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"Has superado innumerables tormentas a lo largo de los años. Bienvenida a casa, Arabella".
En la cena de celebración, un joven con un traje perfectamente entallado no podía apartar la mirada de Arabella Stanley.
Poseía una belleza sobrenatural, con rasgos definidos y un aura de fría distancia. Sus ojos penetrantes no revelaban sus pensamientos, y cuando hablaba, su voz transmitía el mismo frío glacial. "Ya me voy".
El joven, Joshua Willis, aprovechó el momento sin dudarlo. "Déjame llevarte a casa".
Arabella no opuso resistencia.
El auto avanzaba en silencio por la noche, y las luces de la ciudad se veían borrosas mientras Joshua le robaba miradas de reojo. "¿Cuándo piensas volver a la empresa? Nuestro imperio sigue prosperando".
Su alianza comenzó años atrás gracias a un proyecto inesperado, y él fue testigo directo de la brillantez de Arabella. La convenció para que unieran fuerzas, y juntos forjaron una empresa que ahora dominaba todo el sector.
La muchacha mantuvo su tono mesurado cuando respondió: "Lo decidiré cuando sea el momento adecuado. Por ahora, solo quiero llegar a casa".
"Lo entiendo perfectamente. Debes de estar deseando reunirte con Daisy. Supongo que ella ha tenido una buena vida estos años. He estado entregando todos los proyectos importantes al esposo de tu tía durante todos estos años". La sonrisa de Joshua se amplió mientras esperaba un gesto de reconocimiento.
Arabella y su hermana gemela, Daisy Stanley, habían perdido a sus padres a la tierna edad de seis años, y su tía, Meagan Tucker, se hizo cargo de ellas.
La joven le respondió con un sutil movimiento de cabeza. "Te lo agradezco".
Sus delicados dedos encontraron el colgante de flor de cerezo que descansaba sobre su pecho, lo abrió y dejó al descubierto una preciada fotografía de ella y Daisy.
Arabella lucía impasible en la imagen, mientras la sonrisa de su hermana irradiaba alegría pura.
Al contemplar el rostro radiante de Daisy, la muchacha sintió que una cálida sensación desconocida le suavizaba los rasgos.
Tras la trágica muerte de sus padres, las dos chicas se convirtieron en todo el mundo la una para la otra. Daisy siempre fue el rayo de sol de la familia, iluminando con su presencia cada lugar.
A los doce, Arabella fue reclutada por el gobierno para una operación secreta que duró siete años, y ahora que esta había concluido, por fin podía volver con su hermana.
Había enviado casi todos los cheques del gobierno a su hermana, asegurándose de que viviera cómoda y segura.
Joshua se sorprendió al ver su sonrisa.
¿La legendaria reina de hielo estaba sonriendo?
Su curiosidad por la hermana de Arabella se intensificó dramáticamente.
El auto se acercó a una comunidad residencial de lujo, donde cada propiedad contaba con su propio jardín bien cuidado.
El vehículo se detuvo frente a una casa.
Era la herencia que los padres de Arabella les habían dejado, y que ahora compartían Meagan y Daisy.
La mansión brillaba con luz cálida y resonaba con risas alegres.
Daisy parecía tener una buena vida.
Con ese pensamiento en mente, Arabella mantuvo su suave sonrisa mientras cruzaba el jardín delantero.
En una esquina de la propiedad había una caseta para perros desgastada por el tiempo.
Alguien estaba arrodillado junto a ella, en las sombras.
Bajo la tenue luz del atardecer, la joven no podía distinguir los rasgos de la persona, pero lograba ver cómo sacaba comida de un cuenco puesto en el suelo.
¿Por qué alguien comería junto a la caseta del perro?
Preocupada, frunció el ceño y se acercó con cautela.
La figura pareció sobresaltarse y se metió rápidamente en la caseta, lo que intensificó su confusión.
Entonces, una voz suave y temblorosa llegó desde el interior del refugio. "Por favor, no me pegues otra vez… No volveré a cometer ningún error. Tendré mucho más cuidado…".
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