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Sofía Adams;
Debí haber sabido que no podría escapar. Sobre todo, cuando mi exmarido, Elias Hart, vigilaba cada uno de mis movimientos como un halcón.
Después de lo que pareció una eternidad, pero fueron solo unas horas, por fin anocheció y estaba lista para ejecutar mi plan de escape. Otra vez.
Han pasado dos semanas desde que se tramitó mi divorcio. Dos semanas desde que me encerró tras darse cuenta de que había firmado los papeles del divorcio y los había presentado en el juzgado.
Elias y yo llevábamos tres años casados. Sin embargo, lo pillé en nuestra cama matrimonial con mi mejor amiga, Violet Castro.
En lugar de lamentarse y explicarse o pedirme perdón al menos, su nivel de descaro y sionismo me dejo helada.
«Está embarazada. No puedo abandonarla. Quiero el divorcio para que mi hija tenga una familia completa». Dijo el gran cabron, sin una pizca de vergüenza.
Maldición, dolió, jodidamente dolió.
Mi corazón se encogió de dolor. Las lágrimas rodaron por mis mejillas, mi estómago se revolvió ante la traición.
Nunca esperé que las dos personas que consideraba importantes en mi vida me apuñalaran por la espalda de esta manera. Elias fue mi primer amor y Violet había sido mi mejor amiga desde la infancia, pero me traicionaron como si nada.
Decir que me rompieron el corazón sería quedarse corto. Estaba devastada. No podía creer que Elias y Violet me hubieran traicionado, que estuvieran jugando a mis espaldas.
Finalmente acepté mi situación y firmé los papeles del divorcio antes de presentarlos. Durante ese tiempo, Elías nunca regresó a casa. Si lo hacía, era solo para cambiarse de ropa y volver a casa de su amante.
No podía fingir que no dolía. Pero rogarle a un hijo de perra como ese jamas. Aunque hubiera aceptado el divorcio, no significaba que hubiera seguido adelante. Queria irme y no mirar atrás. Sin embargo, estaba esperando mi certificado de divorcio antes de poder irme.
Después de que llegó, fui feliz. Pronto, mi vida de soltera comenzaría. Estaba lista para despedirme del pasado y empezar de nuevo. Sabía que tomaría tiempo, ya que había amado tanto a Elias... pero prefería sufrir el dolor de seguir adelante que aferrarme a un cabron mentiroso, infiel.
No me imaginaba que Elias se pondría furioso cuando le avente a la cara el certificado de divorcio. Corrió a casa antes de que pudiera mudarme y me encerró, poniendo guardias afuera de mi puerta y restringiendo mis movimientos.
Me convertí en prisionera en un lugar que una vez llamé hogar.
Éste fue mi enésimo intento de escapar.
Usé las sábanas de la habitación y las até para hacer una cuerda larga. Tras atarla a la ventana, miré a mi alrededor, asegurándome de que no hubiera guardias abajo, y empecé a bajar.
Mi corazón seguía tronando en mi pecho mientras descendía.
Podría caerme y romperme las piernas. O peor aún, Elías me atraparía y me volvería a encerrar.
Sentí un gran alivio al tocar la hierba húmeda, y la esperanza se encendió en mi interior. Tenía que correr como si me fuera la vida en ello y poder saborear la libertad una vez más.
Sin embargo, en el momento en que solté la cuerda de la sábana y me di la vuelta, mi corazón saltó de mi pecho cuando vi la figura alta parada detrás de mí con una sonrisa en su rostro.
-¿Vas a algún lado, cariño?
¡No! ¡Otra vez no! ¡Me ha pillado otra vez! ¿Durmió alguna vez o tiene cámaras en la habitación que le avisan constantemente de mis movimientos?
De repente, apretó la mandíbula y sus ojos ardieron de ira. Se acercó más y me agarró el brazo con fuerza.
-¿Cuántas veces vas a intentar escapar? -gruño con un tono frío y amenazante.
Intenté zafarme de su agarre, pero no se movió. Lo miré con furia, con la ira y el odio ardiendo en mi interior.
-¡Suéltame! Elías -susurré, agitada por la intensa ira que me invadía-. ¡Ya estamos divorciados! ¡No puedes retenerme aquí contra mi voluntad! ¡Esto es ilegal!
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