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Lucía se despertó temprano, como todos los días. El sonido del despertador la sacó suavemente del sueño, y, al abrir los ojos, el sol ya comenzaba a iluminar la pequeña habitación de su modesto apartamento. La luz se filtraba a través de las cortinas de lino blanco, tiñendo el cuarto de tonos suaves y cálidos. En la mesa de la cocina, las primeras tazas de café humeaban, y el aroma, que siempre la tranquilizaba, ya invadía el aire.
El apartamento no era mucho: una cocina pequeña y un salón acogedor que compartía con Carmen, su madre adoptiva. Vivían juntas desde que Lucía tenía apenas unos meses, cuando fue dejada en la puerta del hospital y Carmen, una mujer que había trabajado toda su vida como secretaria en una empresa local, la acogió como su propia hija. Aunque Carmen nunca le dio detalles sobre su madre biológica, Lucía siempre sintió que, por alguna razón, nunca podría llenar el vacío que esa ausencia le dejaba. Era una mujer bondadosa y cariñosa, pero había algo en sus ojos, en su gesto, que no podía ocultar: una melancolía constante, un dolor antiguo que parecía seguirla.
-Lucía, hija, ¿quieres más café? -preguntó Carmen desde la cocina, con una voz cálida, pero un poco cansada.
Lucía asintió mientras se acercaba a la mesa y se sentaba frente a su madre. Era una mañana tranquila, sin prisas, como muchas otras que habían vivido juntas. Carmen tenía las manos arrugadas por los años de trabajo, pero sus ojos seguían siendo los mismos, llenos de ternura. Lucía siempre encontraba consuelo en su madre. Sin embargo, algo dentro de ella le decía que había algo más por descubrir, algo que la mantenía inquieta. A veces se encontraba perdida en pensamientos que no podía explicar, como si hubiera una parte de su vida que le estaba vedada.
-Carmen, ¿alguna vez has pensado en lo que habría sido mi vida si no me hubieras encontrado? -preguntó Lucía mientras tomaba un sorbo de su café, mirándola a los ojos.
Carmen la observó en silencio por un momento, como si las palabras de Lucía la sorprendieran.
-¿Por qué preguntas eso, hija? -respondió con suavidad, aunque Lucía pudo notar una ligera sombra en su rostro.
-Solo... no sé, siento que hay algo que me falta. Como si mi vida no fuera completa. -Lucía dejó su taza sobre la mesa y la miró con una expresión pensativa. El sentimiento de vacío que la había estado rondando durante años parecía más claro ese día.
Carmen suspiró y se inclinó hacia adelante, colocándose las manos sobre las de Lucía, apretándolas con cariño.
-Lo que te falta, hija, no siempre se puede ver. Lo que tienes es lo que realmente importa. -Su voz, aunque suave, llevaba un tono de certeza que Lucía no logró entender del todo.
Lucía no estaba convencida. Aunque su vida con Carmen era todo lo que había conocido y lo amaba profundamente, sentía que algo más había estado esperando, algo que aún no entendía. Sus pensamientos se desvanecieron cuando el sonido de la campana de la escuela al final de la calle la sacó de su trance. Era hora de ir al trabajo.
-Voy a salir a comprar algo para el almuerzo, ¿quieres algo? -preguntó Lucía mientras se levantaba de la mesa.
-No, hija, lo que tienes está bien. Tú ve tranquila. -Carmen sonrió, pero Lucía pudo ver el cansancio en sus ojos. Había pasado años trabajando en una oficina, y la vida ya había dejado sus marcas.
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