/0/19409/coverorgin.jpg?v=cd4067e10657fb3d12e50316239aeb40&imageMogr2/format/webp)
Era la amante secreta del multimillonario Bruno Ferrer, un reemplazo viviente de la mujer que él realmente amaba, Candela. Mi rara condición cardíaca, aquello que me hacía frágil, era el único milagro que podía salvarla.
Pero una noche, sus celos se volvieron mortales. Me empujó a las heladas aguas del lago de Valle de Bravo y luego fingió su propia caída, gritando por ayuda.
Cuando el equipo de rescate gritó que solo podían salvar a una de las dos del agua turbulenta, Bruno no dudó.
—A ella —rugió, señalando a Candela con un dedo tembloroso—. Saquen a Candela primero.
Me vio hundirme, eligiendo salvar a la mujer que adoraba mientras me dejaba morir. El hombre que una vez me había salvado de las calles acababa de condenarme a una tumba de agua sin siquiera mirarme.
Pero sobreviví. Y mientras me recuperaba sola en un hospital, finalicé mi plan. Donaría el tejido único de mi corazón para salvar a su preciosa Candela. A cambio, fingiría mi propia muerte y finalmente compraría mi libertad.
Capítulo 1
Narra Elara:
La decisión de donar el tejido de mi corazón y fingir mi propia muerte fue la más fácil que había tomado en mi vida, porque era la única que era verdaderamente mía.
—¿Está segura de esto, señorita Valdés? —preguntó el cirujano, el Dr. Alarcón, con los ojos llenos de una mezcla de curiosidad clínica y lástima. Se ajustó las gafas, mirando del formulario de consentimiento a mi cara, como si buscara un atisbo de duda.
Asentí, el movimiento fue pequeño pero firme.
—Estoy segura. —Mi voz era un susurro seco en el silencio estéril de su consultorio.
—Este es un procedimiento altamente experimental. Extraeremos una porción significativa de su tejido cardíaco único. Las propiedades regenerativas son asombrosas, pero el proceso en sí… conlleva riesgos extremos.
—Entiendo —dije. Era más que un riesgo; era mi plan de escape.
—Y todo esto… —hizo un gesto vago hacia el expediente en su escritorio, el que tenía el nombre de Candela Robles estampado en negritas—, ¿por ella?
No necesitaba ver el expediente. Conocía su nombre. Estaba grabado en cada superficie de mi vida, un fantasma que acechaba cada habitación del penthouse que se suponía que debía llamar hogar. Candela Robles. La mujer que Bruno Ferrer realmente amaba.
—Ella es muy importante para él —dije, las palabras sabían a ceniza.
Afuera de la ventana, una enfermera reía con un paciente en silla de ruedas. Parecían felices. Una punzada de algo que no pude nombrar, algo agudo y frío, me atravesó. Por un momento, imaginé cómo sería ser uno de ellos. Normal. Querida.
Una risa amarga se escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla. Un sustituto. Eso es lo que yo era. El reemplazo de un fantasma, y ahora, el sacrificio viviente para su regreso.
—La anomalía en mi corazón —dije, con la voz plana—, lo que se supone que me hace “frágil” y “rota”… puede salvarla, ¿verdad? Puede regenerarse.
El Dr. Alarcón se inclinó hacia adelante, su máscara profesional resbalando.
—Señorita Valdés, su condición no es un defecto. Es un milagro médico. Su tejido cardíaco tiene capacidades regenerativas con las que solo hemos soñado. Llamarlo frágil es… una ironía increíble.
La ironía no se me escapaba. Nací un martes lluvioso en un hospital público en Iztapalapa. Los médicos echaron un vistazo al extraño y rápido aleteo en mi electrocardiograma y declararon que mi corazón era una bomba de tiempo.
Mis padres, jóvenes y aterrorizados, solo vieron un producto defectuoso. Una vida de facturas médicas y susurros de compasión. Me dejaron en el hospital, un pequeño bulto con un corazón defectuoso y un futuro en blanco. Ni siquiera me dieron un nombre. Las enfermeras me llamaron Elara.
Crecer en el sistema de casas hogar de la Ciudad de México fue una clase magistral de invisibilidad. Yo era la “niña enferma”, la que no podía jugar con demasiada energía, a la que los otros niños molestaban porque sabían que no me defendería. “No la toques, se te va a pegar su corazón roto”, se burlaban en el patio de recreo.
La matrona de mi último hogar grupal, la Sra. Gándara, me despreciaba. Veía mi silencio como un desafío, mis inclinaciones artísticas como una pérdida de espacio.
—Deja de garabatear, Elara —se burlaba, arrancándome mi cuaderno de dibujo—. Nadie va a adoptar a una muñeca rota.
Así que aprendí a valerme por mí misma. Trabajé en empleos ocasionales después de la escuela —lavando platos, acomodando libros—, ahorrando cada centavo. Mi arte era mi único escape, un mundo de color y forma donde no era frágil, donde no era un error.
La noche que conocí a Bruno Ferrer, estaba dibujando en un pequeño callejón mojado por la lluvia en la Condesa, tratando de capturar la forma en que las luces de neón se desangraban sobre el pavimento húmedo. Tenía diecinueve años, trabajaba en un empleo sin futuro en una cafetería, apenas pagando la renta de un departamento del tamaño de un clóset. Dos hombres, borrachos y beligerantes, me acorralaron, sus risas resonando en las paredes de ladrillo.
—Miren lo que tenemos aquí —dijo uno de ellos arrastrando las palabras, tratando de alcanzar mi cuaderno—. Una artista.
El pánico se apoderó de mí, frío y sofocante. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, un ritmo frenético e irregular que sabía que era el preludio de un desmayo.
/0/20493/coverorgin.jpg?v=4d322575e5312798cbf6719673ef33de&imageMogr2/format/webp)
/0/17487/coverorgin.jpg?v=aac274ebc98ae418360f5dd14b624337&imageMogr2/format/webp)
/0/17317/coverorgin.jpg?v=a6ca86ec1f7bfb4aaee6e3a8437392f8&imageMogr2/format/webp)
/0/19797/coverorgin.jpg?v=ee5c0a97ae106d1d577103dae9631fa8&imageMogr2/format/webp)
/0/372/coverorgin.jpg?v=16449ddfc494c1cc4856db464ff04f75&imageMogr2/format/webp)
/0/21085/coverorgin.jpg?v=a5ecc024faa79fe9d8de354e311e8fed&imageMogr2/format/webp)
/0/16943/coverorgin.jpg?v=8f432e9d0dcc96455652c53611bdb60b&imageMogr2/format/webp)
/0/17396/coverorgin.jpg?v=789beb97f9e4e9e0181b92f285e30a4d&imageMogr2/format/webp)
/0/17591/coverorgin.jpg?v=20260106194920&imageMogr2/format/webp)
/0/11547/coverorgin.jpg?v=846c69a15217e0c458be080c822e35f9&imageMogr2/format/webp)
/0/139/coverorgin.jpg?v=232cc3cab169cd07d7200dd0013a1c8a&imageMogr2/format/webp)
/0/17029/coverorgin.jpg?v=7fd4ca37631efca2d99c9ad345763aa1&imageMogr2/format/webp)
/0/13993/coverorgin.jpg?v=993bb5f5e2f30e4ceecfae5774c518c6&imageMogr2/format/webp)
/0/18660/coverorgin.jpg?v=03eea304f5e1103c3637f3d32854c440&imageMogr2/format/webp)
/0/19018/coverorgin.jpg?v=204372a95c997c49fd6d3a5473223bad&imageMogr2/format/webp)
/0/12664/coverorgin.jpg?v=25f517bcf1a7934d451423d0fa08350e&imageMogr2/format/webp)
/0/16702/coverorgin.jpg?v=1d18c7c1db1cd589d68b3af140220b23&imageMogr2/format/webp)
/0/8671/coverorgin.jpg?v=18a18468dd1bb062b3d7d75001a65c71&imageMogr2/format/webp)