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La Mansión principal de los Munichs estaba rodeada de altos árboles.Se destacaban los cerezos y los frondosos sauces. Un gran terreno boscoso le otorgaba la discreción necesaria para que la familia permaneciera oculta de los paparazzi, y segura de la vista imprudente de sus enemigos. Dentro se dejaban ver lujos incalculables, con pinturas y vajillas exportadas desde varias ciudades europeas.La mansión había abierto sus puertas esperando la llegada de la hija menor.
Dell, como cariñosamente le decían sus amigos; para la familia, Dellany Munichs ,llevaba tres años alejada de su casa natal, pero ya contaba la edad justa para que comenzar a trabajar para el negocio de su padre, y sobretodo formalizar la alianza que se esperaba de ella.
Su padre había encontrado un candidato idóneo para casarla con el único hijo de un viejo amigo. Era el CEO más joven de la ciudad y a la vez tenía una mente prodigiosa para atraer los negocios más prometedores, y el único heredero. Todos anhelaban el reencuentro mientras disfrutaban de una noche de lujo. Su padre, Damián, había hecho llamar a muchos chef especializados en atractivos y reconocidos banquetes. Deseaban que la velada fuera algo inolvidable.
Dell había pasado toda su juventud estudiando en varias capitales europeas. Hablaba fluidamente el alemán y el inglés, y estaba aprendiendo el francés. Había aprendido de marketing, y de leyes. Estaba preparada para seguir con el legado de negocios, y para apoyar las firmas que su padre deseaba completar mientras las arcas de los Munichs crecían. Regresar le provocaba una eclosión de lágrimas. Su destino estaba en las manos de su padre, de su hermano mayor, de todos, excepto de ella misma. De nada le había valido pasar su juventud puliendo su intelecto, si al final iba a ser entregada como un trofeo, y a nadie le interesaban sus sentimientos. Intuía que su pareja iba a ser de la misma casta de todos los conocidos, hombres de negocios, frívolos, ambiciosos, desalmados; y eso la atormentaba, más que provocarle las alegrías nuevas de regresar.
En el salón principal se dejaba escuchar la melodía de una flauta. Una preciosa muchacha vestida con un delicado traje blanco bordado, tocaba con magistral encanto y hacía vibrar notas de embeleso. Las flores del jazmín y los inciensos que tanto agradaban a Dell impregnaban un aroma alentador en todo el recibidor. Un ambiente de agradable recepción envolvía a las familias de todos los invitados que con deleite esperaban por la hija de Damián Munichs, el hombre más poderoso, el dueño de tres cafeterías, dos hoteles de lujos, y un experto en otras grandes ganancias que no todos conocían. Pero la esperaban con marcada ansiedad la familia de los Duncan, con su hijo, destinado a ser el magnate preferido de la ciudad. Estaba decidió a conocerla y afianzar firmas con los Munichs una vez que estuvieran casados.
Geoffrey Duncan había tenido un unigénito y nunca más concibió hijos, a pesar de haberlo intentado. Brian era mucho más de lo que él construyó en el muchacho, se había convertido en hombre y fraguaba un carácter demasiado serio. Cuando se trataba de hacer algún contrato, era quien mejor escudriñaba todo lo legal, cuando deseaba incursionar en algo, lo convertía en éxito. Le llamaban El Rey Midas, porque cuando su nombre aparecía en una firma, las fortunas no se hacían esperar.
Era el CEO más anhelado por todas las jóvenes. Salía en las revistas, en las columnas de economía, y siempre como un modelo dispuesto a hacer su propia pasarela, porque su personalidad era imponente y seductora a la vez.
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