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El reloj de pie en el vestíbulo marcaba las once de la noche. Cada tictac resonaba en el inmenso comedor de la Villa Cross como un martillo sordo, marcando el ritmo de una espera que ya se había vuelto una cruel costumbre. Victoria observó las velas del centro de mesa; se habían consumido hasta la mitad, derramando lágrimas de cera caliente sobre el mantel de lino impecable.
La cena, un lomo de res en reducción de vino tinto que había preparado con sus propias manos, yacía fría y olvidada en los platos de porcelana con bordes dorados.
Hoy era su tercer aniversario de bodas.
Tres años exactos desde que firmó aquel contrato hermético que la encadenó a Nathaniel Cross, el hombre más poderoso, temido y codiciado de la ciudad. Tres años de ser la esposa secreta, un fantasma que habitaba en una mansión de cristal y acero, rodeada de lujos que no le pertenecían y de un silencio que la asfixiaba lentamente.
Victoria soltó un suspiro, apoyando la barbilla en la palma de su mano. No sabía por qué se había molestado en cocinar. Quizás una parte estúpida e ingenua de ella aún albergaba la esperanza de que, por un solo día, Nathaniel recordara que estaban casados. Que recordara que ella era un ser humano de carne y hueso, y no solo una cláusula de confidencialidad en un documento legal guardado en la caja fuerte de su abogado.
Su matrimonio no había nacido de una historia de amor, sino de una fría transacción comercial. La de él, por cumplir con las rígidas exigencias de la junta directiva y asegurar su posición absoluta como CEO del Grupo Cross, mostrando una falsa imagen de estabilidad antes de asumir el control total. La de ella, por salvar la vida de su abuelo. Las facturas del tratamiento experimental en Suiza amenazaban con dejarlos en la calle, ahogados en deudas irremontables. Nathaniel había pagado cada centavo sin pestañear, y a cambio, Victoria le había entregado tres años de su juventud, su libertad y, en gran medida, su identidad.
En la oficina matriz del Grupo Cross, ella era simplemente "Victoria la de archivo", la asistente de bajo nivel del piso veintidós. Una mujer de gafas gruesas de montura negra, ropa gris holgada y voz apagada, a la que el gran CEO apenas dirigía una mirada periférica cuando necesitaba que le imprimieran un informe. De hecho, ese mismo día, la directora de marketing, Chloe -quien no ocultaba sus intenciones de meterse en la cama de Nathaniel-, le había derramado café caliente sobre la blusa "por accidente", humillándola frente a todos los ejecutivos. Nathaniel había pasado por el pasillo en ese exacto instante. Había visto la escena. Y no se había detenido. Ni siquiera había aminorado el paso.
Nadie en toda la empresa sospechaba que la joven insignificante que recogía los documentos manchados del suelo compartía la cama -o al menos, el mismo código postal- con el dueño absoluto del imperio.
Un fuerte ruido de neumáticos deportivos triturando la grava del camino de entrada la sacó abruptamente de sus pensamientos. Los potentes faros de un coche iluminaron fugazmente los grandes ventanales del comedor, proyectando sombras alargadas sobre la pared.
Había llegado.
La pesada puerta principal de roble macizo se abrió con un clic electrónico seco. Los pasos de Nathaniel resonaron en el mármol del pasillo, firmes, rítmicos y pesados. Cuando su imponente figura apareció en el umbral del comedor, pareció traer consigo todo el frío de la noche de la ciudad.
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