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Un dolor punzante en la cabeza hizo despertar a Eliana Murray, quien sintió una extraña presión en la entrepierna.
Abrió los ojos de golpe y su mirada, fría y afilada, se clavó en dos mujeres de mediana edad. Una de ellas la sujetaba por los pantalones, mientras la otra luchaba por abrirle las piernas.
"Si vuelven a tocarme, se arrepentirán", dijo Eliana, y, sin pensarlo, lanzó una patada al pecho de la mujer más corpulenta.
El impacto la hizo retroceder hasta que cayó al suelo con un golpe seco y un quejido de dolor.
"¡Ay! ¡Maldita perra, cómo duele!", gritó, encogiéndose.
La otra mujer soltó los pantalones de Eliana y se apresuró a ayudar a su compañera a levantarse.
Eliana intentó abalanzarse sobre ellas, pero se detuvo en seco al sentir la áspera soga que le mordía las muñecas. Tenía las manos atadas con fuerza.
Maldición. ¿Dónde diablos estaba? Recordaba haberse dormido en casa de su madre adoptiva… ¿cómo había terminado en ese lugar?
Su mirada recorrió el lugar. Estaba encerrada entre paredes podridas, con una puerta asegurada por un cerrojo oxidado. Un único hilo de luz se filtraba por una ventana agrietada en lo alto.
La mujer robusta, ya de pie con la ayuda de su compañera, le gritó a Eliana: "¡Perra! ¡Te partiré la cara por esa patada!".
Alzó la mano para golpearla, pero la otra mujer le sujetó la muñeca.
"No le toques la cara. Pagaron treinta mil por ella, y con esa cara bonita podemos sacar el doble".
Un lento bufido escapó entre los dientes de la mujer robusta mientras bajaba el brazo. "Le dimos suficiente sedante como para tumbar a un caballo. No entiendo cómo se despertó tan rápido. Como sea, al menos está consciente para la revisión".
Eliana entrecerró los ojos y preguntó: "¿Qué revisión?".
"Pagaron treinta mil, y parte del trato es comprobar si sigues siendo virgen", respondió la mujer robusta.
A Eliana se le revolvió el estómago. ¿Acaso esas lunáticas querían comprobar si era virgen? ¡Qué ridículo! No tenían ni idea de con quién se estaban metiendo. Ella no era una don nadie a la que pudieran pisotear a su antojo.
En Eighvale, Eliana era la reina del mercado negro; una sola palabra suya bastaba para destruir a cualquier estúpido que se atreviera a desafiarla.
Eliana soltó una risa fría. Sus ojos afilados brillaron mientras forcejeaba con la soga, intentando ganar tiempo.
"¿Treinta mil? ¿Quiénes son ustedes?".
Su viaje a la aldea de Udrerton no había sido más que una pérdida de tiempo. Había dejado todo en Eighvale al enterarse de que su madre adoptiva, Janessa Holt, estaba gravemente enferma. ¿La realidad? Era un simple resfriado.
Había planeado marcharse a la mañana siguiente. En lugar de eso, despertó atada a una silla en un cobertizo en ruinas.
La mujer robusta se agachó, sujetó el tobillo de Eliana y dijo con desdén: "Janessa te vendió. Coopera y tal vez te consigamos un buen hombre. Si te niegas, te arrojaremos con cualquier viejo solitario que no ponga peros".
"¿Janessa las contrató para venderme?", preguntó Eliana, incrédula, como si acabara de escuchar el chiste más absurdo de su vida.
Tenía tres años cuando Janessa la recogió de un camino polvoriento. Desde entonces, la exhibía como su "hija adoptiva", aunque todos sabían que en realidad la criaba para casarla algún día con Neal Holt, su hijo biológico.
Sus primeros recuerdos eran de tareas interminables, manos llenas de rasguños y un cansancio que le calaba hasta los huesos.
Decidida a escapar, aprendió cuanta habilidad pudo. A los doce años, ya tenía los medios para marcharse, y nunca más volvió.
Aun así, nunca olvidó la deuda que sentía por el techo que le habían ofrecido.
Por eso, el primer día de cada mes, le enviaba a Janessa una suma considerable de dinero. La cantidad total que le había dado a su madre adoptiva podría haber comprado ya varias propiedades de lujo en cualquier ciudad importante.
Solo había vuelto ahora porque creyó que Janessa estaba en su lecho de muerte, y quería hacerle una última visita.
La realidad era más miserable de lo que jamás imaginó: la habían vendido por treinta mil como si fuera una vaca.
Ahora entendía por qué Janessa la recibió con sonrisas y palabras dulces.
Había creído, tontamente, que la mujer había cambiado. En realidad, Janessa solo la estaba atrayendo a una trampa.
Sus subordinados le advirtieron que no pisara Udrerton. Debió haberles hecho caso, porque en la familia Holt no había ni un alma decente.
Eliana tensó cada músculo con un único objetivo. Las cuerdas cedían, sus dedos arañaban los nudos y la libertad estaba casi a su alcance.
Respiró hondo y dijo con tono deliberadamente incrédulo: "Están locas. Janessa nunca me vendería. Se supone que soy su futura nuera".
Una de las mujeres soltó una carcajada. "¿Su nuera? Llevas demasiado tiempo fuera. Su hijo Neal está a punto de casarse con la hija de un magnate. Ahora su familia nada en dinero. ¿Para qué te querría?".
Aferrando con más fuerza el tobillo de Eliana, la otra mujer espetó: "¡Deja de moverte y abre las piernas! Tenemos que confirmar si todavía eres virgen. Si no lo eres, no pagaremos el resto. Y ni se te ocurra oponer resistencia. Si por accidente te rompemos el himen, la que pagará las consecuencias serás tú".
Eliana esbozó una sonrisa lenta y peligrosa. "Ahora veremos quién paga las consecuencias".
En ese instante, la soga se soltó de sus muñecas. Se abalanzó hacia adelante, agarró a la mujer robusta por el cuello y la levantó en el aire.
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