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La cafetera rugía con ese siseo metálico que anunciaba el fin de la madrugada. Ethan Valverde apoyó los nudillos sobre la barra de madera, observando cómo el vapor ascendía y se deshacía en el aire como si fueran recuerdos que nunca terminaban de disiparse. Había abierto la cafetería tres meses atrás, en un local pequeño de esquina con ventanales amplios que dejaban entrar la luz temprana de la ciudad. Cada mañana repetía los mismos movimientos: moler, prensar, servir. Cada mañana sonreía con la misma disciplina con la que un soldado se ajusta las botas antes de salir al campo.
La rutina era su refugio. Los pasos medidos, el olor constante del café recién tostado, la música suave que ponía para ahogar los ruidos de afuera. Y sin embargo, en los silencios entre pedido y pedido, la guerra regresaba. Los gritos lejanos, el humo denso, la sangre que no se lava con agua caliente ni con litros de jabón. A veces lo sorprendía el temblor en sus manos. Entonces fingía que era el frío o el cansancio. Nadie necesitaba saberlo. Nadie podía cargar con ese peso.
Aquella mañana, el reloj de pared apenas marcaba las ocho cuando la puerta se abrió con un tintineo ligero. Ethan levantó la mirada esperando ver a algún cliente habitual, pero lo que encontró fue distinto. Una mujer joven, de cabello castaño claro recogido en un moño improvisado, entró con paso decidido. Llevaba un abrigo beige y una carpeta bajo el brazo, como si viniera de camino a una reunión importante. Sus ojos, grandes y atentos, recorrieron el lugar antes de detenerse en él.
-Buenos días -dijo ella, con una voz firme que parecía dispuesta a llenar todos los rincones.
-Buenos días -respondió él, ensayando la sonrisa que ya tenía tatuada en la comisura de los labios.
La mujer se acercó a la barra y dejó la carpeta sobre la superficie pulida. Pidió un cappuccino con leche de avena y un toque de canela. Ethan lo preparó con la destreza automática que lo caracterizaba, aunque notó cómo la presencia de ella alteraba la calma habitual. Cuando le entregó la taza, ella sonrió con gratitud y se sentó junto a la ventana, abriendo un cuaderno lleno de anotaciones.
Los minutos transcurrieron entre el murmullo de la ciudad que despertaba y el golpeteo de su pluma sobre el papel. Ethan no podía evitar mirarla de reojo. Había en sus gestos una concentración casi obsesiva, como si buscara atrapar cada pensamiento antes de que se le escapara. Cuando levantó la vista, lo sorprendió observándola. Él desvió la mirada de inmediato, fingiendo limpiar la máquina de espresso.
Pasada media hora, ella se acercó de nuevo a la barra.
-Disculpa -dijo- ¿Puedes recomendarme algo dulce para acompañar el café?
Ethan señaló las vitrinas. -Tenemos croissants de almendra, brownies, galletas de avena.
-El croissant suena bien -respondió ella, con un destello juguetón en los ojos.
Mientras servía el pedido, Ethan notó que su voz tenía un matiz distinto, como si se hubiera suavizado. Se lo entregó y esta vez fue ella quien se quedó observándolo.
-Tú eres Ethan, ¿verdad? -preguntó de repente.
Él se tensó apenas, aunque lo disimuló rápido. - Así es. ¿Nos conocemos?
-No personalmente -respondió ella- Una amiga en común me habló de ti. Carolina Torres, ¿la recuerdas?
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