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"Raquel, maldita zorra. ¡Vete al diablo!".
En la cama king size, el rostro del hombre estaba contraído por la furia, y sus ojos negros ardían de odio. Las venas se le saltaban en la frente y los brazos mientras estrangulaba a la joven.
Ella estaba medio dormida, pero sentía que algo andaba mal. ¡No podía respirar!
Raquel Bennet abrió los ojos de par en par, aún aturdida por el sueño. Sintió un par de manos en su cuello, asfixiándola. Estaba confundida y consumida por el pánico.
Cuando sus pulmones empezaron a gritar por aire, su instinto de supervivencia se despertó. Levantó las manos hacia su garganta, tratando de defenderse de su agresor.
Pero el hombre no se movió. En cambio, apretó más su agarre en su cuello, haciendo que su rostro se pusiera rojo oscuro y su vista se nublara.
¡Pum!
La puerta se abrió de golpe y el mayordomo entró corriendo. Su rostro palideció al ver la escena, pero no perdió ni un segundo. Corrió hacia la cama y agarró al hombre por el brazo, gritando: "¡Señor Sullivan! ¡Señor Sullivan, por favor, suéltela! ¡La está matando!".
"¡Se lo merece!". El hombre tenía una mirada desquiciada y escupía al hablar.
El mayordomo sabía que no podía detenerlo físicamente, así que se arrodilló junto a la cama y comenzó a suplicar por la vida de la joven. "¡Señor Sullivan, por favor! Si la mata, su abuela se revolcaría en su tumba. ¡No podrá descansar en paz!".
¿Abuela?
Al oír las palabras del mayordomo, Victor Sullivan aflojó un poco su agarre.
Raquel aprovechó la oportunidad para escapar de sus manos y arrastrarse lejos. Su espalda chocó contra la cabecera y se quedó allí hecha un ovillo, mirando a su marido con los ojos muy abiertos y llenos de miedo.
El mayordomo vio el cambio en la actitud de su jefe como una señal para seguir insistiendo. "¡Señor Sullivan, tenga paciencia! Hoy su divorcio se hará oficial. ¡No volverá a verla nunca más! Perdónele la vida por el bien de su madre. Ella salvó a su abuela una vez, ¿lo recuerda? ¡Por favor, cálmese!".
Victor pareció entender la razón detrás de las palabras de su empleado. Se levantó de la cama y se puso la pijama en silencio. Cuando terminó, se dio la vuelta y dijo con voz fría como el hielo:
"Le diré a Iván que envíe los papeles del divorcio. Fírmalos y luego lárgate de aquí. No quiero volver a ver tu rostro nunca más".
Con una última mirada llena de odio, salió de la habitación, seguido por el mayordomo.
La puerta se cerró de golpe detrás de ellos, y el sonido lastimó los oídos de Raquel. Se cubrió con las cobijas, aún en shock. Su rostro estaba pálido como un muerto y su corazón latía con fuerza en el pecho.
Bajó la cabeza y miró su cuerpo. Estaba completamente desnuda y tenía moretones oscuros que desfiguraban su piel, por lo demás impecable.
La adrenalina que corría por sus venas había adormecido el dolor hasta ese momento, pero cuando lo peor hubo pasado, sintió que le dolía todo el cuerpo. Le dolía todo.
No encontró ropa de mujer en el armario, solo camisas de hombre y trajes negros.
Agarró una camisa y un pantalón de traje y se los puso. Los pantalones le quedaban ridículamente grandes y arrastraban por el suelo.
Además del dolor físico, sintió una terrible jaqueca. Gimiendo, caminó hasta el sofá y se sentó. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Recuerdos que no le pertenecían comenzaron a inundar su mente.
Momentos después, volvió a abrir los ojos. Esos recuerdos pertenecían a la anterior dueña de este cuerpo, la mujer llamada Raquel. Tras ordenar en silencio sus pensamientos, llegó a dos conclusiones:
Había renacido. De ser Shelia Davis, ahora era Raquel Bennet.
La que habitaba este cuerpo antes que ella era una chica inútil, perdidamente enamorada de Victor. Su madre se había enfermado y muerto hacía un tiempo y su padre era un patético sinvergüenza.
Llamaron a la puerta.
El sonido sacó a Raquel de su ensoñación. Una voz fría llegó desde el otro lado: "¿Puedo pasar?".
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