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"Pongamos fin a este matrimonio", dijo Carlos Guerrero sin previo aviso, con un tono tan tranquilo que parecía que estaba cerrando un trato comercial.
Con esa simple frase, acababa con tres años de matrimonio. Abrió el cajón de su escritorio, sacó un documento y lo deslizó sobre la mesa.
"La situación de Diana se ha complicado", explicó mientras encendía un cigarrillo. El humo se elevó y suavizó los bordes afilados de su rostro, mientras seguía "Su esposo murió hace poco y ella está embarazada de su hijo. No tiene familia que la respalde. Ella no soportará volverse la comidilla del pueblo".
Finas hebras de ceniza gris cayeron lentamente de la punta del cigarrillo del hombre, quien continuó con sus excusas.
"Lo menos que puedo hacer es darles a ella y al bebé mi apellido y un lugar adecuado para vivir", añadió, mirando a Clara Reyes con distante indiferencia. "Si tienes alguna exigencia, dila ahora. De lo contrario, firma el papel".
Diana Murphy fue una vez el amor de la vida de Carlos. Ahora estaba embarazada, esperando un hijo sin padre, y esa era exactamente la razón por la que él dejaba a su esposa, para casarse con su primer amor.
El peso de la situación de Diana oprimió a Clara, quien terminó con la mente nublada y sintió que todo se desvanecía en una neblina opaca. Se quedó donde estaba, incapaz de moverse. Una fina capa de lágrimas brilló en sus ojos antes de que pudiera contenerlas. Con dedos temblorosos, tomó el documento titulado "Acuerdo de divorcio".
Al leer el encabezado en negritas en la parte superior, sintió el equivalente a un golpe.
"¿De verdad no hay...?", empezó, con voz tensa y desigual. Un espeso flequillo colgaba bajo las monturas de sus lentes, haciéndola parecer frágil y derrotada. "¿De verdad no hay otra opción?".
"Ella está en un estado frágil. Si la abandono ahora, no lo soportará. Pero tú no eres así, Clara. Siempre has sido fuerte", contestó su cónyuge, frunciendo ligeramente el ceño.
'¿Es mi fuerza la razón por la que tengo que ser desechada?', se preguntó Clara, y la mera idea hizo que sintiera que le estrujaban el corazón.
Antes de que pudiera serenarse, los recuerdos la transportaron años atrás. Volvió a ver el orfanato y al niño de pie con la luz del sol sobre sus hombros. Él se puso delante de ella con los brazos extendidos, mirando a los niños a los que les gustaba intimidarla.
"No se atrevan a tocarla", les advirtió.
Poco después, hizo otra promesa: "Pase lo que pase, te mantendré a salvo".
Fue entonces cuando ella le entregó completamente su corazón. A partir de ese momento, lo amó por completo, sin esperanza de volver atrás.
Clara cerró lentamente los dedos, hasta que se volvieron puños.
"No hace falta que armes un drama", le advirtió Carlos, sin ocultar la irritación en su voz, al observarla con la cabeza gacha. "Tú y yo sabemos que nuestro matrimonio nunca fue por amor. Te elegí porque eras la opción adecuada...".
El hombre se detuvo un momento para soltar lentamente una bocanada de humo, y agregó: "Clara, supuse que al menos sabías manejar las cosas con algo de... dignidad".
Ante la mención de la última palabra, la aludida casi se carcajeó.
"Diana es una persona amable", continuó Carlos, con un tono más frío. "Nunca quiso hacerte daño. Además, entre nosotros nunca ha pasado nada inapropiado".
Clara sintió una opresión tan fuerte en el pecho que hasta respirar le parecía doloroso.
¿Así que ahora, seducir a un hombre casado y dar muestra de una moralidad cuestionable era aceptable?
"Me aseguraré de compensarte justamente", prosiguió Carlos, quien apretó el cigarro contra el cenicero de cristal hasta que la brasa se apagó. Luego, en un tono más agudo, agregó: "Solo firma los papeles y deja de aferrarte a una posición que nunca fue para ti".
Él reconocía que Clara había manejado la casa a la perfección. Aunque su aspecto era sencillo y fácil de pasar por alto, mantenía el hogar impecable. Lo organizaba todo, gestionaba sus asuntos diarios y mantenía en silencio su vida en orden sin pedir nunca reconocimiento.
Aun así, era demasiado comedida y correcta. Estar cerca de ella era como beber agua simple: únicamente ofrecía un alivio básico. Sí, satisfacía su sed, pero no dejaba ningún sabor persistente. Y Carlos se había cansado de eso.
"Te daré tres días para que decidas", sentenció el hombre. "Pero no pongas a prueba mi paciencia alargando esto".
"No será necesario", respondió su esposa, levantando la cabeza y agarrando el bolígrafo.
El sonido de la punta raspando la página rompió el silencio.
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