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El Cristal Roto de Aethelgard.
A sus veinticuatro años, Dianco era una obra maestra de genética y estrategia militar.
En Aethelgard todos esperaban el despertar de su lobo interno; el vínculo de sangre monárquico no despertaba sino hasta los 25 años.
Pero en Dianco había una grieta.
Un secreto que por nueve años había sido su único contacto con la humanidad más pura: su amor por Aurora.
Nueve años de su tiempo; había puesto su alma entera en esa relación.
Ese viernes, cuando el sol comenzó a teñir el horizonte de violeta, inició el más sagrado de los ritos del continente: la cena familiar.
Un silencio total, casi material, se extendió sobre todo el reino por orden de una antigua ley.
Tomando las sombras de los túneles secretos del castillo, pasadizos de piedra fría conocidos de nacimiento solo por la realeza, se escabulló Dianco.
Su corazón palpitaba con fuerza por Aurora; quería darle una sorpresa.
Cuando Dianco cruzó el umbral de la casa de su amada, el silencio del santuario se convirtió en una emboscada para sus ojos.
Al asomarse a la penumbra de la estancia, el mundo se detuvo de golpe.
Su mirada no dejó duda de haber captado directamente la escena: Aurora se hallaba entregada en los brazos de otro hombre.
La traición había sido una completa aniquilación espiritual.
Sin pronunciar una sola palabra, el príncipe dio media vuelta y salió del lugar, asfixiado por la atmósfera.
Se sentó en un banco de fría madera en la plaza desierta.
Dianco hizo uso de su recurso más privado: el enlace mental de linaje real, un poder de sangre que le era propio.
Abrió la conexión psíquica y proyectó una orden gélida:
«Carlos. Ven a la plaza. Ahora»
A varios kilómetros de distancia, el mensaje golpeó a Carlos en plena cena como un auténtico látigo mental.
Al llegar corriendo a la plaza, se detuvo en seco al ver al imponente príncipe reducido a una sombra en mitad de la oscuridad.
-Dianco, ¿qué te sucede? -preguntó Carlos con el aliento entrecortado-. Te ves... como si hubieras visto el fin del mundo.
Dianco alzó la cabeza despacio; sus ojos azul glaciar estaban fijos, vacíos de cualquier calidez.
-Aurora... me ha traicionado -soltó con una voz completamente desprovista de emoción.
Carlos retrocedió un paso, atónito por la revelación.
-¿Cómo? Dame detalles, hermano -insistió, tomándolo por el hombro.
Pero Dianco ya había levantado su infranqueable muro de hielo.
Lo miró fijamente a los ojos, sentenciando con firmeza el fin de su antigua vida:
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