/0/22726/coverorgin.jpg?v=69fabb7a6129f00311db764be51c68b2&imageMogr2/format/webp)
, soy Colleen Hoover, y estoy lista para sumergirme en esta historia. No hay tiempo para preámbulos, vamos directo al grano, al corazón de la emoción cruda y sin filtros. Aquí comienza.
En nuestro segundo aniversario, mi esposo me llamó "incubadora".
Dijo que nuestro matrimonio era una farsa para salvar a su familia de la quiebra y que, para darle un heredero, no necesitaba tocarme.
Al día siguiente, me arrastró a una clínica para una fertilización in vitro forzada.
Esa misma semana, le salvé la vida de un ataque de lobos en el bosque, quedando gravemente herida. Mientras me desangraba, él le dio todo el crédito a su amante, Frida.
Pero lo que me rompió fue escucharlo decir que deseaba que yo hubiera muerto para ahorrarse el divorcio.
En ese instante, el amor y la esperanza que sentía se convirtieron en un frío deseo de venganza.
Tomé el teléfono y llamé a mi abuelo, el magnate Augusto Ibáñez.
Gerardo Bermúdez me había usado, humillado y deseado mi muerte.
Ahora, yo lo destruiría.
Capítulo 1
MARTINA PIÑEIRO POV:
"Feliz aniversario", susurré, mi voz apenas un soplo en la oscuridad.
No hubo respuesta.
Llevaba tres horas despierta, mirando el techo, esperando.
Dos años de matrimonio, y seguía esperando.
Me giré con cuidado, intentando no despertarlo, pero sabía que era inútil.
Él ya estaba despierto. Siempre lo estaba.
Su cuerpo estaba rígido, de espaldas a mí, formando una barrera invisible que se sentía más sólida que una pared de concreto.
La almohada entre nosotros era un símbolo, una frontera que él trazó desde la primera noche.
Me estremecía al pensar en tocarlo. No por asco, sino por miedo.
Miedo a su rechazo, miedo a la frialdad que siempre me devolvía.
Pero hoy era diferente. Hoy era nuestro segundo aniversario.
Había puesto toda mi esperanza en este día.
Me levanté en silencio, buscando el pequeño paquete que había dejado en su mesita de noche.
Era un reloj, grabado con nuestras iniciales y la fecha de nuestra boda.
Un gesto de amor, de una esperanza que se aferraba a la vida con uñas y dientes.
Volví a la cama, mi corazón latiendo con fuerza contra mis costillas.
Me acerqué a él, mi mano tembló al extenderla hacia su hombro.
"Gerardo", dije, su nombre un ruego suave en la penumbra.
Su cuerpo se tensó aún más. No se movió.
Tragué saliva, el sabor amargo de la cobardía llenando mi boca.
"Es nuestro aniversario", insistí, mi voz ahora con un hilo de desesperación.
Finalmente, se movió. No para abrazarme, ni siquiera para mirarme.
Se dio la vuelta, y la expresión en su rostro fue un golpe en el estómago.
Sus ojos, oscuros y vacíos, me miraron sin verme.
Había una crueldad helada en su mirada, la misma que me había acompañado los últimos dos años.
"¿Y?", su voz fue un susurro áspero, más cortante que un grito.
Me encogí, sintiendo cómo mi esperanza se desmoronaba en mil pedazos.
"Yo... pensé que quizás podríamos... acercarnos", tartamudeé, mis palabras sonando ridículas incluso para mí.
Una risa sin alegría brotó de sus labios. Era un sonido hueco, lleno de desprecio.
"¿Acercarnos, Martina? ¿Para qué? ¿Para que finjas que te gusto, o para que yo finja que no me das asco?"
Mi rostro ardió. La vergüenza me invadió, un tsunami que me ahogaba.
"No te doy asco", logré decir, mi voz apenas audible.
"Claro que sí. Cada vez que me miras con esos ojos de perrito abandonado, pidiendo migajas de afecto, me dan ganas de vomitar".
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero me negué a dejarlas caer.
No frente a él. No le daría esa satisfacción.
"Gerardo, por favor", rogué, mi dignidad desintegrándose a cada palabra.
"¿Qué, quieres un heredero? ¿Es eso lo que te preocupa en nuestro 'aniversario'?"
Se incorporó, su torso desnudo una silueta imponente en la oscuridad.
"No te preocupes por eso. Mis padres ya lo arreglaron todo".
Mi mente se quedó en blanco. "¿Arreglaron qué?"
Me miró con una sonrisa torcida, llena de burla.
"Fertilización in vitro. No tendré que tocarte para darles un nieto. Eres una incubadora, Martina. Nada más".
La palabra "incubadora" rebotó en mi cabeza, una y otra vez.
Me sentí vacía, despojada de todo valor, de toda humanidad.
Las lágrimas finalmente cayeron, ardientes, incontrolables.
No era dolor. Era una aniquilación.
Me levanté de la cama, mi cuerpo temblaba incontrolablemente.
Quería gritar, quería golpearlo, pero no podía. Estaba paralizada.
Corrí al baño, cerrando la puerta con un golpe que resonó en el silencio de la noche.
Me miré en el espejo, mi reflejo desfigurado por el llanto.
¿Quién era yo? ¿Qué me había convertido?
Una incubadora. Eso era.
El resto de la noche lo pasé en el baño, acurrucada en el suelo, sollozando en silencio.
No sabía qué hacer. No sabía a dónde ir.
Cuando el sol comenzó a asomarse por la ventana, decidí buscar respuestas.
Tomé mi teléfono, mis dedos temblaban al buscar en Google.
"Mi esposo me odia", escribí.
Los resultados fueron abrumadores. Historias de traición, de desamor, de matrimonios rotos.
Ninguna era como la mía. Ninguna era tan cruelmente específica. Ninguna me llamaba "incubadora".
Mi cabeza comenzó a doler. Sentí náuseas.
No había patrones, no había soluciones mágicas. Solo dolor, en todas sus formas.
Volví a la habitación, el lado de la cama de Gerardo estaba vacío.
Una punzada de algo que ya no era sorpresa, sino resignación, me atravesó.
Escuché un ruido, un murmullo de voces bajas, provenientes de su estudio.
Mi corazón se apretó. ¿Con quién hablaba a estas horas?
Me acerqué en silencio, mis pasos amortiguados por la alfombra gruesa.
La puerta del estudio estaba entreabierta.
Pude escuchar su voz, suave, cariñosa. Una voz que nunca me dirigía a mí.
"Frida, mi amor, no te preocupes", dijo.
Mi respiración se detuvo. Frida.
El nombre de su novia de toda la vida. La mujer a la que siempre amó.
Me asomé por la rendija, mi vista nublada por las lágrimas que amenazaban con volver a brotar.
Lo vi, sentado en su escritorio, el teléfono pegado a la oreja.
Su rostro, antes tan frío, ahora estaba relajado, incluso sonriente.
Una sonrisa que nunca me dedicó.
"Claro que sí, mi amor", continuó, su voz llena de ternura.
"Pronto estaremos juntos, para siempre. Solo hay que ser pacientes".
Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. ¿Juntos para siempre?
Entonces, escuché algo que me rompió por completo.
"Esta farsa terminará pronto. Lo prometo".
/0/21740/coverorgin.jpg?v=18bcb89d684ccb5a7048613214874395&imageMogr2/format/webp)
/0/2621/coverorgin.jpg?v=3ad96cdb85c51cd56a6bc9fcb72103ef&imageMogr2/format/webp)
/0/4818/coverorgin.jpg?v=9695dd9a48707de74dc6c1dbc3b1c4c5&imageMogr2/format/webp)
/0/18016/coverorgin.jpg?v=c86557df73f8b8270248752e45624e5c&imageMogr2/format/webp)
/0/21320/coverorgin.jpg?v=8b943371cf8bbba2d797ac702c8fe622&imageMogr2/format/webp)
/0/21328/coverorgin.jpg?v=877d663ae0fd28f0871cf45b32ea461f&imageMogr2/format/webp)
/0/17708/coverorgin.jpg?v=5d9fa16f44bcad8455b015ac7f2d5c1f&imageMogr2/format/webp)
/0/10848/coverorgin.jpg?v=77e86b80a63806f68f231bbd9aeecd36&imageMogr2/format/webp)
/0/19203/coverorgin.jpg?v=1168427daa04257589e2ea5c3906e6db&imageMogr2/format/webp)
/0/10922/coverorgin.jpg?v=fa52bbde6941a64b71956f22c09297a8&imageMogr2/format/webp)
/0/19129/coverorgin.jpg?v=37d539e0de4234a7e74403d460ecf2cc&imageMogr2/format/webp)
/0/17032/coverorgin.jpg?v=2e323c9db0a0c22628ed5ac3b8878ec8&imageMogr2/format/webp)
/0/17100/coverorgin.jpg?v=d7063d578a74960ddced92d7e3b9f6ac&imageMogr2/format/webp)
/0/17502/coverorgin.jpg?v=cc2c714684a23432c6bd366eb5c2e178&imageMogr2/format/webp)
/0/17863/coverorgin.jpg?v=ae1f32befa588ff3dfc4cf6e997032d0&imageMogr2/format/webp)
/0/16930/coverorgin.jpg?v=cea2e065b37ebc52414afe2a91852d1a&imageMogr2/format/webp)
/0/6722/coverorgin.jpg?v=58c5ef8c45055b2ee7823042f0a1a46c&imageMogr2/format/webp)
/0/10182/coverorgin.jpg?v=bd71b089ec61b2b385843280f51416de&imageMogr2/format/webp)
/0/11983/coverorgin.jpg?v=5be2a24b9d822fb863ea34dd5349f1ac&imageMogr2/format/webp)