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Capítulo Uno
Había llegado el verano del 1900, al interior de la hacienda Las Palomas ubicada a las afueras del estado de Querétaro, se respiraba un ambiente tranquilo y apacible; mismo que se terminó cuando dos niños llegaron corriendo de las montañas a la casa grande de la hacienda. Al llegar sólo la niña vestida de ropas finas entró. El humilde niño que la acompañaba se detuvo justo antes de cruzar la puerta. La niña comenzó a inspeccionar el lugar, esperando que no hubiese alguien cerca; y cuando se aseguró que nadie los podía ver, hizo señas al niño para que entrara. El niño limpiando las suelas de sus huaraches y quitándose su sombrero de paja, entró. Luego los dos se fueron sigilosos a la cocina. Al llegar a la mesa pudieron ver un suculento pastel al centro de ésta. Mirándose con complicidad tomaron dos rebanadas y salieron de la casa huyendo hacia un escondido jardín.
Los escurridizos ladrones habían crecido juntos, ella era Flores, la pequeña hija del dueño de la hacienda y él era Rafael, el hijo de un pobre peón.
Fue tal vez por ser los únicos niños en el lugar y por el trato y los juegos diarios, que un sentimiento fue creciendo en ellos a la par de su estatura. Y es que siempre buscaban pretextos para estar juntos. Ella se escabullía de su nana Conrada y él de su estricto padre que lo obligaba a trabajar todos los días con ahínco.
La pequeña que había llegado a los seis años de edad y él a los siete, pasaban la mayor parte del tiempo recorriendo las montañas cercanas a la hacienda, explorando, curioseando, recolectando cosas. Eran tan felices que a su corta edad no había nada que les importase más que estar juntos, aunque no lo decían.
Esa relación de íntima amistad cambió drásticamente tres años más tarde, cuando Rafael que acababa de cumplir diez años dio un gran grito llamando a Flores ahora de nueve años. La niña se llamaba así por deseo expreso de su padre, pues cuando la tuvo entre sus brazos al nacer y ver sus rozadas mejillas, sus tiernos y destellantes ojos cafés, sus finos y castaños cabellos, en aquel pequeño rostro tan blanco como el algodón, le pareció mirar un ramo de flores, el más hermoso.
Al llegar Flores donde Rafael, pudo ver lo que éste le señalaba insistente. Corriendo velozmente en un cercano pastizal, un grupo de unos veinte caballos cruzaban un soleado claro. La cara de la niña era de asombro total.
Y mientras los caballos llenos de vida y belleza aplastaban la hierba, el fresco viento traía ese enervante olor a savia verde hasta la nariz de los niños, que extasiados llenaban sus pulmones.
Repentinamente entre la manada hizo su aparición un hermoso caballo blanco, lo que hizo que los niños abrieran sus bocas asombrados. El majestuoso animal poco a poco se fue mezclando entre los otros. Su color resaltaba radiante.
–¡Así eres tú! – dijo Rafael mirando a los caballos alejarse y perdiéndose entre árboles.
La pequeña Flores no comprendió a que se refería con eso. Fue cuando Rafael que se había acercado a la niña, tomó su mano. El corazón de Flores comenzó a acelerarse hasta ponerse muy nerviosa. Mientras el niño que estaba totalmente tranquilo, imaginaba aún a los caballos corriendo a lo lejos.
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