/0/21395/coverorgin.jpg?v=1aa436198e94e0b55ae2c0505414b571&imageMogr2/format/webp)
Mi hermano murió porque no pudimos juntar el millón de pesos que costaba la cirugía que pudo haberlo salvado.
Mi novio de cinco años, Héctor, me dijo que estábamos en la quiebra. Pero en el preciso instante en que mi hermano dio su último aliento, Héctor estaba comprando un Porsche de cuatro millones de pesos para su amor de la preparatoria.
Ahí fue cuando descubrí la verdad. El hombre al que había mantenido durante cinco años no era un emprendedor en apuros. Era el heredero secreto de un imperio multimillonario, fingiendo ser pobre, y yo solo era “la tapadera” hasta que su verdadero amor regresara.
Para castigarme por descubrir su secreto, me obligó a subirme a su motocicleta en una peligrosa carrera clandestina. Luego, saltó de la moto en movimiento para salvar a su amante de un piropo, dejándome sola para estrellarme.
Me abandonó sangrando en el asfalto con una pierna rota para llevarla a ella al hospital. Más tarde, me obligó a donarle mi sangre porque ella estaba “en shock”.
Me dijo que mi hermano era un “caso perdido” y que mi sufrimiento era mi propia culpa. Incluso exigió que me arrodillara y le pidiera perdón por haberlo distraído.
Pero Héctor no sabía nada de mi abuelo, ni del pacto que hizo con cinco de los hombres más poderosos del país; un pacto para protegerme a toda costa. Ahora, he fingido mi propia muerte y estoy a punto de casarme con su mayor rival.
Capítulo 1
Mi hermano estaba muerto.
Las palabras resonaron en el pasillo estéril y blanco del hospital, una nota final y plana del doctor que puso fin a la sinfonía de esperanza que, como una tonta, había dirigido durante meses.
Murió a las 3:02 PM.
En ese preciso instante, mi novio de cinco años, Héctor Herrera, estaba en una agencia de autos, firmando los papeles de un Porsche clásico.
Lo encontré en el garaje de la pequeña casa que compartíamos, la casa que yo pagaba. Estaba puliendo el cofre del auto, una bestia plateada y reluciente que se veía ridículamente fuera de lugar junto a mi modesto sedán.
—Se fue, Héctor. —Mi voz sonaba hueca, la voz de una extraña.
Héctor no levantó la vista. Siguió limpiando el metal brillante con un paño suave, sus movimientos lentos y deliberados.
—Te dije que no me molestaras hoy —dijo, con un tono indiferente—. Tenía la cita para el coche.
—Mi hermano acaba de morir. —Repetí las palabras, esperando que pudieran atravesar el grueso muro de su indiferencia—. El hospital llamó. Su cuerpo no aguantó más.
—¿Y qué quieres que haga al respecto? —Finalmente se enderezó, arrojando el trapo sobre una mesa de trabajo. Me miró, sus ojos vacíos de cualquier emoción—. ¿Otra vez andas rastreando mi ubicación, verdad?
—Te llamé. No contestaste.
—Te lo dije, Elena. Tenemos un acuerdo. Nada de gastos grandes sin discutirlo. Estamos tratando de construir un futuro.
Sus palabras eran tan absurdas que casi me hicieron reír. Nuestro “acuerdo”. El pacto que hicimos mientras yo trabajaba en dos empleos para mantener su “startup” de tecnología, mientras él vaciaba nuestra cuenta de ahorros conjunta.
—Un millón de pesos —susurré, el número sabiendo a veneno—. Eso es todo lo que habría costado la cirugía experimental. Pudo haberlo salvado.
—Era experimental —se burló, agitando una mano con desdén—. Una posibilidad remota. Y estuvo enfermo toda su vida. Simplemente le llegó su hora.
—Tenía veintidós años.
Héctor solo se encogió de hombros.
—Y no podíamos pagarlo. Fin de la historia.
Lo miré fijamente, al hombre que había amado, al hombre que había mantenido, al hombre que creía que solo estaba pasando por una mala racha. Pero mi mente estaba reviviendo una llamada que había escuchado por casualidad la semana pasada, una llamada que destrozó la ilusión de cinco años.
No era un emprendedor en apuros. Era Héctor Herrera, el único heredero de la dinastía tecnológica Herrera, una fortuna de miles de millones.
Este Porsche no era solo un coche. Costó más de cuatro millones de pesos. Lo compró para su amor de la preparatoria, Bárbara Lara, que estaba de vuelta en la ciudad. Lo compró con el dinero de nuestros ahorros, el dinero por el que le había suplicado, el dinero que podría haber salvado la vida de mi hermano.
Vio la expresión en mi cara, la comprensión horrible que amanecía en mí. Pero no sintió culpa.
—Necesitábamos ahorrar ese dinero —dijo secamente, su voz fría—. El Porsche fue una inversión.
—¿Una inversión para Bárbara? —pregunté, el nombre sintiéndose extraño y afilado en mi lengua.
Sus ojos se entrecerraron. No se molestó en negarlo.
/0/18769/coverorgin.jpg?v=62d44756361e0a18604f58dc5d01d206&imageMogr2/format/webp)
/0/19068/coverorgin.jpg?v=a2d89a46d9045c1e5a319e1654d65ae6&imageMogr2/format/webp)
/0/18438/coverorgin.jpg?v=936fb1930221f700610ed183878c2f46&imageMogr2/format/webp)
/0/7639/coverorgin.jpg?v=ee3a3d2755c09fbf79009e502e4aac22&imageMogr2/format/webp)
/0/18077/coverorgin.jpg?v=8f82fee3e3d14c5932684d8d9961c7a9&imageMogr2/format/webp)
/0/18044/coverorgin.jpg?v=f8a4d4d2f904dc263c2fba0cd19492f3&imageMogr2/format/webp)
/0/23041/coverorgin.jpg?v=cb635462ba13a82743159c81aca23e52&imageMogr2/format/webp)
/0/19966/coverorgin.jpg?v=4f40d62719f246651039c468bb95ccb8&imageMogr2/format/webp)
/0/199/coverorgin.jpg?v=dda31e0b743108e59d754e02b3c3242b&imageMogr2/format/webp)
/0/18422/coverorgin.jpg?v=b81debb7b1c8bc47848d7d0d14ee5a20&imageMogr2/format/webp)
/0/18432/coverorgin.jpg?v=531e4681df89560a421c508e07e5f6c3&imageMogr2/format/webp)
/0/9701/coverorgin.jpg?v=518a35da4266006655e5a46e6b46bb38&imageMogr2/format/webp)
/0/13936/coverorgin.jpg?v=ce3b3f3920a257912691ca8875c1229b&imageMogr2/format/webp)
/0/18528/coverorgin.jpg?v=6270419a8dcbe7d46e6911398ff570bf&imageMogr2/format/webp)
/0/18262/coverorgin.jpg?v=1e195d852cd31991727cc51760818ecf&imageMogr2/format/webp)
/0/17960/coverorgin.jpg?v=085cee0cb933de60f8c29761422e982d&imageMogr2/format/webp)
/0/18883/coverorgin.jpg?v=2e33c4be003491633258a615723e6211&imageMogr2/format/webp)
/0/21838/coverorgin.jpg?v=d75d28fa3fd1ff47ec9bb9dbc3767948&imageMogr2/format/webp)