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Mi hermana, Jimena, tropezó en una gala benéfica, salpicando un poco de bebida cerca del perro de exhibición de Diamante Garza. Fue un simple error.
La reacción no lo fue. Los guardias de seguridad de Diamante, hombres corpulentos como refrigeradores, golpearon a Jimena con una brutalidad salvaje, dejándola hecha un ovillo en el suelo pulido. Mi esposo, Álex Rivas, el jefe de seguridad de Diamante, me impidió llegar hasta ella.
—Tienes que calmarte, Érika —dijo, su rostro una máscara indescifrable, mientras sus hombres se llevaban a mi hermana sangrando. Minimizó sus heridas, alegando que no debió asustar al perro, y me prohibió llamar a la policía o hablar con la prensa. Incluso amenazó la vida de Jimena si yo le causaba un problema a la señora Garza. Más tarde, me obligó a tocar el violonchelo para Diamante hasta que mis dedos sangraron, y luego destrozó el instrumento. Después, exigió que me sometiera a una histerectomía para apaciguar a Diamante, quien afirmaba que no podía tener hijos por culpa de él.
Yo gritaba: —¡Eso no es una deuda, Álex! ¡Es un sacrificio! ¡Y no te estás sacrificando tú, me estás sacrificando a mí!
Dejó que sus hombres me arrastraran a una clínica privada donde Diamante, con una bata blanca, observaba cómo un médico realizaba el procedimiento sin anestesia.
Capítulo 1
El chillido del preciado perro de exhibición de Diamante Garza rasgó la perfección calculada de la gala benéfica.
La hermana de Érika, Jimena, había tropezado. Su bebida salpicó cerca de las patas del perro. Fue un simple error.
La reacción no fue nada simple.
Dos de los guardias de seguridad de Diamante, hombres corpulentos como refrigeradores, agarraron a Jimena. No la contuvieron. La golpearon. Fuerte. Una vez. Y otra. La cabeza de Jimena se sacudió hacia atrás, un pequeño gemido escapó de sus labios antes de desplomarse sobre el suelo pulido.
Érika gritó, abriéndose paso entre la multitud atónita y silenciosa.
—¡Jimena!
Un brazo como una barra de acero le bloqueó el paso. Era su esposo, Álex Rivas.
—No lo hagas —dijo él, su voz baja y plana.
—¡Es mi hermana! ¡La están matando! —Érika arañó su brazo, con los ojos fijos en la figura inmóvil de Jimena. Los guardias la arrastraban, dejando un rastro de sangre a su paso.
—Tienes que calmarte, Érika. —El agarre de Álex se intensificó, su rostro una máscara indescifrable. Él era el jefe de seguridad de Diamante Garza. Sus hombres acababan de moler a golpes a su hermana.
—¿Calmarme? Álex, ¿viste lo que hicieron? —Su voz era un susurro crudo, incrédulo.
Él la apartó de la escena, sus movimientos eficientes y fríos.
—Jimena no debió asustar al perro. Sabes cuánto significa ese animal para Diamante.
Las palabras no tenían sentido. Era como si hablara un idioma extranjero. Llegaron a un pasillo apartado y finalmente la soltó.
—Ve al hospital. Revisa cómo está. Pero no llamarás a la policía. No hablarás con la prensa. No le causarás un problema a la señora Garza.
Érika lo miró fijamente, su corazón convirtiéndose en un trozo de hielo en su pecho.
—¿Un problema? Álex, casi la matan.
—No está muerta —dijo él, su tono desprovisto de simpatía—. Y seguirá así mientras hagas exactamente lo que te digo.
La amenaza quedó suspendida en el aire, asfixiándola. Este era el hombre que amaba, el hombre que había jurado protegerla.
Recordó el día en que le contó sobre el "intento de asesinato" años atrás. Él era una estrella en ascenso en la seguridad privada, asignado a Diamante Garza. Hubo una emboscada, un secuestro corporativo simulado que salió mal.
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