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Punto de vista de Zarelle
Después de tres años casada con el alfa Calden Ashmoor, por fin había comprendido cuál era mi verdadero lugar. No era su luna. Era un banco de sangre con piernas.
«Clínica Oak. El estado de Thessaly está empeorando otra vez. Es necesario realizar el ritual del vínculo de sangre. Ya sabes cuál es tu deber. Ven ahora mismo».
Otro mensaje de Calden apareció en la pantalla de mi teléfono. Hubo un tiempo en que aquellas palabras me habrían destrozado. Ahora solo me dejaban el regusto amargo de la resignación.
Solo durante aquel ciclo lunar, me había arrastrado tres veces hasta la sala de tratamiento para entregar mi sangre y mi fuerza. Después de cada sesión quedaba vacía, temblando al borde del colapso.
¿Y a Calden? Nunca le había importado.
«¿Dónde demonios estás, Zarelle? Llegas tres minutos tarde. Thessaly no puede esperar».
En los tres años que llevaba siendo su esposa, jamás me había mostrado ni una pizca de la dulzura o la paciencia que reservaba para Thessaly.
Thessaly Ashmoor.
La mujer a la que Calden amaba. La misma que había elegido a su hermano por el título de luna y que, al final, se había quedado viuda.
«El pago ha aumentado a 100.000. Revisa tu cuenta».
Todavía creía que seguía a su lado por dinero. Que no era más que otra omega superficial.
«Zarelle Stormy, ¿qué demonios estabas haciendo? Tenías veinte minutos para presentarte ante el sanador. Un trato es un trato».
Un trato.
Así llamaba a nuestro matrimonio.
Nunca me había considerado digna de él. De no ser porque mi sangre mantenía con vida a su preciosa Thessaly, ni siquiera me habría dedicado una segunda mirada. Tres años de frialdad y silencios distantes me lo habían dejado dolorosamente claro.
Me recosté en el asiento del auto y cerré los ojos. Aún recordaba con absoluta nitidez la primera vez que vi a Calden Ashmoor.
Acababa de llegar sola a la ciudad cuando me vi envuelta en una colisión en cadena. El accidente casi puso a la ciudad de rodillas, pero Calden apareció a tiempo para evitar el desastre. Aquel día, el heroico alfa dejó una huella imborrable en mi corazón, aunque nunca imaginé que nuestros caminos volverían a cruzarse.
Hasta que entró en mi habitación del hospital mientras me vendaban las heridas.
-¿Quieres ser mi esposa?
Eso fue todo.
Y mi corazón, hasta entonces tranquilo y dormido, empezó a latir con una fuerza desconocida. Jamás había sentido algo así por ningún hombre. Por eso, cuando respondí «sí, acepto», las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera contenerlas.
Más tarde descubrí el precio oculto tras aquella propuesta.
Antes incluso de que nuestro matrimonio quedara registrado, conocí la verdad: Calden me había elegido por el valor de mi sangre excepcional. Mantenía con vida a Thessaly y beneficiaba a la manada.
-Esta unión es por el bien de la manada -me advirtió con frialdad antes de que firmara-. Pero tu función principal será servirle de donante. Siempre que Thessaly te necesite, acudirás. A cambio, me aseguraré de que nunca te falte nada.
Era una advertencia.
Pero para entonces estaba tan neciamente enamorada que me convencí de que, al menos, mi sangre me daba una razón para permanecer a su lado. Creí que algún día dejaría de ser una simple «herramienta» y me convertiría en alguien importante para él.
Creí que lograría que me amara.
Tres años después, había fracasado.
Por completo.
Calden apenas me tocaba. Incluso cuando estábamos solos, mantenía las distancias y nunca permitía que nuestros aromas se mezclaran. Al principio pensé que se debía a nuestra diferencia de estatus, que mi aroma de omega no era digno de un alfa como él.
Después supe la verdad.
Se estaba reservando para otra mujer.
Thessaly Ashmoor. Su cuñada. La mujer a la que nunca había podido dejar atrás.
Incluso en el accidente que lo había llevado hasta mí, aquel que hizo que me enamorara de él a primera vista, había actuado con tanta desesperación porque Thessaly estaba atrapada entre los vehículos.
Nunca me había visto de verdad.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez, el mensaje no era de Calden.
Procedía de un número anónimo y traía una fotografía adjunta.
Se me cortó la respiración.
Hasta dormido, Calden parecía un dios esculpido en sombras y acero. Sus facciones eran afiladas: una mandíbula capaz de hacer sangrar, pestañas oscuras como la medianoche y unos labios hechos para el pecado y la crueldad, aunque yo nunca había probado ninguno de los dos. Su cuerpo era un arma. Hombros anchos. Una fuerza contenida que se percibía incluso en reposo.
Y allí estaba ella.
Thessaly.
Tenía la cabeza apoyada en su hombro y, aun dormida, una leve sonrisa burlona le curvaba los labios.
La expresión de una vencedora.
A su lado, Calden parecía completamente relajado. Como si hubiera vuelto a casa. Como si aquel fuera su verdadero lugar: junto a ella.
Las palabras escritas bajo la fotografía se clavaron en mí como una hoja envenenada:
«Apuesto a que tú nunca has vivido un momento así. Aprende cuál es tu lugar, bolsa de sangre».
La ira me encendió la mirada.
No era la primera vez que recibía una provocación semejante. Llegaban con precisión de reloj después de cada llamada de Calden, como si alguien necesitara recordarme constantemente cuál era mi sitio.
Los faros de un auto que pasaba iluminaron la ventanilla y, durante un instante, vi mi reflejo en el cristal.
Me quedé inmóvil.
No reconocía a la mujer que me devolvía la mirada.
Era una omega, sí, pero jamás me había visto así. Tan exangüe. Tan agotada. La piel se tensaba sobre unos huesos que cada día parecían más afilados, como si amenazaran con atravesarla. Las ojeras formaban profundos surcos bajo mis ojos y se oscurecían con cada ciclo lunar.
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