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El rascacielos de Thorne Enterprises se erguía en el corazón del distrito financiero como un monumento al triunfo absoluto. Construido con paneles de cristal oscuro y vigas de acero titanio, reflejaba las luces de la ciudad que, a esa hora de la noche, parecía postrada a sus pies. En el piso más alto, las risas amortiguadas, el tintineo de las copas de cristal de baccarat y las melodías suaves de un cuarteto de cuerdas daban la bienvenida a la noche más importante en la vida de Alexander Thorne.
Alex se ajustó los gemelos de oro de sus puños antes de salir al balcón privado que comunicaba con el gran salón de baile. El aire de la noche era fresco, un contraste perfecto con el calor asfixiante de la adulación que flotaba en el interior. A sus veintiocho años, Alex no solo era el CEO más joven en la historia de la corporación familiar, sino también el más brillante. Bajo su dirección, las acciones de la empresa se habían triplicado, expandiendo el imperio tecnológico hacia fronteras que su difunto padre solo se había atrevido a soñar. La junta directiva, usualmente compuesta por hombres de negocios cínicos y difíciles de complacer, lo idolatraba. Lo veían como un rey Midas moderno; cada decisión que tomaba se convertía en oro, cada estrategia era un jaque mate perfecto para sus competidores.
Sin embargo, para Alex, todo ese poder y fortuna no significaban nada sin la mujer que estaba a punto de convertirse en su esposa.
-Te vas a congelar aquí afuera -una voz suave, como una caricia de terciopelo, interrumpió sus pensamientos.
Alex sonrió antes de darse la vuelta. Elena Ross caminaba hacia él, sosteniendo una copa de champán. Se veía espectacular. Llevaba un vestido de seda blanca ajustado al cuerpo que caía en ondas elegantes hasta el suelo, resaltando sus facciones aristocráticas y sus intensos ojos. Elena era la heredera de la dinastía Ross, una corporación rival con la que Thorne Enterprises había competido durante décadas. Pero lo de ellos no era un matrimonio por conveniencia corporativa, un acuerdo frío firmado sobre un escritorio. Era amor real, un romance que había florecido en las altas esferas de la sociedad hasta volverse inquebrantable.
-Solo necesitaba un momento para asimilarlo todo -dijo Alex, rodeando la cintura de Elena con el brazo y atrayéndola hacia su pecho. El aroma a jazmín y sándalo de su perfume lo inundó, calmando cualquier rastro de tensión en sus hombros-. Míralos ahí dentro. Todos están esperando el anuncio.
-Están esperando ver al hombre perfecto asegurar su futuro perfecto -respondió Elena con una sonrisa radiante, apoyando la mano en el pecho de Alex. El enorme diamante de su anillo de compromiso provisional capturó la luz de la luna, destellando con fuerza-. ¿Estás nervioso, Alexander?
-¿El CEO de Thorne Enterprises nervioso? Jamás -bromeó él, besando suavemente la frente de su prometida-. Pero el hombre que te ama está ansioso. Llevo esperando este día desde el momento en que te conocí.
Elena lo miró a los ojos, y por un segundo, la profundidad de su mirada reflejó una devoción absoluta. Ella confiaba en él. Sabía que Alex era un hombre de palabra, protector, inteligente y con una brújula moral inquebrantable. Era el líder que la empresa necesitaba y el compañero que ella siempre había soñado.
-Es hora -dijo Elena, indicando con la cabeza el interior del salón, donde los camareros ya comenzaban a organizar a los invitados para el gran anuncio.
Alex asintió, tomó la mano de Elena y caminaron juntos de regreso al Salón Imperial. En cuanto la pareja cruzó las puertas de cristal, un murmullo de expectación recorrió la sala. Los hombres más influyentes del país, inversores extranjeros y miembros de la junta directiva abrieron paso de inmediato, mirándolos con una mezcla de respeto y envidia bien disimulada.
Al fondo del salón, de pie cerca del estrado principal, un hombre observaba la escena con una copa de whisky en la mano. Su rostro era idéntico al de Alex; la misma mandíbula fuerte, los mismos ojos oscuros, la misma estructura ósea perfecta. Era Damian Thorne, el hermano gemelo de Alex. Sin embargo, a pesar de compartir el mismo rostro, la energía que emanaba de Damian era completamente distinta. Mientras Alex proyectaba seguridad y magnetismo, Damian vestía su traje de diseñador con una especie de resentimiento latente, una tensión rígida que trataba de ahogar en alcohol.
Alex divisó a su hermano y le dedicó un leve asentimiento con la cabeza antes de subir al estrado junto a Elena. El maestro de ceremonias golpeó suavemente su copa con una cuchara de plata, atrayendo la atención total de los presentes. El silencio se apoderó de la opulenta habitación.
-Buenas noches a todos -comenzó Alex, y su voz, profunda, segura y llena de carisma, resonó a través del sistema de audio del salón-. Les agradezco profundamente que nos acompañen esta noche. Thorne Enterprises ha alcanzado hitos históricos este trimestre, y todo se debe al esfuerzo conjunto de nuestra junta directiva y el equipo que confía en nuestra visión. Pero hoy no los he citado aquí solo para hablar de negocios o de gráficos financieros.
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