mansión Qin. No lo había visto ni una sola vez. Las habitaciones eran frías, los empleados distantes, y su única interacción era con su cuñada, Qin Ling, una mujer que hacía de su vida un infierno.
-Eres una vergüenza para esta familia, ¿sabes? -le espetó Ling un día, arrojándole una taza de té caliente que An apenas logró esquivar-. Mi hermano merece a alguien digno de él, no a una campesina inútil como tú.
An se quedó en silencio, limpiando el té derramado en el suelo. Había aprendido a no defenderse. Qin Ling era influyente y sabía que cualquier queja sería ignorada. Además, no quería crear problemas. Sabía que Zeyan no la respaldaría. Para él, ella no era más que una formalidad.
Esa noche, doce meses después de su matrimonio, An se encontraba en su habitación, terminando de bordar un pañuelo para enviar a su madre. De repente, el sonido de una puerta cerrándose de golpe la hizo sobresaltarse. Los pasos firmes y tambaleantes en el pasillo anunciaron la llegada de alguien inesperado.
La puerta se abrió de golpe, revelando a Qin Zeyan. Su camisa estaba desabrochada, y el aroma del alcohol llenó el aire. An nunca lo había visto antes en persona, pero las fotos no le hacían justicia. Su presencia era imponente, sus ojos oscuros cargados de algo que no pudo descifrar.
-¿Tú eres mi esposa, verdad? -preguntó, con una voz cargada de sarcasmo y amargura.
An retrocedió un paso, sorprendida por la intensidad en su mirada.
-Sí... soy Liang An -respondió en voz baja, su corazón latiendo con fuerza.
Zeyan cerró la puerta detrás de él, tambaleándose hacia ella. An no sabía qué hacer. Él nunca había mostrado interés en ella, pero esta vez parecía diferente. Su rostro era una mezcla de frustración y algo más oscuro que la asustaba.
-Doce meses, Liang An. Doce meses de este juego ridículo, y ni siquiera me molesté en mirarte. Pero eso cambia esta noche -declaró, acercándose peligrosamente.
An sintió un nudo en la garganta. Quiso hablar, detenerlo, pero las palabras se atascaron. Su cuerpo estaba inmóvil mientras él tomaba su rostro con una mano firme pero no violenta.
-A partir de ahora, no te ignoraré más. Quiero saber quién eres realmente, Liang An -dijo, su voz suave pero decidida.
Aunque sus palabras no eran agresivas, había algo en su tono que la hizo estremecer. Aquella noche marcaba el comienzo de algo que cambiaría sus vidas para siempre.
Liang An se quedó inmóvil, incapaz de procesar la situación. La cercanía de Qin Zeyan, su esposo, un hombre que había sido poco más que un fantasma en su vida durante el último año, la hacía sentir vulnerable. Su respiración olía a alcohol, pero sus ojos estaban fijos en los de ella, como si buscara algo que ni él mismo entendía.
-¿Por qué no dices nada? -preguntó Zeyan con una voz ronca, un destello de irritación en su mirada.
-No sé qué decir -murmuró An, bajando la cabeza. Su corazón latía con fuerza, y el miedo y la incertidumbre luchaban por dominarla.
Zeyan dejó escapar un suspiro pesado, soltando su agarre y tambaleándose hacia una silla cercana. Se dejó caer con un movimiento torpe, inclinándose hacia adelante con las manos en el cabello. Parecía más agotado que enfadado.
-Este matrimonio... este maldito acuerdo -dijo con amargura, más para sí mismo que para ella-. Doce meses y ni siquiera sé quién eres.
An se armó de valor para responder, aunque su voz era apenas un susurro.
-Fui elegida como reemplazo... sé que no esperabas nada de mí. Yo tampoco esperaba esto.
Zeyan alzó la cabeza y la miró fijamente, sus ojos oscuros perforándola. Había algo en su expresión que la hizo sentir que él veía más de lo que ella quería mostrar.
-¿Reemplazo? -repitió con un tono sarcástico-. Todos somos reemplazables en este mundo, Liang An. Incluyéndome. Pero dime, ¿por qué aceptaste? ¿Por qué decidiste venderte a esta vida?
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