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El aburrimiento era una sensación que Nikolai Volkov rara vez se permitía experimentar. Para un hombre cuyo imperio financiero se extendía desde las frías estepas de Moscú hasta los rascacielos de cristal de Wall Street, el tiempo era la única moneda que no podía fabricar. Sin embargo, en ese preciso instante, sentado en la cabecera de una mesa de banquete cubierta con un mantel de lino barato que olía a cloro, sentía que los segundos se arrastraban con una lentitud agonizante.
Estaba en Oak Creek, un pueblo en medio de la nada, cuyo único reclamo de fama era una fábrica de componentes electrónicos que, hasta hacía una hora, pertenecía a la familia Miller. Ahora, le pertenecía a él.
Nikolai hizo girar el líquido ámbar en su vaso de cristal grueso. Ni siquiera era un buen whisky; rasparía su garganta como papel de lija, así que no tenía intención de beberlo. Su mirada gélida, de un azul tan pálido y penetrante que parecía tallado en hielo siberiano, barrió la sala del club de campo local. Los candelabros de latón imitaban torpemente la grandeza, y la alfombra color burdeos estaba desgastada por décadas de recepciones mediocres.
Al otro lado de la mesa, Thomas Miller, un hombre corpulento de sesenta años que sudaba profusamente dentro de un traje que le quedaba pequeño, firmaba los últimos documentos de cesión. Las manos le temblaban. Su esposa sollozaba en silencio a su lado, apretando una servilleta de papel.
Nikolai no sintió absolutamente nada. Ni una punzada de culpa, ni una gota de piedad. En el mundo de los negocios, o eras el depredador o eras la presa. Miller había tomado malas decisiones financieras, se había ahogado en deudas, y Nikolai simplemente había olido la sangre en el agua. La adquisición hostil había sido limpia, despiadada y eficiente. Como todo lo que hacía el CEO de Volkov Industries.
-Todo... todo está en orden, señor Volkov -tartamudeó el abogado local, deslizando la carpeta de cuero a través de la mesa con un respeto que rayaba en el terror.
Nikolai ni siquiera miró los papeles. Hizo un leve gesto con su mano izquierda, donde el peso de su Rolex de platino brillaba bajo la luz amarillenta. Su jefe de seguridad y mano derecha, Yuri, dio un paso adelante desde las sombras y tomó la carpeta.
-La transferencia de fondos se completará a las ocho de la mañana de mañana -dijo Nikolai. Su voz era un barítono profundo, suave pero cargado de un poder oscuro que hizo que la temperatura de la habitación pareció descender diez grados-. Asegúrense de que las instalaciones estén vacías para el mediodía. Mis ingenieros llegarán el jueves.
Sin esperar respuesta, ni ofrecer un apretón de manos de consolación, Nikolai se puso de pie. Se abotonó la chaqueta de su traje Brioni hecho a medida, una armadura de seda y lana negra que contrastaba brutalmente con la mediocridad del lugar.
-Señor Volkov, nosotros... organizamos una cena en el salón principal para celebrar... -intentó decir el alcalde de Oak Creek, secándose la frente con un pañuelo.
-Tengo un vuelo a Nueva York en dos horas -cortó Nikolai, sin molestarse en ocultar su desdén-. Disfruten de la cena.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida privada del club, dejando atrás una estela de silencio sepulcral. Necesitaba aire. El olor a miedo y desesperación mezclado con perfume barato le estaba provocando una jaqueca. Mientras avanzaba por un pasillo lateral, tenuemente iluminado y decorado con fotografías descoloridas de torneos de golf de los años ochenta, aflojó ligeramente el nudo de su corbata de seda.
Estaba exhausto. No físicamente, su cuerpo era una máquina perfeccionada en el gimnasio a base de disciplina marcial, sino mentalmente. Había construido un imperio implacable, tenía más dinero del que podría gastar en diez vidas, mujeres hermosas y dispuestas que calentaban su cama y desaparecían antes del amanecer, y un poder que hacía temblar a los gobiernos. Y sin embargo, había un vacío constante rugiendo en su interior. Una bestia insatisfecha que ninguna adquisición lograba calmar.
De repente, sus pensamientos oscuros se vieron interrumpidos por un golpe seco contra su rodilla derecha.
Nikolai se detuvo en seco. Sus instintos se activaron al instante, los músculos de su mandíbula se tensaron y miró hacia abajo con una furia fría y contenida, esperando encontrar a algún camarero torpe o a un adulador ebrio que se había atrevido a invadir su espacio personal.
Pero no había ningún adulto.
A la altura de sus muslos, una niña pequeña acababa de rebotar contra su pierna. Llevaba un vestido azul marino que parecía de buena calidad pero sin lujos, y unos pequeños zapatos de charol negro. Tenía el cabello oscuro, un mar de rizos castaños casi negros que caían en un desorden encantador alrededor de su rostro infantil.
Nikolai odiaba a los niños. Eran ruidosos, irracionales, sucios y representaban una pérdida de control absoluta. Estaba a punto de apartarse con disgusto y llamar a gritos a quien fuera responsable de la pequeña molestia, cuando la niña se frotó la frente, retrocedió un paso y, en lugar de echarse a llorar, cruzó sus pequeños brazos sobre el pecho.
-Ten más cuidado, señor gigante. Casi me aplastas.
La voz era aguda, infantil, pero destilaba una autoridad ridícula para alguien que apenas superaba el metro de estatura. Nikolai, el hombre que hacía llorar a banqueros multimillonarios con solo alzar una ceja, se quedó petrificado.
No fue la audacia de la niña lo que lo paralizó.
Fue el momento en que ella levantó el rostro para mirarlo.
El corazón de Nikolai, una máquina rítmica y fría que nunca fallaba, dio un vuelco violento en su pecho. El aire abandonó sus pulmones como si le hubieran propinado un golpe directo en el estómago.
La niña tenía el ceño fruncido, una expresión de arrogancia obstinada que él había visto en el espejo cada mañana de su vida. Pero eso no era lo peor. Eran sus ojos.
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