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La fecha, 15 de enero, estaba grabada en la mente de Clara con la precisión de un bisturí. Tres años. Tres años exactos desde que había firmado el contrato que la convirtió en la Señora Montenegro, la esposa del hombre más codiciado y frío del país. Ella recordaba la esperanza inicial, el tonto deseo de que con el tiempo, con paciencia y amor devoto, podría derretir el hielo que rodeaba el corazón de Alexander.
Esa mañana, Clara se había levantado antes del amanecer. Su cuerpo, aunque frágil, estaba impulsado por una determinación que raramente mostraba. Hoy era diferente. Hoy era su aniversario de cristal. La pureza, la transparencia y la fragilidad del cristal representaban, irónicamente, la percepción que ella tenía de su unión: una estructura hermosa, pero tan delicada que un mal golpe la destruiría.
A pesar de contar con un personal doméstico completo, Clara había pasado la mayor parte del día en la cocina. Quería que esta cena fuera personal. Ella había preparado su plato favorito, Boeuf Bourguignon, un estofado que requería horas de cocción lenta y atención. Había amasado la masa para el pan de ajo desde cero y había horneado su pastel de chocolate favorito, asegurándose de que la textura fuera perfecta.
La mansión Montenegro, una estructura de acero y vidrio que dominaba la ciudad, siempre se había sentido estéril para ella. Era un monumento al éxito de Alexander, no un hogar. Pero hoy, Clara había intentado insuflarle vida. Había dispuesto orquídeas blancas en cada esquina, y en el comedor principal, la mesa había sido puesta con la vajilla de porcelana más fina y cubiertos de plata pulida.
En el centro de la mesa, brillaba el regalo que ella había seleccionado con tanto cuidado: un cisne de cristal minimalista, diseñado por una artista emergente a la que admiraba. Era simple, elegante, y a sus ojos, perfecto. Ella lo había comprado semanas antes, escondiéndolo como un tesoro. Representaba la pureza de su compromiso, a pesar de las humillaciones de su suegra y la indiferencia de su esposo.
Clara se había vestido con un vestido de seda blanco marfil, simple, con mangas largas y un escote modesto. Se había recogido el cabello en un moño bajo y recatado. Quería que él la viera como la esposa paciente y devota que siempre había intentado ser. Ella había evitado los colores brillantes, sabiendo que él prefería la sobriedad.
Las 20:00 PM, la hora establecida para la cena, pasaron. El reloj de pared de la cocina, un modelo antiguo que chocaba con el diseño moderno de la casa, sonó con un tic-tac metálico y rítmico. Ella se quedó de pie en el comedor, mirando la mesa perfecta. Su pulso se aceleró. Alexander siempre era puntual en los negocios, pero en los asuntos del hogar, la puntualidad no era una prioridad.
Ella llamó a su oficina. Sin respuesta. Su secretaria tampoco contestaba. Un mal presentimiento empezó a arraigar en su pecho. Ella conocía el patrón. Alexander solía llegar tarde, pero nunca sin un mensaje, una disculpa superficial. Hoy era diferente. Hoy era su aniversario.
20:30 PM. Las velas empezaban a derretirse.
21:00 PM. Clara tomó la botella de vino tinto que él prefería y se sirvió una copa. El aroma era rico y complejo, pero no podía disfrutarlo. Ella llamó a su suegra, buscando respuestas. Fue un error.
-¿No sabes dónde está tu esposo, Clara? -la voz de la Señora Montenegro salió afilada y llena de condescendencia a través del altavoz-. Qué poco interesante debes ser para que él prefiera cualquier otra cosa a volver a casa. Quizás deberías aprender a ser más cautivadora, querida. El hombre necesita una mujer, no una empleada doméstica.
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