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El aroma a lirios blancos en la suite nupcial del Hotel Grand Imperial era tan intenso que resultaba asfixiante. Para cualquier otra persona, aquel perfume representaría la pureza y el inicio de una vida compartida; para Iris Thorne, era el olor de la hipocresía.
Iris se mantenía en una esquina, casi fundida con las pesadas cortinas de terciopelo, observando el caos que se desarrollaba frente a ella. Había pasado toda su vida así: siendo una espectadora en la primera fila del show de los Thorne. Sus manos, entrelazadas frente a su traje sastre gris acero, no temblaban. A diferencia de las estilistas que corrían de un lado a otro o de su madre, que estaba al borde de un colapso nervioso, Iris era una balsa de aceite en medio de un naufragio.
-¡No puede ser! ¡Esto es una pesadilla! -el grito de Eleanor Thorne desgarró el aire.
La madre de Iris sostenía una hoja de papel de hilo con una caligrafía apresurada que Iris reconoció de inmediato. Era la letra de Bianca. Elegante, caprichosa y, en esta ocasión, devastadora.
-¿Qué dice la nota, Eleanor? -la voz de Arthur Thorne, el patriarca, sonó como un trueno contenido. El hombre caminaba de un lado a otro, ajustándose los gemelos de oro con una violencia que delataba su pánico. No era el pánico de un padre que pierde a su hija; era el pánico de un empresario que ve cómo su mayor inversor se le escapa entre los dedos.
-Se ha ido con él, Arthur. Se ha ido con ese... ese instructor de equitación -sollozó Eleanor, desplomándose en una silla de estilo Luis XV-. Dice que Julian Blackwood es "un bloque de hielo sin alma" y que no puede condenarse a una vida sin pasión.
Arthur Thorne se puso lívido.
-¡Maldita sea! ¡Pasión! -golpeó la mesa de tocador, haciendo que los frascos de perfume de cristal tintinearan-. ¡Esa estúpida nos ha condenado a todos! La fusión se firma mañana después de la recepción. Si Julian no tiene a una Thorne legalmente unida a él antes de que abran los mercados el lunes, ejecutará la deuda del holding. ¡Nos quedaremos en la calle!
Iris, desde su rincón, permitió que una pequeña y gélida sonrisa curvara la comisura de sus labios. Así que Bianca finalmente había tenido el valor de huir. Irónico. Durante años, Bianca le había quitado todo a Iris: sus juguetes, la atención de sus padres, incluso los méritos de sus informes financieros que Iris redactaba en secreto para que su hermana brillara en las reuniones de la junta. Y ahora, en el momento en que más se la necesitaba para salvar el cuello de la familia, Bianca simplemente se había evaporado, dejando tras de sí un vestido de novia de cincuenta mil dólares y un incendio forestal que amenazaba con consumirlos a todos.
-Iris -la voz de su padre la sacó de sus pensamientos.
Ella levantó la mirada. Arthur la observaba como si la viera por primera vez en años. No había afecto en esos ojos, solo el brillo depredador de un hombre que ha encontrado una salida de emergencia.
-¿Dónde has estado? No digas nada. Ven aquí -ordenó Arthur.
Iris caminó con paso tranquilo hacia el centro de la habitación. Sus zapatos de tacón bajo sonaban con una cadencia metálica sobre el suelo de mármol.
-Aquí he estado siempre, padre. ¿En qué puedo ayudarte?
-Mírala, Eleanor -dijo Arthur, ignorando el tono sarcástico de su hija menor-. Tiene la misma altura. El mismo color de ojos. Con el velo puesto y el maquillaje adecuado, nadie en la iglesia se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde para dar marcha atrás.
Eleanor dejó de llorar de golpe. Se secó las lágrimas con un pañuelo de encaje y analizó a Iris con una frialdad clínica que a cualquier otra hija le habría roto el corazón. A Iris solo le confirmó lo que ya sabía: para ellos, ella no era más que un activo de reserva.
-El cabello es un desastre -dictaminó Eleanor, levantándose y rodeando a Iris como si fuera un caballo de exhibición-. Y está demasiado delgada. Pero... el velo de encaje antiguo de la abuela es opaco. Si mantenemos la iluminación baja en la catedral y ella camina con la cabeza gacha... podría funcionar.
-No -dijo Iris. Su voz fue baja, pero cortó el aire como una cuchilla.
Sus padres se congelaron.
-¿Qué has dicho? -preguntó Arthur, entrecerrando los ojos.
-He dicho que no -repitió Iris, cruzándose de brazos-. No soy un repuesto, ni una doble de cuerpo. Bianca decidió que su "pasión" valía más que vuestro imperio. Yo no tengo por qué pagar sus platos rotos.
-¡Es tu deber familiar! -rugió Arthur, acercándose a ella hasta que Iris pudo oler su locura-. Si Julian Blackwood sale de esa iglesia sin una esposa Thorne, mañana serás una indigente. ¿Es eso lo que quieres? ¿Vivir en la miseria?
Iris soltó una risa seca y carente de humor.
-Padre, he vivido en la miseria emocional desde que nací en esta casa. El dinero es lo único que me habéis dado, y si se acaba, al menos estaré libre de vosotros.
La bofetada de Arthur fue rápida, pero Iris no se movió. Su mejilla ardió, pero sus ojos permanecieron fijos en los de su padre, cargados de un odio que llevaba años madurando en la oscuridad.
-Te pondrás ese vestido aunque tenga que arrastrarte por el pasillo -siseó Arthur.
En ese momento, la pesada puerta doble del camerino se abrió de par en par. El jefe de seguridad de los Blackwood entró, seguido de una figura que hizo que el aire en la habitación pareciera descender diez grados de golpe.
Julian Blackwood.
Llevaba un esmoquin negro impecable que acentuaba su figura alta y atlética. Su rostro era una máscara de perfección aristocrática: pómulos altos, una nariz recta y unos ojos grises que parecían capaces de leer los pecados de cualquiera. No parecía un novio ansioso; parecía un verdugo que llegaba para ejecutar una sentencia.
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