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El aroma a lirios blancos, que por la mañana le había parecido embriagador, empezaba a tornarse asfixiante. Clara ajustó el tul sobre sus hombros por décima vez en los últimos cinco minutos. Sus dedos, helados a pesar del sofocante calor de agosto, temblaban levemente mientras sostenía el ramo de peonías. Detrás de las pesadas puertas de roble de la catedral, el murmullo de los doscientos invitados crecía, una marea de voces que pasaba de la expectación a la duda.
-Son solo quince minutos, Clara. El tráfico en el centro es un caos -susurró Elena, su dama de honor, aunque sus ojos evitaban el contacto directo.
Clara forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Quince minutos. En una boda de la escala de los Volkov, quince minutos eran una eternidad. Alexei era un hombre de precisión matemática; su puntualidad era casi una religión. Él no se retrasaba, él llegaba antes.
-Seguro que es eso -respondió Clara, con la voz quebradiza.
Se miró en el espejo de cuerpo entero del vestíbulo. El vestido, una pieza de alta costura que Alexei había insistido en pagar, la hacía parecer una reina de hielo. Pero por dentro, el fuego de la ansiedad empezaba a consumirle el oxígeno. Recordó la noche anterior: la cena de ensayo, el beso que él le dio en la frente y cómo le prometió que "mañana, el mundo sería de los dos".
Pasaron otros diez minutos. El organista, en un intento desesperado por llenar el vacío, comenzó a tocar una pieza de Bach por tercera vez. El sonido rebotaba en las paredes de piedra, recordándole a Clara que el tiempo se estaba agotando.
De repente, la puerta lateral se abrió. No era Alexei. Era el padre de este, Dimitri Volkov, un hombre cuya sola presencia solía imponer respeto, pero que ahora caminaba con los hombros hundidos y el rostro pálido. Se acercó a Clara, ignorando a las damas de honor que se apartaron como si el hombre portara una plaga.
-Clara -dijo Dimitri, su voz era un hilo apenas audible-. Tenemos que hablar en privado.
-¿Dónde está, Dimitri? -Clara dio un paso adelante, ignorando el crujido de la seda bajo sus pies-. ¿Sufrió un accidente? ¿Está en el hospital?
Dimitri negó con la cabeza, y en ese gesto, el mundo de Clara se detuvo. No era un accidente. No era una tragedia física. Era algo mucho peor. El hombre mayor le tendió un sobre de papel crema, el mismo papel que habían usado para las invitaciones.
-Se ha ido, hija. No sé a dónde, pero se ha ido.
Clara sintió un pitido agudo en los oídos. El sobre pesaba como si estuviera hecho de plomo. Con manos torpes, lo abrió. No había una carta larga, no había explicaciones sobre el miedo al compromiso o disculpas profundas. Solo tres palabras escritas con la caligrafía firme y fría de Alexei:
"No puedo hacerlo".
El silencio que siguió fue absoluto, aunque afuera el murmullo de los invitados se había convertido en un rugido de confusión. Clara miró el papel, luego a Dimitri, y finalmente a la puerta de roble que la separaba de su humillación pública.
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