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El inmenso candelabro de cristal de Bohemia colgaba del techo del Gran Salón como una constelación cautiva, derramando una luz dorada y opulenta sobre la élite de la ciudad. Abajo, en la pista de mármol, un mar de seda, diamantes y esmóquines a medida se movía al ritmo de un cuarteto de cuerdas que tocaba una suave melodía clásica. Era el evento de caridad más importante del año, una de esas noches donde las fortunas cambiaban de manos con un simple choque de copas de champán.
Para Elena, sin embargo, aquella deslumbrante exhibición de riqueza no era más que un campo minado.
Se ajustó discretamente el escote de su vestido azul medianoche. Era una prenda sencilla, comprada en una tienda de rebajas y ajustada por ella misma la noche anterior en la máquina de coser de su pequeño apartamento. Desentonaba sutilmente con los diseños de alta costura que la rodeaban, pero cumplía su función: hacerla pasar desapercibida mientras supervisaba que el evento fluyera sin contratiempos.
Como coordinadora de Nova Eventos, una modesta agencia que apenas lograba mantenerse a flote, esta gala representaba la salvación. Su jefa, Clara, había puesto todas sus esperanzas en que el éxito de esta noche les asegurara el contrato anual con la fundación. Y Elena no podía permitirse fallar. Si Nova Eventos quebraba, ella perdería su empleo. Y si perdía su empleo...
Cerró los ojos un instante y tomó una respiración profunda y temblorosa. Al hacerlo, la imagen de un niño de cuatro años con rizos oscuros y una sonrisa traviesa cruzó por su mente. Leo. Su pequeño milagro. El centro absoluto de su universo. Antes de salir de casa, él le había rodeado el cuello con sus bracitos regordetes, dejando un beso húmedo en su mejilla mientras le prometía portarse bien con la niñera.
-Todo sea por ti, mi amor -susurró Elena para sí misma, abriendo los ojos y forzando una sonrisa profesional de regreso a sus labios. Todo el cansancio, todas las horas extra, todas las humillaciones de lidiar con clientes arrogantes valían la pena si eso significaba que a Leo nunca le faltaría un plato de comida caliente o un techo seguro.
Se obligó a concentrarse en el presente. Revisó su tableta electrónica, verificando por enésima vez la lista de invitados VIP. Todo estaba en orden. Los meseros circulaban con bandejas de canapés, las luces tenían la intensidad perfecta y el discursos del alcalde estaba programado para dentro de veinte minutos. Parecía que la noche sería un éxito rotundo.
Y, sin embargo, una extraña opresión comenzaba a formarse en la boca de su estómago.
Al principio, intentó ignorarlo, atribuyéndolo al estrés acumulado de las últimas semanas. Pero la sensación no desapareció; de hecho, se intensificó. Era un hormigueo frío en la nuca, una pesadez en el aire que la rodeaba, como si la presión atmosférica del enorme salón hubiera cambiado de golpe. Era el instinto primario y desgarrador de la presa que advierte la presencia del depredador antes de siquiera escucharlo acercarse.
Elena frunció el ceño y se frotó los brazos desnudos, repentinamente helados a pesar de la calefacción del hotel.
De pronto, la suave melodía del cuarteto de cuerdas pareció desvanecerse en un segundo plano. Un murmullo bajo y persistente comenzó a ondular a través de la multitud, extendiéndose como pólvora desde las enormes puertas dobles de caoba hasta el centro del salón. Las conversaciones animadas se apagaron. Las copas dejaron de tintinear. Era como si el aire mismo hubiera sido succionado de la habitación.
Elena levantó la vista de su tableta. Notó cómo los rostros de los magnates más influyentes de la ciudad cambiaban. Los hombres enderezaban la postura, sus expresiones teñidas de un respeto repentino, casi temeroso. Las mujeres se giraban, con los ojos brillando de una mezcla de curiosidad, codicia y admiración.
-¿Qué está pasando? -le susurró Clara, su jefa, apareciendo de repente a su lado, pálida y con los ojos muy abiertos-. ¿Es él? Me dijeron que el comprador misterioso que acaba de adquirir el banco principal de la ciudad haría una aparición esta noche, pero no creí que fuera cierto.
-¿Comprador misterioso? -preguntó Elena, su voz sonando extrañamente lejana en sus propios oídos. El hormigueo en su nuca se transformó en una alarma estridente.
-Sí. El rumor dice que es despiadado. Que viene de Europa a devorar el mercado local. Destruye empresas por diversión y no deja prisioneros.
Clara siguió hablando, pero Elena dejó de escucharla. Un olor muy particular acababa de alcanzarla, transportado por la sutil corriente de aire del salón. Era una fragancia inconfundible, una mezcla embriagadora y costosa de sándalo oscuro, bergamota y algo frío, como el hielo a punto de quebrarse.
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