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El eco de sus propios pasos sobre el pavimento devastador era lo único que atormenta la mente de Ana mientras caminaba hacia su casa. Llevaba el morral en el hombro, cargado no solo de libros de ciencias y cuadernos de universitarios, sino de un cansancio que parecía filtrarse hasta sus miradas. Su facultad había sido, como siempre, su único refugio. Un lugar donde su mente no era una simple adolescente le permitían imaginar mundos donde la justicia no era un concepto abstracto, sino una realidad palpable.
Al llegar a la puerta de espejo desconchada, Ana suspiró. El aire de la tarde era tenso. Al entrar, el olor a borracho y a tabaco rancio la recibió como una bofetada familiar. No había rastro de su madre en la sala ni en su habitación, lo cual no era extraño. Las jornadas de trabajo de la mujer eran largas y agotadoras, dejándola a un mundo donde la sombra ausente en su propia casa.
Ana subió las escaleras intentando no hacer ruido. Solo quería llegar a su habitación, cerrar la puerta y perderse en su cuarto buscando intentar escribir. Necesitaba que las letras la salvaran del vacío.
Entró en su habitación, soltó el morral en una esquina y se dejó caer en la cama. Sus ojos se
Empacaron por un instante, buscando un segundo de paz. Sin embargo, el crujido del espejo de la puerta al abrirse la hizo ponerse en alerta instantáneamente.
Erick estaba allí.
Su padrastro permanecía apoyado en la entrada de la puerta. No era la mirada de un protector la que proyectaba, sino la de un desgraciado que ha esperado pacientemente a que la presa esté acorralada. Sin decir una palabra, Erick entró y, con una lentitud intenso, giró la llave y puso el candado. El sonido del metal encajando resonó en la habitación como un disparo.
-Qué haces... Erick, -preguntó Ana, sintiendo cómo el corazón le golpeaba contra las costillas-. Tengo que estudiar. Sal de aquí.
Erick no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Ana, desde sus zapatos desgastados hasta el cuello de su blusa,. Deteniéndose con una fijeza repugnante en sus piernas, se acercó a la cama con pasos pesados.
-La universidad te está poniendo rebelde, Anita -dijo él con una voz suave, cargada de una confianza oscura-. Crees que porque lees esos libros ya eres muy inteligente y sabia. Pero aquí, en esta casa, las reglas las pongo yo.
Se sentó al borde de la cama, invadiendo su espacio vital. Ana intentó retroceder, pero la pared estaba justo detrás de ella. Sintió la mano de Erick, áspera y pesada. Posarse sobre su rodilla y comenzar a subir por su muslo.
-No me toques -siseó ella, el miedo convirtiéndose en una náusea ardiente.
-Por qué no, maldito infeliz... -Erick sonrió, mostrando unos dientes amarillentos-. Tu madre no está. Y aunque estuviera, ella sabe quién manda.
Ana empezaba gritar, buscando desesperadamente que algún vecino la escuchara. Pero antes de que el primer gritos pudiera escapar de su garganta, la mano de Erick se golpeó contra su boca, asfixiando el grito. El peso del hombre cayó sobre ella, inmovilizándola contra el colchón.
-Cállate, maldita perra -le susurró al oído, su aliento fétido quemándole la piel-. Si gritas, será peor. Solo quédate quieta y disfruta de lo que es ser una mujer de verdad.
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