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—Ya me entregué a ti, ¿por qué no cortas a Janet de una vez? —preguntó la mujer con una voz seductora y entrecortada, medio desnuda sobre el cuerpo de un hombre.
—No menciones su nombre cuando estamos juntos —el hombre estaba tan excitado que le apretó los senos y gimió de placer.
La mujer no parecía satisfecha, pues no obtuvo la respuesta que quería. —¡Ni madres! Es una simple adoptada, hasta mi perro es más importante en la familia que ella. ¿Qué tiene de bueno?
El hombre no dijo nada, solo la agarró de la cintura y embistió con más fuerza, haciéndola gritar y gemir su nombre.
Janet Lind estaba de pie frente a la puerta, escuchando cada palabra que salía del cuarto. Al comprender lo que ocurría, sus ojos, marcados por el cansancio, se volvieron fríos.
Acababa de regresar del hospital.
Hannah, la mujer que la había criado como a una hija, fue diagnosticada con cirrosis hepática avanzada tres meses atrás. Necesitaba con urgencia un trasplante de hígado, y Janet no tenía más opción que reunir el dinero para cubrir los gastos médicos cuanto antes.
Como si no fuera suficiente, descubrió que su propia hermana menor se acostaba con su novio. Janet apenas podía sostenerse: su mundo entero se venía abajo.
—¿Me oíste? Tienes que darme una respuesta esta noche, o ella o yo, tú decides —Jocelyn Lind golpeaba el pecho de Steve Carter, ansiosa por una respuesta.
Janet abrió la puerta de una patada y los miró fijamente. —Déjame facilitarte el problema, es solo un hombre, si lo quieres, quédatelo.
Aunque la voz de la chica sonaba indiferente, su corazón se rompía al ver a su novio engañándola con su propia hermana.
Steve era compañero de Janet de la universidad, un tipo guapo de familia rica que la había estado pretendiendo por tres años.
Justo antes de la graduación, le había confesado su amor otra vez.
Fue en el patio de la universidad, rodeados de estudiantes. Casi todos fueron testigos de la escena romántica: la multitud los animó con aplausos y gritos, y Janet, algo abrumada, terminó aceptando ser su novia.
El dolor de la traición la aplastaba, y al mirar a las dos personas frente a ella, la chica apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en su piel.
Steve empujó a Jocelyn a toda prisa, se puso los pantalones y se bajó de la cama.
Esta última casi se cae, y las palabras de Janet la hicieron enojar.
Le había costado mucho esfuerzo ligarse a un hombre rico y guapo como Steve.
Pero su hermana se había ganado su corazón sin hacer nada, y eso enfurecía a Jocelyn.
Después de todo, Janet era solo una adoptada.
—¿Pero qué diablos dices? ¡Suenas como si tú lo estuvieras botando a él, cuando fue Steve quien te botó a ti, perra! —se burló Jocelyn mientras se cubría mejor con la sábana, luego miró al hombre y le dijo: —Steve, ¿qué me dijiste hace un rato? ¡Díselo a ella!
El aludido se había acostado con Jocelyn por puro impulso, la mujer lo había seducido y él simplemente perdió el control.
Se arrodilló y tomó a Janet de la muñeca. —Cariño, por favor, perdóname, no es mi intención hacerlo.
Aunque las lágrimas nublaban su vista, Janet lo miró con desprecio. Cuando ella tomaba una decisión, nadie podía hacerla cambiar de parecer.
Soltó su mano del agarre del joven. —Lo siento, Steve. No quiero nada que haya sido tocado por Jocelyn. Ustedes dos se merecen. Se acabó.
Jocelyn se quedó paralizada, sin saber qué decir; Steve estaba al borde del colapso. Pero en el rostro de Janet no había ni rastro de tristeza: la rabia le hervía por dentro, no por perderlo, sino por no haber logrado lo que quería.
No tenía tiempo que perder con ellos. Su hermana siempre había competido con ella, desde niñas. Le quitaba los juguetes, le robaba la atención, y ahora, de adultas, le había quitado al novio. Lo peor era que lo disfrutaba.
Janet ya estaba acostumbrada, ahora solo le preocupaban los gastos médicos de Hannah.
Justo cuando estaba a punto de irse, escuchó el sonido de pasos en el pasillo.
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